Adrián Valmont llevaba casi veinte minutos leyendo el mismo párrafo de un contrato.
No porque el documento fuera complicado. Había negociado acuerdos mucho más complejos, resuelto conflictos empresariales que amenazaban con costarle millones y tomado decisiones bajo presiones que habrían hecho dudar a cualquiera. Sin embargo, aquella mañana, su concentración parecía haber decidido abandonarlo sin previo aviso.
Su secretaria, Beatriz, lo observaba desde el otro lado del escritorio con una discreción que no lograba ocultar cierta preocupación.
—Señor Valmont, ¿desea que reprograme la reunión de las once?
Adrián levantó la cabeza.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque lleva diez minutos mirando el mismo documento y acaba de firmar en el espacio destinado al nombre del proveedor.
Él bajó la vista.
En efecto, su firma aparecía sobre una línea donde no debía estar.
Adrián cerró los ojos un instante.
—Deme otro ejemplar, por favor.
—Por supuesto.
Beatriz recogió el documento y se retiró, aunque no sin antes dirigirle una mirada que decía claramente que aquello no era normal.
Adrián se recostó en su silla.
No tenía motivos para estar distraído. Su matrimonio atravesaba dificultades, pero no eran nuevas. Victoria llevaba años posponiendo la posibilidad de tener hijos, y él había aprendido a aceptar sus explicaciones con la esperanza de que, algún día, ella estuviera preparada.
Además, Isabella no era asunto suyo.
Era una mujer casada, una artista contratada por su madre y alguien a quien apenas comenzaba a conocer.
Entonces, ¿por qué recordaba la expresión de su rostro cuando Catalina le aseguró que no tenía que fingir estar bien?
Adrián se frotó la frente.
—Esto es ridículo —murmuró.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Victoria.
Victoria: Esta noche tenemos una cena con los Laurent. No olvides que prometiste acompañarme.
Adrián revisó su agenda. La cena no estaba anotada.
Adrián: No me lo habías mencionado.
Victoria: Te lo dije hace días. Últimamente parece que tienes la cabeza en otra parte.
Él contempló la pantalla.
La ironía de aquel mensaje le habría parecido graciosa si no hubiera sentido que, en cierto modo, era cierto.
Adrián: Estaré ahí a las ocho.
Victoria respondió con un corazón.
Adrián dejó el teléfono boca abajo y se obligó a regresar al trabajo.
No tenía derecho a buscar respuestas en otra mujer mientras seguía evitando las preguntas que debía hacerle a su propia esposa.
Y esa noche, decidió, hablaría con Victoria.
De verdad.
Sin aceptar promesas vagas. Sin conformarse con un «más adelante». Sin permitir que el tema de la familia volviera a desaparecer entre compromisos sociales y explicaciones interminables.
Al menos, eso creyó.
En la mansión Valmont, Isabella descubrió que Catalina tenía una idea muy particular de lo que significaba colaborar con un retrato.
—Necesito que permanezcas quieta unos minutos —le pidió, ajustando el caballete.
—Estoy quieta.
—Estás moviendo el pie.
—Mi pie no forma parte del retrato.
—Pero el movimiento hace que te muevas entera.
Catalina miró su zapato como si acabara de descubrir una traición.
—No sabía que mi pie tuviera tanta influencia.
Isabella intentó mantener la seriedad.
—Catalina…
—Está bien, está bien. No me moveré.
La joven adoptó una pose solemne, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el regazo.
Isabella la observó.
—Ahora pareces una mujer que acaba de descubrir que su marido tiene una segunda familia.
Catalina abrió la boca.
—¡Eso ha sido cruel!
—Me pediste que capturara tu personalidad.
—¡Mi personalidad no incluye semejante tragedia!
—Todavía no he terminado el retrato.
Catalina comenzó a reír y arruinó de inmediato su pose.
—¡No puedo trabajar contigo! ¡Eres una pésima influencia!
—Curioso. Tu madre me contrató precisamente para eso.
La sesión avanzó entre bromas, pequeñas interrupciones y pausas para tomar café. A pesar de las distracciones, Isabella trabajaba con concentración. Cada trazo parecía acercarla un poco más a la mujer que Catalina era cuando dejaba de posar.
A media mañana, Leonor entró en el salón con una bandeja de fruta y pan recién horneado.
—He decidido que necesitan alimentarse antes de que mi hija comience a exigir una indemnización por daños emocionales.
—Madre, Isabella acaba de insultar mis pies.
Leonor miró a la artista.
—¿Solo los pies? Está perdiendo facultades.
Isabella se echó a reír.
—Empiezo a comprender de dónde viene el sentido del humor de su familia.
—De mí, naturalmente —respondió Leonor.
—¡Eso es falso! —protestó Catalina—. Mi hermano tiene el mismo sentido del humor.
—Tu hermano heredó mi elegancia. El humor lo desarrolló como mecanismo de supervivencia.
Las tres rieron.
Por un momento, Isabella olvidó la tensión que la esperaba en casa. Se permitió disfrutar del desayuno, de las conversaciones y de aquella calidez que no exigía nada a cambio.
Sin embargo, mientras observaba a Leonor servirle una segunda taza de café, una pregunta regresó a su mente.
¿Cómo sería tener una familia en la que una persona pudiera equivocarse sin sentir que estaba poniendo en riesgo su lugar?
Se preguntó si alguna vez podría tener hijos.
La vieja tristeza reapareció, silenciosa y persistente.
—Isabella —dijo Leonor, sentándose a su lado—, ¿te encuentras bien?
La artista levantó la mirada.
—Sí, gracias. Solo estaba pensando.
Leonor no insistió.
—A veces pensar demasiado es una costumbre muy peligrosa. Te lo digo por experiencia.
—¿Usted también piensa demasiado?
—Querida, crié a dos hijos y sobreviví a las reuniones de la junta directiva de mi difunto esposo. Pensar demasiado es lo único que me ha mantenido cuerda.
Editado: 02.11.2026