Catalina Valmont tenía una teoría muy particular sobre los secretos: tarde o temprano, todos terminaban saliendo a la luz, generalmente en el peor momento posible y delante de la persona menos indicada.
La segunda parte de su teoría era todavía más importante: cuando alguien comenzaba a comportarse de manera sospechosa, lo mejor era observarlo antes de hacer preguntas.
Por eso, aquella mañana, Catalina estaba sentada frente a una taza de café, vigilando discretamente a su hermano.
Adrián leía los informes que su secretaria le había enviado a la mansión. Isabella, situada al otro extremo del salón, trabajaba en los últimos detalles del retrato. Entre ambos no ocurría nada extraordinario. No había miradas prolongadas, conversaciones íntimas ni gestos que pudieran considerarse inapropiados.
Y, precisamente por eso, Catalina estaba preocupada.
Su hermano era un hombre disciplinado, reservado y extraordinariamente hábil para ocultar sus emociones. Si algo comenzaba a importarle, primero intentaba convencerse de que no era importante. Después encontraba una justificación razonable para prestarle atención. Finalmente, cuando ya era demasiado tarde, descubría que había permitido que aquello ocupara un lugar en su vida.
Catalina conocía el procedimiento.
Lo había visto hacerlo con los negocios, con las obligaciones familiares y, sobre todo, con Victoria.
—¿Vas a seguir mirándolo así? —preguntó Isabella sin levantar la vista del lienzo.
Catalina parpadeó.
—¿Mirando a quién?
—A tu hermano.
—Estoy observando la arquitectura del salón.
Isabella volvió a mojar el pincel.
—Claro. Y yo estoy pintando un caballo.
Catalina miró el retrato.
—No me des ideas. Todavía puedo pedirte que me agregues uno.
—Si lo haces, cobraré un extra.
—Qué decepción. Pensé que nuestra amistad se basaba en el amor y no en el dinero.
—Nuestra amistad se basa en que te quedes quieta durante las sesiones.
Catalina suspiró dramáticamente.
—Una relación muy exigente.
Adrián bajó el informe.
—¿De qué están hablando?
—De ti —respondieron ambas al mismo tiempo.
Él las miró alternativamente.
—Eso no es inquietante en absoluto.
—No te preocupes —dijo Catalina—. Si estuvieras en peligro, te avisaría.
—¿Antes o después de tomar una fotografía para conservar el recuerdo?
—Depende de la gravedad de la situación.
Isabella se rio.
Adrián regresó a sus documentos, pero aquella risa volvió a distraerlo.
Era un sonido sencillo, espontáneo, que parecía llenar los espacios sin exigir nada a cambio. En su casa, las conversaciones con Victoria se habían vuelto cuidadosas. Incluso las muestras de cariño parecían tener un propósito: evitar una discusión, cumplir con una obligación social o demostrar que todo seguía funcionando.
Con Isabella no había una historia compartida ni promesas que mantener. No tenía que interpretar sus silencios ni adivinar si una sonrisa escondía una molestia.
Y esa facilidad comenzaba a resultarle peligrosa.
Cerró la carpeta.
—Tengo que volver a la oficina.
Catalina levantó una ceja.
—¿Tan pronto?
—Tengo una reunión.
—Qué curioso. Hace diez minutos dijiste que habías terminado de revisar los informes.
Adrián la miró con advertencia.
—Catalina.
—Adrián.
—No empieces.
—Yo no he empezado nada. Solo estoy admirando la arquitectura del salón.
Isabella tuvo que cubrirse la boca para no reír.
Adrián se levantó, tomó su chaqueta y se dirigió a la puerta.
—Nos veremos después.
—¿En la oficina? —preguntó Catalina.
—En cualquier lugar donde no estés tú.
—¡Te quiero también!
Cuando él desapareció por el pasillo, Catalina dejó escapar un suspiro.
Isabella continuó pintando.
—Tu hermano parece cansado.
—Lo está.
—Quizá debería descansar.
Catalina la observó con atención.
—Quizá debería dejar de fingir que puede resolver todos sus problemas trabajando.
Isabella no respondió.
Aquella frase le resultaba demasiado familiar.
Porque Gabriel también tenía la costumbre de esconderse detrás de sus obligaciones, aunque, a diferencia de Adrián, rara vez parecía interesado en resolver los problemas de alguien que no fuera él mismo.
Catalina se levantó para acercarse al retrato.
—Isabella, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Eres feliz en tu matrimonio?
El pincel se detuvo sobre el lienzo.
Catalina se arrepintió de inmediato de haber formulado la pregunta con tanta brusquedad, pero ya no podía retirarla.
Isabella dejó el pincel en la paleta.
—No sé qué responderte.
Aquella respuesta fue más reveladora que cualquier confesión.
Catalina se sentó junto a ella.
—No tienes que responderme ahora. Ni siquiera tienes que responderme nunca. Pero quiero que recuerdes algo: no es necesario que una situación sea terrible todos los días para que tengas derecho a querer algo diferente.
Isabella sintió un nudo en la garganta.
—¿Siempre eres así de directa?
—No. A veces soy mucho peor.
La artista soltó una pequeña risa.
Catalina le tomó la mano durante un instante.
—Y otra cosa: si alguna vez necesitas ayuda, puedes pedírmela. No tienes que esperar a que todo se vuelva insoportable.
Isabella asintió.
No sabía qué ocurriría con su matrimonio. Todavía amaba los recuerdos de los primeros años con Gabriel, la ilusión con la que había comenzado aquella vida y la esperanza de que, algún día, él volviera a ser el hombre que le prometió construir una familia.
Pero cada vez le resultaba más difícil reconocerlo.
Y cada día se reconocía menos a sí misma.
A las cuatro de la tarde, Adrián recibió una llamada de Sebastián.
—Necesito hablar contigo —dijo su amigo sin siquiera saludar.
Editado: 02.11.2026