El precio de un heredero

Capítulo 8. La verdad que nadie se atrevía a pronunciar

Victoria llevaba casi una hora sentada en el vestidor cuando decidió responder el mensaje de Sebastián.

Había cambiado de ropa dos veces, se había quitado los pendientes y vuelto a ponérselos, y había recorrido la habitación con la esperanza absurda de que caminar le permitiera ordenar sus pensamientos.

No funcionó.

El teléfono seguía sobre el tocador, con aquel mensaje que parecía acusarla incluso cuando no lo estaba leyendo.

Sebastián: Tenemos que hablar. Esta vez no aceptaré otra excusa.

Victoria tomó el aparato y escribió una respuesta.

No puedes exigirme que lo resuelva todo de un día para otro.

La borró.

Escribió otra.

Te veré mañana. Necesito pensar.

También la borró.

Finalmente, dejó el teléfono boca abajo.

—Qué dramático —murmuró, como si el problema fuera la actitud de Sebastián y no la situación que ella misma había creado.

Se levantó y salió de la habitación.

Adrián estaba en el estudio, revisando unos documentos. Cuando la escuchó entrar, levantó la mirada y sonrió con cansancio.

—Creí que ya estarías dormida.

—No tengo sueño.

Victoria se acercó al escritorio y se sentó frente a él.

—Adrián, ¿podemos hablar?

Él dejó el bolígrafo.

Durante un instante, pensó que ella finalmente había decidido abordar el asunto que ambos evitaban. Sintió una esperanza prudente, aunque no quiso demostrarla demasiado pronto.

—Claro.

Victoria entrelazó las manos sobre el regazo.

—He estado pensando en nuestra conversación de ayer.

Adrián esperó.

—No quiero que creas que no me importa lo que deseas —continuó ella—. Sé que tener un hijo significa mucho para ti.

—Gracias por reconocerlo.

—Pero necesito que entiendas que también tengo mis propios temores.

—Quiero entenderlos. De verdad.

Victoria respiró hondo.

Había preparado aquella conversación durante el trayecto desde la habitación. Su intención era ofrecerle una explicación lo bastante convincente para que dejara de preguntar, sin comprometerse a nada que no estuviera dispuesta a cumplir.

—Tengo miedo de perder mi independencia. De que todo cambie. De que nuestra relación termine girando alrededor de un bebé y dejemos de ser nosotros.

Adrián la escuchó con atención.

Aquella era, al menos, una respuesta concreta. No una referencia a compromisos sociales ni a viajes pendientes, sino un temor que podía comprender.

—Nuestra vida cambiaría —admitió—. Sería inevitable. Pero no significa que dejaríamos de ser pareja.

—¿Y si no sé cómo hacerlo?

—Aprenderíamos juntos.

Victoria lo miró.

La sencillez de su respuesta la desconcertó. Adrián no estaba prometiendo que todo sería perfecto. No le estaba exigiendo que supiera ser madre antes de convertirse en una.

Le ofrecía acompañarla.

Por un instante, sintió algo parecido a la culpa.

Luego recordó todo lo que estaba en juego para ella y apartó aquella sensación.

—No quiero tomar una decisión equivocada —dijo.

Adrián se inclinó hacia delante.

—Victoria, no necesito que me prometas un hijo mañana. Necesito que seas sincera conmigo. Si no quieres ser madre, prefiero que me lo digas antes de seguir esperando algo que quizá nunca suceda.

Ella sintió que la conversación se acercaba peligrosamente al límite.

—Sí quiero tener hijos contigo.

La mentira salió de sus labios con una facilidad que le produjo escalofríos.

Adrián la miró durante varios segundos.

—Entonces, ¿qué necesitas?

Victoria había esperado esa pregunta.

—Tiempo. Y quizá una consulta médica. Quiero asegurarme de que todo esté bien antes de tomar una decisión.

Adrián asintió lentamente.

—Podemos hacerlo.

Ella sintió un alivio inmediato.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Si eso te ayuda a sentirte más tranquila, iremos juntos.

Victoria sonrió y se levantó para abrazarlo.

Adrián correspondió al abrazo, pero no consiguió desprenderse de la inquietud que le había acompañado durante los últimos días.

Quería creerle.

Necesitaba creerle.

Sin embargo, mientras la sostenía entre sus brazos, comprendió que ya no le bastaba con escuchar que algún día tendrían una familia.

Necesitaba saber si aquel futuro existía realmente en los planes de su esposa.

Y estaba dispuesto a descubrirlo.

A la mañana siguiente, Isabella llegó a la mansión Valmont con una carpeta bajo el brazo y una noticia que esperaba que Catalina recibiera con entusiasmo.

El retrato estaba prácticamente terminado.

Había trabajado hasta tarde la noche anterior, corrigiendo algunos detalles de la expresión y añadiendo una luz suave que resaltaba la personalidad de la joven Valmont sin convertirla en una figura distante.

Cuando Catalina vio el lienzo, se quedó inmóvil.

—Dios mío.

Isabella sonrió, nerviosa.

—¿No te gusta?

Catalina se acercó lentamente.

—¿Que si me gusta? ¡Parezco una mujer que tiene su vida bajo control!

—¿Eso es bueno?

—¡Es extraordinario! Nadie me había retratado así.

Se volvió hacia Isabella y la abrazó con tanta fuerza que casi la hizo perder el equilibrio.

—¡Eres maravillosa!

—Gracias. Pero necesito que te apartes antes de que ambas terminemos dentro del cuadro.

Catalina la soltó.

—Perdón. Me emocioné.

—Lo noté.

—¿Crees que podrías pintar otro?

—Claro. ¿De quién?

Catalina sonrió con malicia.

—De mi hermano.

Isabella parpadeó.

—¿Adrián?

—Sí. Necesita un retrato nuevo para su despacho. El que tiene ahora parece el de un hombre que acaba de despedir a veinte empleados.

—Quizá fue exactamente el día en que lo pintaron.

—No arruines mi argumento.

Isabella contempló el lienzo de Catalina.

Pintar a Adrián significaría pasar más tiempo observándolo, estudiar sus expresiones y buscar aquello que se escondía detrás de su serenidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.