El precio de un heredero

Capítulo 9. Las preguntas que podían destruirlo todo

La mañana siguiente a la discusión con Gabriel, Isabella despertó con la sensación de haber pasado la noche luchando contra una verdad que se negaba a aceptar.

Durante años había creído que su matrimonio tenía defectos, como cualquier otro. Gabriel era frío, exigente y demasiado preocupado por el dinero, pero ella se había convencido de que, en el fondo, la quería. Se aferraba a los pequeños gestos, a las pocas ocasiones en que él le tomaba la mano en público o le preguntaba cómo había sido su día, como si aquellas migajas fueran suficientes para justificar todo lo demás.

Ahora, sin embargo, una pregunta la perseguía.

¿Y si Gabriel le había robado la posibilidad de ser madre mucho antes de que ella supiera que tenía derecho a decidir?

Se incorporó lentamente y observó la habitación. Gabriel no estaba.

Sobre la cómoda había una caja de terciopelo azul. Isabella la reconoció de inmediato: era la que había visto días atrás, cuando sospechó que contenía el collar destinado a Lucía.

La caja seguía allí, cerrada, como una burla silenciosa.

Isabella apartó la mirada.

No tenía fuerzas para investigar otra mentira. Al menos, no todavía.

Su teléfono vibró sobre la mesita.

Renata: Estoy abajo. Si no sales en cinco minutos, subiré y te sacaré de esa casa aunque tenga que arrastrarte por las escaleras.

Isabella soltó una pequeña risa. Fue breve, pero suficiente para recordarle que aún existían personas capaces de preocuparse por ella sin exigirle nada a cambio.

Se vistió, tomó su bolso y bajó.

Renata estaba junto al automóvil, con dos cafés en las manos y una expresión que habría hecho confesar hasta al delincuente más experimentado.

—Tienes cara de haber dormido tres minutos y de haber pasado los otros cuatrocientos cincuenta y siete pensando en desgracias.

—Buenos días para ti también.

—No me agradezcas. Mi talento para detectar tragedias ajenas es un servicio que debería cobrar.

Isabella aceptó el café.

—¿Y cuánto me vas a cobrar?

—Una cena, tres chismes y que dejes de defender a hombres que no merecen ni que les guardes un lugar en la fila del supermercado.

—Creo que la última condición será la más difícil.

La sonrisa de Renata desapareció poco a poco.

—Lo sé, Isa. Por eso vamos a empezar por algo que nadie puede discutir: tu salud, tu historia clínica y la verdad. No vamos a decidir qué hacer con tu matrimonio hasta que sepas exactamente qué ocurrió.

Isabella asintió.

Era lo único que podía hacer por el momento: dar un paso, aunque todavía no supiera hacia dónde la conduciría.

Una verdad médica y una mentira matrimonial

La consulta transcurrió en una clínica privada, lejos de los lujos a los que Gabriel acostumbraba llevarla cuando necesitaba impresionar a sus conocidos.

La doctora Elena Robles, especialista en fertilidad, revisó los documentos que Isabella había conseguido reunir. Después formuló varias preguntas sobre los estudios anteriores, los tratamientos que supuestamente había seguido y las conclusiones que Gabriel le había comunicado.

Isabella contestó con creciente inquietud.

—Mi esposo me dijo que las posibilidades de quedar embarazada eran prácticamente nulas —explicó—. Aseguró que los médicos se lo habían confirmado.

La doctora levantó la mirada.

—En la documentación que tenemos hasta ahora no encuentro un diagnóstico definitivo de infertilidad. Hay estudios incompletos y resultados que requerían seguimiento. Eso no significa que podamos asegurar que usted no tiene ningún problema, pero tampoco permite afirmar que sea infértil.

Isabella apretó las manos sobre su regazo.

—Entonces… ¿pude haber sido madre?

—Es posible. Necesitamos realizar pruebas actualizadas para conocer su situación actual. No sería responsable prometerle un embarazo, pero tampoco lo sería quitarle esa posibilidad sin evidencia suficiente.

Renata respiró hondo a su lado.

—¿Y si esos estudios se hubieran realizado correctamente desde el principio?

—Probablemente habríamos obtenido una evaluación más precisa mucho antes.

Isabella sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

No era una confirmación de que pudiera concebir. Tampoco era una sentencia de que no pudiera hacerlo.

Era algo mucho más doloroso: la posibilidad de que le hubieran arrebatado años de esperanza basándose en una mentira.

—Doctora, ¿puede una persona manipular los resultados o la información que recibe su pareja?

Elena dejó los documentos sobre el escritorio.

—No puedo juzgar lo que ocurrió en su matrimonio sin conocer todos los antecedentes. Pero usted tiene derecho a recibir directamente sus resultados, comprenderlos y participar en cualquier decisión relacionada con su salud reproductiva. Nadie debería sustituir su consentimiento ni ocultarle información médica relevante.

Isabella bajó la cabeza.

Durante años había llorado en silencio por un hijo que creyó imposible tener. Había evitado reuniones familiares cuando otras mujeres anunciaban embarazos. Había fingido alegría al escuchar a Gabriel decir que no debían obsesionarse con algo que no estaba destinado para ellos.

Y mientras ella aprendía a enterrar sus sueños, él había seguido viviendo como si nada.

—Vamos a hacer los estudios necesarios —dijo finalmente.

La doctora sonrió con serenidad.

—Esa es una decisión razonable. Y recuerde algo: los resultados médicos no determinan su valor como mujer ni como persona.

Isabella agradeció la atención y salió del consultorio con una carpeta entre las manos.

En el pasillo se detuvo.

—Renata…

—Aquí estoy.

—Si resulta que sí puedo tener hijos, no sé qué voy a hacer con todo el tiempo que perdí.

Renata la abrazó.

—No podemos recuperar los años anteriores. Pero podemos impedir que te roben los que vienen.

Isabella cerró los ojos.




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