El precio de un heredero

Capítulo 10. El precio de una traición

La mañana llegó demasiado pronto para Isabella.

Había dormido poco y mal. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las palabras de Gabriel, aquella confesión involuntaria que había terminado por confirmar sus sospechas: él sabía que los estudios médicos no eran concluyentes y, aun así, había permitido que ella creyera durante años que jamás podría ser madre.

Lo más doloroso no era únicamente la posibilidad de haber perdido tiempo. Era comprender que el hombre con quien había compartido su vida había decidido que sus deseos no merecían ser escuchados.

Isabella se sentó en la cama y contempló su anillo de matrimonio.

Durante mucho tiempo lo había considerado una promesa. Ahora parecía una pregunta que no sabía responder.

¿Seguía casada con Gabriel porque lo amaba o porque tenía miedo de reconocer que había entregado demasiados años a una relación que la estaba consumiendo?

Su teléfono vibró.

Era Renata.

—Dime que estás despierta —exigió su amiga en cuanto Isabella respondió.

—Estoy despierta.

—¿Y dime que no estás pensando en preparar el desayuno de Gabriel como si ayer no hubiera intentado justificar una de las mentiras más crueles que puede contarle un marido a su esposa?

Isabella cerró los ojos.

—No voy a prepararle el desayuno.

—Excelente. Progreso.

—Renata…

—¿Qué?

—No sé qué hacer.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio.

Cuando Renata volvió a hablar, su tono había cambiado.

—No tienes que resolver toda tu vida hoy. Puedes empezar por protegerte, terminar tus estudios médicos y pensar qué quieres tú, sin preguntarte qué le conviene a Gabriel.

—¿Y si estoy exagerando?

—Isabella, cariño, llevas años preguntándote si eres tú quien exagera cada vez que él te hace daño. ¿No te parece que ya es hora de considerar otra posibilidad?

Isabella se mordió el labio.

—Tengo miedo.

—Lo sé.

—No solamente de perder mi matrimonio. Tengo miedo de haber desperdiciado mi vida esperando algo que quizá nunca llegue.

—Tu vida no está desperdiciada. Y sobre la maternidad, todavía no sabemos qué ocurrirá. No voy a prometerte un final feliz como si esto fuera una película, pero sí voy a acompañarte mientras descubres la verdad.

Isabella respiró profundamente.

—Gracias.

—Para eso están las amigas. Y ahora levántate, dúchate y come algo. No quiero que te desmayes antes de que pueda convencerte de que Gabriel necesita una buena temporada hablando con una pared.

Isabella soltó una risa.

—No creo que una pared tenga tanta paciencia.

—Entonces que hable con dos.

Por primera vez desde la discusión, Isabella sintió que podía respirar sin que el dolor le ocupara todo el pecho.

Todavía no tenía respuestas.

Pero ya no estaba sola.

Una esposa que empezaba a desconfiar

En la mansión Valmont, Victoria desayunaba frente a Adrián, procurando mantener una expresión serena.

Había elegido un vestido color crema, unos pendientes discretos y un peinado que parecía no haber requerido esfuerzo alguno. Conocía bien a su marido: sabía que prefería la elegancia natural a los excesos, y que una sonrisa en el momento adecuado podía suavizar casi cualquier conversación.

Aquella mañana, sin embargo, Adrián apenas la miraba.

—¿Dormiste bien? —preguntó ella.

—Más o menos.

—¿Problemas en la empresa?

—No. Estuve pensando.

Victoria dejó la taza sobre el plato.

—¿En qué?

Adrián la miró.

—En nosotros.

La respuesta le produjo una tensión inmediata.

—¿Otra vez con el tema de los hijos?

—No solamente con eso.

Victoria intentó sonreír.

—Adrián, ya hablamos. Te dije que quiero que hagamos las cosas bien. Iremos a la consulta la próxima semana y escucharemos lo que diga el médico.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué ocurre?

Él permaneció callado unos segundos.

—Quiero saber si eres feliz conmigo.

Victoria sintió que el estómago se le encogía.

Era una pregunta sencilla. Debería haber podido contestarla sin dificultad.

Pero la respuesta verdadera era demasiado peligrosa.

Era feliz con la casa, el dinero, los viajes, la seguridad y la posición social que llevaba el apellido Valmont. Le gustaba ser la esposa de un hombre respetado y saber que podía entrar en cualquier lugar sin que nadie cuestionara su presencia.

Lo que ya no sabía era si quería seguir compartiendo su vida con Adrián de la manera en que él esperaba.

—Por supuesto que soy feliz —respondió—. ¿Por qué me preguntas algo así?

—Porque últimamente siento que hablamos de todo menos de lo que realmente nos importa.

Victoria apartó la mirada.

—Quizá porque estás obsesionado con el futuro.

—¿Y tú no piensas en él?

—Claro que sí. Pienso en nuestro futuro, en nuestra estabilidad, en las cosas que hemos construido.

—Yo también pienso en nuestra familia.

El silencio que siguió fue más revelador que cualquier respuesta.

Adrián apoyó los cubiertos sobre el plato.

—Victoria, no quiero obligarte a tener un hijo. Nunca he querido hacerlo. Pero tampoco puedo fingir que ese deseo no existe para mí.

—Ya lo sé.

—Y necesito saber si existe alguna posibilidad de que tú también lo quieras algún día.

Victoria sintió deseos de levantarse y marcharse.

En cambio, extendió la mano sobre la mesa y cubrió la de su marido.

—Dame tiempo.

Adrián observó sus dedos entrelazados.

Había escuchado aquellas palabras tantas veces que comenzaban a perder su significado.

—Te he dado tiempo durante años.

Victoria retiró lentamente la mano.

—¿Y ahora vas a convertir eso en un reproche?

—No. Estoy intentando explicarte cómo me siento.

—Pues me haces sentir como si estuviera decepcionándote constantemente.

Adrián bajó la mirada.

—No quiero que te sientas así.




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