El precio de un heredero

Capítulo 11. Cuando el corazón empieza a elegir

La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Valmont cuando Adrián regresó de la oficina.

Había pasado el día entero intentando concentrarse en una negociación que debía cerrar antes de finalizar el mes. Sin embargo, entre informes financieros, llamadas y reuniones, su mente volvía una y otra vez a las mismas preguntas.

¿Por qué Victoria parecía tan incómoda cada vez que hablaban de su futuro?

¿Por qué Sebastián se había mostrado tan nervioso durante su último encuentro?

Y, sobre todo, ¿por qué le resultaba cada vez más difícil ignorar la tranquilidad que sentía cuando estaba cerca de Isabella?

Aquella última pregunta era la que más le molestaba.

No porque Isabella hubiera hecho algo indebido. Al contrario. Ella mantenía una distancia prudente, se concentraba en su trabajo y nunca había intentado involucrarlo en sus problemas personales.

Era él quien comenzaba a buscarla con la mirada.

Él quien recordaba sus comentarios.

Él quien se sorprendía deseando escuchar su risa al final de un día complicado.

Y Adrián no quería convertirse en el hombre que traicionaba sus propios principios por una emoción que todavía no comprendía.

Al entrar en el vestíbulo, encontró a Catalina sentada en las escaleras, con una revista abierta sobre las rodillas y una expresión de absoluta concentración.

—¿Qué haces ahí? —preguntó.

—Estoy investigando.

—¿Qué cosa?

—La inexplicable desaparición de mi hermano, que antes era capaz de mantener una conversación de más de cinco minutos sin suspirar como protagonista de una tragedia romántica.

Adrián se quitó el abrigo y se lo entregó a Arthur, que pasaba por allí.

—¿No tienes alguna actividad productiva?

—Sí. Molestarte.

—Lo estás consiguiendo.

—Gracias. Siempre me esfuerzo por alcanzar mis objetivos.

Catalina cerró la revista y lo examinó detenidamente.

—¿Has visto a Isabella hoy?

Adrián se quedó quieto apenas un instante.

Catalina sonrió.

—No necesitas responder. Tu cara acaba de hacerlo.

—La vi ayer, cuando pasó a trabajar en tu retrato.

—Qué extraño. Yo también la vi ayer, y no he pasado todo el día pensando en ella.

—Porque no tienes nada mejor en qué pensar.

—Puede ser. Aunque debo admitir que mi vida sentimental es bastante más sencilla que la tuya.

Adrián subió dos escalones y se detuvo frente a ella.

—Catalina, te lo digo en serio. Isabella está atravesando una situación complicada. No quiero que hagas comentarios que puedan incomodarla.

La expresión de Catalina se suavizó.

—No lo haré. Me cae bien, y no pienso convertir sus problemas en un entretenimiento.

—Gracias.

—Pero tampoco voy a fingir que tú estás perfectamente bien.

Adrián bajó la mirada.

Catalina se levantó y guardó la revista bajo el brazo.

—No tienes que decidir nada esta noche. Solo deja de convencerte de que todo está bien cuando claramente no lo está.

Se marchó antes de que él pudiera responder.

Adrián permaneció en las escaleras, escuchando cómo la lluvia arreciaba contra los cristales.

Su hermana tenía una habilidad irritante para decir en pocas palabras aquello que él llevaba semanas intentando evitar.

La mujer que ya no quería pedir permiso

A la mañana siguiente, Isabella llegó a la clínica para realizarse los primeros estudios complementarios.

Renata la acompañaba, cargando una bolsa con agua, galletas y un pequeño cuaderno.

Isabella la miró con extrañeza.

—¿Qué llevas ahí?

—Un plan de contingencia.

—¿Para qué?

—Para todo. Si te mareas, tengo agua. Si te da hambre, tengo galletas. Si quieres llorar, tengo pañuelos. Y si decides cometer una imprudencia, tengo una lista de razones por las que no debes hacerlo.

Isabella arqueó una ceja.

—¿También llevas un abogado?

—Todavía no. Pero puedo conseguir uno antes de que termine el día.

Isabella soltó una carcajada.

—Eres imposible.

—Y, sin embargo, aquí estás, beneficiándote de mis servicios sin pagar una sola factura.

La risa desapareció lentamente cuando la enfermera llamó a Isabella.

Renata le apretó la mano.

—Ve tranquila. Lo que descubramos no cambia quién eres.

Isabella asintió y entró.

Durante el procedimiento, intentó concentrarse en las instrucciones de la especialista. No quería adelantarse a los resultados ni construir nuevas esperanzas sobre información incompleta.

Había aprendido, de la manera más dolorosa, que la incertidumbre podía convertirse en una prisión cuando otra persona decidía utilizarla en su beneficio.

Al terminar, la doctora le explicó que algunos resultados estarían disponibles en los próximos días y que necesitarían una evaluación completa antes de determinar su situación reproductiva.

Isabella escuchó con atención, hizo preguntas y pidió copias de todos los documentos.

Era un gesto pequeño, pero importante.

Ya no permitiría que nadie administrara su información médica en su nombre.

Al salir, encontró a Renata esperando con dos cafés.

—¿Y bien?

—Todavía no hay una respuesta definitiva. Tengo que esperar los resultados.

Renata le entregó uno de los vasos.

—Entonces esperaremos.

Isabella observó el café.

—¿Sabes qué es lo más extraño?

—¿Qué?

—Que durante años tuve miedo de descubrir que no podía tener hijos. Ahora tengo miedo de descubrir que sí podía y que alguien me quitó la oportunidad de decidir qué hacer con esa posibilidad.

Renata la abrazó por los hombros.

—No puedes cambiar lo que Gabriel hizo. Pero sí puedes decidir qué permites a partir de ahora.

Isabella respiró profundamente.

—Creo que necesito hablar con un abogado.

Renata la miró con sorpresa, aunque no intentó ocultar su aprobación.

—¿Estás pensando en divorciarte?

Isabella tardó unos segundos en responder.




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