El precio de un heredero

Capítulo 13. La esperanza también tiene miedo

La mañana llegó demasiado pronto para Isabella Montenegro.

Había pasado la noche mirando el techo de su habitación, repasando mentalmente cada palabra que el doctor de años atrás había pronunciado y cada mentira que Gabriel había construido alrededor de aquella supuesta imposibilidad de ser madre.

Durante mucho tiempo, Isabella había aprendido a vivir con una tristeza silenciosa. Había dejado de detenerse frente a los escaparates de las tiendas infantiles. Había evitado las conversaciones sobre embarazos entre amigas. Incluso había llegado a sonreír cuando alguien le preguntaba si algún día tendría hijos, fingiendo que aquella posibilidad ya no le importaba.

Pero sí le importaba.

Le importaba tanto que, en ocasiones, había llorado a escondidas para que Gabriel no la escuchara.

Ahora sabía que quizá había pasado años llorando por una sentencia que nunca existió.

Y aquella posibilidad le provocaba una mezcla insoportable de esperanza y rabia.

—¿Estás lista? —preguntó Renata desde la puerta de la habitación.

Isabella se encontraba frente al espejo, intentando acomodarse el cabello por tercera vez.

—No.

—Perfecto. Entonces estamos igual que antes de un examen, una entrevista de trabajo o una visita al dentista.

Isabella la miró por el espejo.

—No recuerdo que hayas llorado antes de una entrevista.

—Porque soy una mujer de recursos. Lloro después, cuando nadie puede quitarme puntos por ello.

A Isabella se le escapó una risa breve, pero desapareció enseguida.

Renata se acercó y le acomodó el cuello de la blusa.

—Escúchame. Hoy no vamos a descubrir necesariamente todo lo que sucederá en tu vida. Vamos a conocer lo que dicen los resultados. Nada más.

—¿Y si no puedo tener hijos?

Renata guardó silencio unos segundos.

No iba a prometerle algo que ninguna de las dos podía saber.

—Entonces enfrentaremos esa verdad contigo, no contra ti. Pero tampoco vamos a permitir que el miedo de Gabriel siga decidiendo por ti.

Isabella bajó la mirada.

—Lo amé durante tantos años, Renata.

—Lo sé.

—Y confié en él cuando me dijo que nunca podría ser madre.

—Lo sé.

—¿Cómo pudo verme sufrir por algo que él sabía que no era cierto?

Renata le tomó las manos.

—Porque prefirió conservar la vida que quería antes que darte la oportunidad de elegir la tuya.

Aquella respuesta dolió más que cualquier insulto.

Isabella respiró profundamente, tomó su bolso y salió de casa.

Por primera vez en mucho tiempo, no iba a pedirle permiso a nadie para conocer su propio futuro.

1. Un resultado y demasiadas preguntas

La doctora Elena Robles las recibió a las nueve de la mañana.

Su consultorio era luminoso, con estanterías llenas de libros médicos y una pequeña planta junto a la ventana. Isabella se sentó frente al escritorio con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Renata permaneció a su lado, dispuesta a intervenir si la angustia le impedía hablar.

La doctora revisó el expediente antes de dirigirse a ella.

—Isabella, ya tenemos los primeros resultados de tus estudios. Quiero explicártelos con calma para que no saques conclusiones precipitadas.

Isabella sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

—¿Son malos?

—No voy a calificarlos de esa manera. Lo que puedo decirte es que, con la información que tenemos hasta ahora, no existe evidencia suficiente para afirmar que seas infértil.

Isabella dejó de respirar por un instante.

—¿Entonces puedo tener hijos?

La doctora sonrió con prudencia.

—Es posible, pero todavía no puedo asegurártelo. La fertilidad depende de distintos factores y necesitamos completar la evaluación. Algunos resultados son alentadores, aunque debemos correlacionarlos con otros estudios y con tu historial clínico.

Isabella apretó los dedos alrededor de su bolso.

—Pero nunca debieron decirme que no podía tenerlos.

—Correcto. Con los documentos que revisamos, no encuentro fundamento para una afirmación tan definitiva. Los estudios anteriores eran inconclusos. Eso significa que se necesitaba investigar más, no que existiera una imposibilidad demostrada.

Renata cerró los ojos durante un instante, conteniendo su indignación.

—¿Y alguien pudo saberlo y aun así decirle lo contrario?

La doctora no quiso emitir juicios sobre Gabriel, pero contestó con claridad.

—No puedo determinar qué sabía otra persona. Sí puedo decirles que una paciente tiene derecho a recibir información médica comprensible, veraz y suficiente para tomar decisiones sobre su salud.

Isabella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

No lloraba únicamente por la esperanza.

Lloraba por los cumpleaños en los que había imaginado anunciar un embarazo. Por las veces que había guardado una pequeña prenda infantil en un cajón y después la había devuelto a la tienda, avergonzada de seguir soñando. Por las conversaciones con Gabriel en las que él la había abrazado con aparente compasión mientras, según acababa de admitir, conocía la verdad.

—¿Cuánto tiempo perdí? —preguntó en voz baja.

La doctora dejó el expediente sobre el escritorio.

—No puedo calcularlo. Tampoco sería justo atribuir a estos resultados una certeza que no tienen. Lo importante ahora es que tienes la oportunidad de continuar con una evaluación adecuada y decidir qué deseas hacer con esa información.

—Quiero ser madre —respondió Isabella sin vacilar.

Era la primera vez en mucho tiempo que pronunciaba esas palabras sin disculparse después.

La doctora asintió.

—Entonces vamos a trabajar sobre esa posibilidad con responsabilidad. Necesitaremos algunos estudios adicionales y revisar ciertos antecedentes. No quiero que te aferres a una promesa, pero tampoco que sigas viviendo bajo una condena que no está respaldada por tu expediente.

Isabella se llevó una mano a la boca.




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