El precio de un heredero

Capítulo 14. Cuando perder el control se convierte en una amenaza

1. Una casa demasiado silenciosa

Gabriel Montenegro despertó a las siete de la mañana y extendió la mano hacia el otro lado de la cama.

La sábana estaba fría.

Abrió los ojos, todavía adormilado, y miró el espacio vacío junto a él. Durante unos segundos pensó que Isabella se habría levantado temprano para preparar el desayuno o que estaría trabajando en el pequeño estudio que había acondicionado en una de las habitaciones de la casa.

Pero cuando bajó a la cocina, encontró la mesa vacía y ninguna señal de ella.

—¿La señora ya salió? —preguntó a la empleada doméstica.

La mujer, que acomodaba unas tazas en una bandeja, dudó antes de responder.

—La señora no regresó anoche, señor.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Cómo que no regresó?

—Me avisó que no cenaría aquí. Pensé que usted estaba enterado.

Él apretó la mandíbula.

—¿Y no dijo dónde estaba?

—No, señor.

Gabriel sacó el teléfono y abrió la conversación con Isabella. No había mensajes nuevos. La última comunicación entre ambos había sido la discusión del día anterior, cuando ella le anunció que consultaría a una abogada para iniciar los trámites de separación.

Marcó su número.

La llamada se prolongó hasta que fue enviada al buzón de voz.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Gabriel dejó el teléfono sobre la mesa con un golpe seco.

Aquello no podía estar sucediendo.

Isabella podía estar enfadada. Podía necesitar unos días para calmarse. Incluso podía amenazar con marcharse, como había hecho otras veces durante sus discusiones.

Pero siempre regresaba.

Siempre terminaba aceptando una conversación, una explicación o una promesa.

Él había confundido esa costumbre con una garantía.

Y ahora empezaba a comprender que quizá su esposa había llegado al límite.

Subió al despacho y llamó a Renata.

Ella respondió al cuarto tono.

—¿Qué quieres, Gabriel?

La frialdad de su voz lo irritó.

—Necesito saber dónde está Isabella.

—Está bien.

—No te he preguntado eso. Te he preguntado dónde está.

—Y yo te he respondido lo que considero necesario que sepas.

Gabriel se levantó de la silla.

—No puedes ocultármela.

—No es una niña desaparecida. Es una mujer adulta que decidió no dormir en su casa después de descubrir que su marido le había mentido durante años.

—No vuelvas a hablar de nuestro matrimonio como si conocieras todos los detalles.

Renata soltó una risa sin humor.

—Tienes razón. No conozco todos los detalles. Por ejemplo, todavía intento comprender cómo pudiste verla sufrir durante tanto tiempo por su supuesta infertilidad mientras tú sabías que los estudios no eran concluyentes.

Gabriel guardó silencio.

—¿Quieres saber dónde está? —continuó Renata—. Pregúntaselo a ella cuando decida hablar contigo.

—Renata…

—No. Escúchame tú ahora. Isabella está tratando de recuperar una parte de su vida que tú decidiste administrar en su nombre. No voy a entregarte su ubicación para que puedas presentarte allí y convencerla de que vuelva antes de que tenga tiempo de pensar.

—No pretendo hacerle daño.

—Tal vez no. Pero eso no significa que sepas respetar sus decisiones.

Renata colgó.

Gabriel permaneció mirando el teléfono.

La ira le subió por el pecho, pero debajo de ella había algo más desagradable: miedo.

Si Isabella comenzaba a hablar con abogados, si pedía sus documentos médicos, si revisaba las cuentas y las propiedades, la separación podía convertirse en algo mucho más complicado de lo que él había imaginado.

Y si además descubría hasta qué punto la había mantenido al margen de sus asuntos financieros, las consecuencias podían ser importantes.

Se acercó a la ventana.

No iba a permitir que una discusión destruyera años de matrimonio.

Eso se repitió varias veces mientras se vestía para salir.

Sin embargo, una idea comenzó a abrirse paso en su mente.

Quizá no era el matrimonio lo que intentaba salvar.

Quizá era la vida cómoda que había construido alrededor de Isabella.

Y reconocerlo lo enfureció todavía más.

2. La primera decisión de Isabella

En el apartamento de Renata, Isabella desayunaba una tostada mientras revisaba los documentos que llevaría a su cita legal.

Había dormido poco, pero se sentía más tranquila que la noche anterior.

No porque sus problemas hubieran desaparecido, sino porque por fin estaba haciendo algo para enfrentarlos.

Renata apareció en la cocina con dos tazas de café.

—Tu marido acaba de llamarme.

Isabella dejó la tostada sobre el plato.

—¿Qué quería?

—Saber dónde estabas.

—¿Y qué le dijiste?

—Que estás bien. El resto no es asunto suyo hasta que tú decidas hablar con él.

Isabella cerró los ojos.

—No quiero que esto se convierta en una guerra.

—Entonces no conviertas tu deseo de paz en una obligación de ceder.

—Es que estoy cansada, Renata. No quiero pasar meses discutiendo por cada cosa. Quiero trabajar, quiero terminar mis cuadros y quiero poder pensar en mi futuro sin sentir que debo justificarme.

Renata se sentó frente a ella.

—Puedes querer una separación tranquila y, al mismo tiempo, proteger tus derechos. Una cosa no excluye la otra.

Isabella tomó la taza entre las manos.

—¿Y si él se niega a firmar?

—La abogada te explicará las opciones. No necesitas resolver todos los escenarios antes de dar el primer paso.

Isabella asintió.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

El nombre de Gabriel apareció en la pantalla.

Esta vez, en lugar de rechazar la llamada, Isabella dejó que terminara. Después recibió un mensaje.

Gabriel: Necesitamos hablar. No puedes desaparecer de esta manera.

Isabella lo leyó con una mezcla de tristeza y cansancio.

Respondió cuidadosamente.

Isabella: Estoy bien. Necesito espacio. Hoy tengo una consulta legal y no voy a discutir nuestra situación por teléfono. Cuando esté preparada, hablaremos de los siguientes pasos.




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