El precio de un heredero

Capítulo 16. La traición tiene el rostro de un amigo

1. Una cena que no salvó nada

Adrián apenas había probado el café cuando comprendió que la conversación de la noche anterior no había servido para acercarlo a Victoria.

Ella estaba sentada frente a él, revisando unos mensajes en su teléfono, con el mismo vestido elegante que había elegido para la cena. Parecía tranquila, pero él había aprendido a reconocer ciertos detalles: la manera en que apretaba los labios, la rapidez con la que cambiaba de tema y aquella costumbre de sonreír justo cuando una pregunta la incomodaba.

—¿Dormiste bien? —preguntó Adrián.

Victoria levantó la mirada.

—Más o menos. ¿Tú?

—Tampoco demasiado.

Ella dejó el teléfono sobre la mesa.

—Adrián, no quiero que sigamos así.

Él suspiró.

—Yo tampoco.

—Entonces tenemos que hacer un esfuerzo. Podemos viajar, pasar más tiempo juntos, dejar de hablar de problemas durante unos días.

Adrián la observó con tristeza.

—¿Y cuando regresemos?

Victoria guardó silencio.

—¿Qué pasará cuando volvamos a casa y yo quiera hablar de tener una familia? ¿Qué pasará cuando vuelva a preguntarte si realmente deseas tener hijos conmigo?

—No lo sé.

—Ese es precisamente el problema. Llevamos años casados y todavía no sabemos si queremos el mismo futuro.

Victoria sintió que la paciencia comenzaba a abandonarla.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que te prometa un embarazo para que dejes de estar preocupado?

—No. Quiero que me digas la verdad.

—¡Te he dicho la verdad!

Adrián dejó la taza sobre el plato.

—Ayer te pregunté si había algo importante que no me hubieras contado y me dijiste que no. Quiero creer en tu palabra, Victoria, pero últimamente siento que cada conversación termina dejándonos más lejos.

Ella apartó la mirada.

La ironía de la situación era insoportable.

Adrián le pedía honestidad mientras ella ocultaba una relación con su mejor amigo. Y, aun así, una parte de ella se sentía injustamente interrogada.

—No puedo resolver todos tus temores —dijo finalmente.

—No te estoy pidiendo que resuelvas mis temores. Te estoy pidiendo que participes en las decisiones que afectan nuestra vida.

Victoria se levantó.

—Tengo una cita esta mañana. No quiero discutir antes de salir.

Adrián no intentó detenerla.

—Está bien.

Aquella respuesta la desconcertó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperas que diga?

Victoria abrió la boca, pero no encontró una respuesta.

Quería que él insistiera. Que le pidiera quedarse. Que le demostrara que todavía estaba dispuesto a luchar por ella.

Pero Adrián simplemente recogió el periódico que había dejado sobre la mesa.

Victoria se marchó con una sensación de vacío que no podía atribuir únicamente a la discusión.

Por primera vez, su marido no parecía estar esperando que ella cambiara de opinión.

Parecía estar preparándose para aceptar que quizá nunca lo haría.

2. Una reunión de negocios y una ausencia sospechosa

A media mañana, Adrián llegó a la empresa con la intención de concentrarse en el trabajo.

Tenía una reunión con varios directivos y debía revisar una propuesta de expansión que llevaba semanas retrasada. Sin embargo, su atención regresaba una y otra vez a la conversación con Victoria.

No quería convertirse en un hombre resentido.

Tampoco quería seguir viviendo de promesas.

Su deseo de tener un hijo no era una obsesión pasajera. Representaba la posibilidad de construir una familia, de compartir con alguien una parte de sí mismo que no podía ofrecerle a ninguna empresa ni comprar con ninguna fortuna.

Y cada vez que hablaba del tema con Victoria, terminaba sintiéndose culpable por desearlo.

Su secretaria interrumpió sus pensamientos.

—Señor Valmont, el señor Sebastián ha llamado. Dice que necesita hablar con usted.

Adrián levantó la mirada.

—¿Dijo de qué se trata?

—No. Solo pidió que le devolviera la llamada cuanto antes.

Adrián consultó su agenda.

—Tengo una reunión dentro de diez minutos. Dígale que puedo verlo al mediodía.

La secretaria asintió y salió.

Adrián se quedó mirando el teléfono.

Sebastián había sido su amigo desde mucho antes de que ambos ocuparan posiciones importantes en el mundo empresarial. Habían compartido viajes, proyectos, celebraciones y momentos en los que la vida no parecía exigirles nada más que disfrutarla.

Por eso le preocupaba su comportamiento reciente.

Sebastián estaba distraído, evitaba algunas conversaciones y parecía reaccionar de manera extraña cuando Adrián mencionaba a Victoria.

Quizá tenía problemas personales.

Quizá estaba atravesando una crisis que no quería compartir.

Adrián decidió no sacar conclusiones precipitadas.

No todavía.

A las doce y cuarto, Sebastián llegó a la oficina.

Entró sin llamar, como había hecho cientos de veces.

—¿Interrumpo algo?

Adrián cerró la carpeta que estaba revisando.

—Solo mi intento de recordar por qué acepté dirigir una empresa que necesita tantas reuniones.

Sebastián sonrió, aunque su expresión no alcanzó a parecer natural.

—Siempre puedes renunciar y dedicarte a viajar.

—Victoria estaría encantada con esa propuesta.

El nombre de su esposa provocó un cambio casi imperceptible en el rostro de Sebastián.

Adrián lo notó.

—¿Te ocurre algo?

—No. ¿Por qué?

—Pareces incómodo cada vez que menciono a Victoria.

Sebastián se sentó frente a él.

—Quizá porque últimamente solo hablamos de tus problemas matrimoniales.

Adrián aceptó la observación con un gesto.

—Puede ser. Pero tú siempre has sido una de las personas en las que confío.

Sebastián bajó la mirada.

La frase le produjo una sensación desagradable.

Adrián confiaba en él.

Confiaba tanto que nunca había considerado la posibilidad de que su mejor amigo pudiera estar acostándose con su esposa.




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