1. Una noche sin regreso
Adrián no durmió.
Permaneció en el despacho hasta que la luz de la mañana comenzó a filtrarse por las cortinas. Sobre el escritorio seguían las fotografías que había encontrado en la tarjeta de memoria, junto con una libreta donde había anotado las fechas de algunas de ellas.
Al principio, había intentado encontrar una explicación que le permitiera conservar algo de lo que creía saber sobre su matrimonio. Después de escuchar la confesión de Sebastián, había comprendido que ya no se trataba de sospechas.
Su esposa le había sido infiel.
Su mejor amigo había participado en aquella traición.
Y ambos habían tenido incontables oportunidades para decírselo.
Lo que más le dolía no era únicamente imaginar a Victoria con Sebastián. Era recordar las veces que había compartido con su amigo sus temores, sus discusiones matrimoniales y su deseo de tener un hijo.
Sebastián había escuchado cada palabra.
Había conocido su vulnerabilidad y, aun así, había regresado a su casa para sonreírle como si nada sucediera.
Adrián se pasó una mano por el rostro.
—Maldita sea… —murmuró.
No solía hablar solo, pero aquella mañana el silencio le resultaba insoportable.
Tomó el teléfono y estuvo a punto de llamar a Catalina. Sin embargo, se detuvo.
No quería que su hermana se enterara por él de una manera que pudiera obligarla a tomar partido antes de comprender lo sucedido. Aunque sabía que Catalina jamás defendería una infidelidad, tampoco quería convertirla en mensajera de una guerra familiar.
Guardó las fotografías en una carpeta segura y se levantó.
Tenía que hablar con Victoria.
No para escuchar otra promesa.
No para concederle una nueva oportunidad sin condiciones.
Necesitaba conocer la verdad completa.
Cuando llegó a la habitación, encontró a su esposa sentada al borde de la cama. Llevaba una bata de seda y tenía el cabello recogido. Frente a ella, sobre una pequeña mesa, había una taza de café que apenas había tocado.
Victoria levantó la cabeza al escucharlo entrar.
—¿Dónde estabas?
Adrián la miró.
—En el despacho.
—Te estuve esperando.
—¿Para qué?
La pregunta la desconcertó.
—Para hablar contigo.
—Entonces habla.
Victoria se puso de pie.
—No me gusta que me trates como si fuera una desconocida.
Adrián dejó escapar una respiración lenta.
—¿Una desconocida? Victoria, hay fotografías tuyas con Sebastián en una habitación de hotel. Hay imágenes de ustedes besándose. Y cuando te pregunté por la tarjeta de memoria, ni siquiera necesitaste ver su contenido para saber que tenías un problema.
Ella cerró los ojos.
—Puedo explicarlo.
—Ayer Sebastián estuvo aquí.
Victoria abrió los ojos de golpe.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Y qué te dijo?
Adrián soltó una risa amarga.
—Me confirmó lo que ya había visto. Casi un año, Victoria. Casi un año.
Ella se llevó una mano a la boca.
Por un instante, pareció que iba a llorar. Pero enseguida recuperó la compostura, como si todavía creyera que podía controlar la situación con la elección adecuada de palabras.
—No quería que te enteraras así.
Adrián la miró con incredulidad.
—¿Cómo querías que me enterara? ¿En nuestro aniversario? ¿Después de que te comprara una casa más grande? ¿Cuando finalmente aceptaras tener un hijo conmigo?
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
—Convertir todo en una acusación.
Adrián retrocedió un paso, sorprendido por la respuesta.
—¿Una acusación? ¿Qué nombre le darías tú?
Victoria guardó silencio.
—Dime algo —continuó él—. Cuando me decías que necesitabas tiempo para decidir si querías tener hijos, ¿ya estabas pensando en una vida con Sebastián?
—No.
—¿Nunca?
—¡No era tan sencillo!
—Entonces hazlo sencillo. Dime la verdad.
Victoria comenzó a caminar por la habitación.
—Sebastián y yo empezamos a vernos porque tú y yo estábamos distanciados.
Adrián la observó sin pestañear.
—¿Y eso te pareció una justificación?
—No. Solo estoy tratando de explicarte cómo ocurrió.
—¿Cómo ocurrió? ¿Te tropezaste y caíste en sus brazos durante once meses?
—¡Adrián!
—No. Quiero entenderlo. Quiero saber en qué momento decidiste que tus problemas conmigo te daban derecho a mentirme.
Victoria apretó los puños.
—Tú también cambiaste. Todo lo que querías era hablar de hijos, de familia, de planes para el futuro. Yo sentía que estaba perdiendo mi lugar en tu vida.
Adrián la miró con una tristeza que ella no esperaba.
—¿Tu lugar? Te ofrecí construir una familia contigo. Nunca te pedí que dejaras de ser tú. Te pedí que me dijeras si querías lo mismo.
—Yo no estaba preparada.
—Y tenías derecho a no estarlo.
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Entonces por qué me reclamas tanto?
—Porque podías decirme que no querías tener hijos. Podías decirme que ya no estabas enamorada de mí. Podías pedirme el divorcio. Lo que no podías hacer era mantenerme a tu lado mientras te acostabas con mi mejor amigo.
Victoria sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—Yo sí te he querido.
Adrián bajó la mirada durante un instante.
Aquellas palabras habrían significado mucho para él un año atrás.
Ahora no sabía qué valor podían tener.
—Quizá —respondió—. Pero querer a alguien no significa que puedas hacerle cualquier cosa y esperar que siga confiando en ti.
Victoria se acercó.
—No quiero perderte.
Adrián se apartó antes de que ella pudiera tocarlo.
El movimiento fue pequeño, pero a Victoria le dolió más que un grito.
—No sé qué quiero todavía —dijo él—. Pero sí sé que no puedo seguir viviendo como si nada hubiera pasado.
—¿Vas a echarme de tu casa?
—No voy a tomar decisiones precipitadas. Hablaremos de cómo proceder, con calma y de manera ordenada. Pero no me pidas que finja que seguimos siendo el mismo matrimonio.
Editado: 02.11.2026