El precio de un heredero

Capítulo 18. Una invitación, demasiadas verdades

1. El precio de una decisión

La mañana siguiente a la confesión de Sebastián, Adrián llegó a la empresa decidido a comportarse como si todavía tuviera el control de su vida.

Había dormido poco, apenas había probado el desayuno y llevaba toda la mañana rechazando llamadas que no consideraba necesarias. Sin embargo, no podía permitirse abandonar sus responsabilidades. La empresa seguía funcionando, los directivos continuaban esperando decisiones y su padre no tardaría en enterarse de que algo había cambiado.

Precisamente por eso, cuando su secretaria anunció que su padre estaba en camino a su despacho, Adrián supo que el día acababa de complicarse.

—¿Dijo qué necesita? —preguntó sin levantar la mirada de los documentos.

—Únicamente indicó que desea hablar con usted en privado.

—Entonces supongo que no viene a preguntarme por mi fin de semana.

La secretaria sonrió discretamente.

—¿Desea que le ofrezca café?

—Sí. Y, si es posible, algo más fuerte que el café.

—¿Un whisky, señor?

Adrián levantó la mirada.

—Era una broma.

—Por supuesto, señor.

La mujer salió con una expresión tan seria que Adrián sospechó que estaba considerando seriamente la posibilidad de llevarle un whisky.

Unos minutos después, su padre entró en el despacho.

—Tienes mala cara.

—Buenos días para ti también.

Su padre ignoró el comentario y tomó asiento.

—Tu madre me ha dicho que has tenido problemas con Victoria.

Adrián dejó la pluma sobre el escritorio.

—No sabía que mamá estuviera autorizada a informar sobre mi vida matrimonial.

—No lo está. Pero es tu madre, y te conoce lo suficiente para darse cuenta de que algo ocurre.

Adrián guardó silencio.

No estaba preparado para contarle a su padre lo sucedido. No porque sintiera vergüenza de haber sido engañado, sino porque todavía necesitaba asimilar la magnitud de la traición.

—Victoria y yo estamos pasando por una situación complicada —respondió.

Su padre lo estudió detenidamente.

—¿Complicada o definitiva?

Adrián sintió que la pregunta le resultaba insoportable.

—Todavía no lo sé.

—Entonces procura averiguarlo pronto. No puedes permitir que tus problemas personales afecten tus responsabilidades.

Adrián endureció la expresión.

—Mis responsabilidades están cubiertas.

—Eso espero. La junta directiva quiere discutir tu posición respecto al proyecto de expansión. Algunos miembros consideran que estás demasiado distraído.

Adrián soltó una risa sin humor.

—Qué conveniente. Mi matrimonio se desmorona y la junta decide que es una buena oportunidad para cuestionar mi capacidad profesional.

—No conviertas esto en una batalla personal.

—No lo hago. Pero tampoco voy a permitir que alguien utilice mis problemas privados para poner en duda años de trabajo.

Su padre lo observó con una mezcla de preocupación y desaprobación.

—Siempre has querido demostrar que puedes hacerlo todo sin ayuda.

—Porque me enseñaste que debía hacerlo.

El comentario cayó entre ambos con más fuerza de la que Adrián había previsto.

Su padre permaneció callado unos segundos.

—Quizá tengas razón.

Adrián se sorprendió.

No era habitual que su padre reconociera sus propios errores.

—Lo que intento decirte —continuó el hombre— es que no tienes que tomar todas las decisiones hoy. Pero sí debes proteger aquello que has construido.

Adrián pensó en las fotografías.

En Sebastián.

En Victoria.

En los años que había invertido en un matrimonio que, al menos para él, había significado mucho más que una alianza social.

—Eso estoy intentando hacer.

Su padre se levantó.

—Entonces empieza por no permitir que la rabia decida por ti.

Cuando se quedó solo, Adrián comprendió que aquella recomendación era más difícil de seguir de lo que parecía.

Porque la rabia no era lo único que sentía.

También había decepción, tristeza y una sensación de vacío que no sabía cómo llenar.

Y, en medio de todo aquello, estaba Isabella.

No quería pensar en ella como una salida.

Pero tampoco podía negar que, cuando la recordaba, su vida parecía un poco menos oscura.

Precisamente por eso debía mantener la distancia suficiente para no confundir la necesidad de consuelo con algo más profundo.

2. La propuesta de Leonor

En la mansión Valmont, Isabella estaba revisando las dimensiones del salón principal cuando Leonor apareció acompañada de Arthur.

—Espero que no te hayamos interrumpido —dijo Leonor.

Isabella cerró su libreta.

—En absoluto. Estaba terminando de tomar algunas medidas.

Arthur miró la cinta métrica que colgaba del hombro de la artista.

—La señorita Catalina ha intentado utilizarla para medirse la cintura.

Isabella parpadeó.

—¿Para qué?

—Según ella, para determinar si su retrato debe incluir una figura más estilizada.

Leonor suspiró.

—Le he explicado que un retrato no es un catálogo de modas.

—Y yo le he explicado —añadió Arthur— que, si insiste en modificar sus proporciones, el señor Adrián podría encargar un retrato suyo a un arquitecto.

Isabella soltó una carcajada.

—Pobre Catalina.

—No se preocupe, señorita. Catalina siempre sobrevive a sus propias ideas.

Leonor sonrió y le indicó a Isabella que se sentara con ella.

—Quería hablar contigo sobre el encargo.

La artista sacó su carpeta.

—He preparado el presupuesto definitivo. Incluye los materiales, las horas de trabajo y los plazos de entrega. También he separado los honorarios por cada pieza para que podamos modificar el proyecto sin afectar el resto.

Leonor revisó los documentos con atención.

—Está muy bien organizado.

—Quiero que las condiciones sean claras para ambas partes.

—Y haces bien. No quiero que sientas que estás aquí porque te estamos haciendo un favor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.