1. El vestido que no necesitaba aprobación
Isabella llevaba casi veinte minutos frente al espejo cuando Renata decidió intervenir.
—Voy a hacerte una pregunta y necesito que me respondas con absoluta sinceridad.
Isabella, que intentaba cerrar la cremallera de su vestido, suspiró.
—Eso suena peligroso.
—¿Te estás arreglando para asistir a una exposición de arte o para conseguir que cierto empresario olvide hasta su propio apellido?
Isabella se volvió tan bruscamente que estuvo a punto de golpearse con el tocador.
—¡Renata!
Su amiga levantó las manos, fingiendo inocencia.
—¿Qué? Solo pregunto.
—Voy a una recepción profesional. Me han invitado porque mis pinturas estarán expuestas. No tiene nada que ver con Adrián.
—Por supuesto.
—Lo digo en serio.
—Y yo te creo.
Isabella entrecerró los ojos.
—No me crees absolutamente nada.
Renata sonrió.
—Te creo cuando dices que no vas a la gala por él. Lo que no te creo es que no te importe si él está allí.
Isabella volvió a mirar su reflejo.
Llevaba un vestido azul oscuro de líneas sencillas, elegante sin resultar ostentoso. Había elegido unos pendientes pequeños y llevaba el cabello recogido parcialmente, dejando algunos mechones sueltos alrededor del rostro.
No intentaba transformarse en otra persona.
Quería presentarse como la artista que era, una mujer que estaba reconstruyendo su vida y que no necesitaba esconderse detrás del apellido de nadie.
—Adrián está casado —dijo finalmente—. Y yo estoy terminando un matrimonio. No voy a involucrarme con un hombre que todavía no ha resuelto su situación.
Renata asintió.
—Eso me parece sensato.
Isabella la miró, sorprendida por la ausencia de bromas.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Puedo bromear con tus sentimientos, pero no voy a animarte a meterte en una situación que te haga daño.
Renata se acercó y acomodó un mechón de su cabello.
—Solo recuerda algo: no tienes que dejar de sentir para tomar una decisión correcta. Puedes reconocer que alguien te atrae y, al mismo tiempo, decidir que no es el momento de hacer nada al respecto.
Isabella bajó la mirada.
—Eso intento.
—Pues esta noche disfruta de tu trabajo, habla con los invitados y acepta los cumplidos sin pensar que tienes que justificar cada cosa buena que te ocurre.
Renata tomó su bolso.
—Y si alguien te pregunta por Gabriel, puedes responder que tu vida privada no está en subasta.
Isabella sonrió.
—¿Has estado ensayando esa frase?
—Toda la tarde. Tengo otras diez, pero algunas incluyen palabras que no puedo pronunciar en un evento benéfico.
Las dos se echaron a reír.
Cuando salieron del apartamento, Isabella se sentía nerviosa, pero también ilusionada.
Por primera vez en mucho tiempo, tenía algo que celebrar que no dependía de su matrimonio.
Y estaba decidida a no permitir que nadie le arrebatara aquella sensación.
2. El hombre que no quería asistir
En la mansión Valmont, Adrián se abotonaba los puños de la camisa mientras Catalina lo observaba desde la puerta.
—Tengo una duda.
—Qué sorpresa.
—¿Por qué has tardado cuarenta minutos en elegir un traje?
Adrián se miró en el espejo.
—No he tardado cuarenta minutos.
—Cuarenta y dos. He llevado la cuenta.
—¿No tienes nada mejor que hacer?
Catalina sonrió.
—Podría estar terminando mi lista de invitados para mi futura boda.
—No estás comprometida.
—Precisamente. Tengo mucho trabajo por delante.
Adrián tomó su reloj.
—¿Qué quieres, Catalina?
Su hermana entró en la habitación y se sentó en un sillón.
—Quiero saber si estás preparado para ver a Isabella esta noche.
Él se quedó quieto.
—Voy a asistir a una gala de la fundación. Isabella expondrá algunas pinturas y yo soy uno de los patrocinadores.
—Eso ya lo sé. También sé que has revisado tres veces el programa del evento.
Adrián se volvió hacia ella.
—¿Has estado revisando mis documentos?
—No. Estaban sobre la mesa de la biblioteca, abiertos en la página donde aparecía el nombre de Isabella. La discreción no es mi problema; la tuya sí.
Él soltó una risa breve.
—No voy a hacer nada inapropiado.
Catalina perdió parte de su expresión burlona.
—No te he preguntado eso.
Adrián se sentó frente a ella.
—No quiero utilizarla como una forma de escapar de lo que me está pasando con Victoria.
—Bien.
—Y tampoco quiero que Isabella crea que espero algo de ella.
—Mejor todavía.
Él la miró con cansancio.
—¿Podrías dejar de aprobar cada frase que digo?
—No. Es una de las pocas diversiones que me quedan.
Catalina se levantó y se acercó a su hermano.
—Adrián, no tienes que resolver tus sentimientos esta noche. Pero tampoco tienes que tratar a Isabella como si fuera responsable de lo que hizo Victoria.
—Lo sé.
—Entonces ve a la gala, felicítala por su trabajo y compórtate como un adulto.
Él arqueó una ceja.
—¿Tienes alguna otra recomendación?
—Sí. No bebas demasiado.
—No pensaba hacerlo.
—Excelente. Porque, si terminas bailando sobre una mesa, quiero tener tiempo de grabarlo.
Adrián negó con la cabeza.
Pero cuando Catalina salió de la habitación, se quedó mirando su reflejo durante unos segundos más.
No estaba nervioso por la gala.
Se repetía que no tenía motivos para estarlo.
Sin embargo, llevaba varios días esperando volver a conversar con Isabella, y esa expectativa le producía una mezcla de ilusión y culpa que no sabía cómo manejar.
No quería apresurar nada.
Pero tampoco podía negar que, por primera vez desde que descubrió la infidelidad de Victoria, esperaba una noche que no estuviera dominada por la tristeza.
3. La exposición
Editado: 02.11.2026