El precio de un heredero

Capítulo 20. Las consecuencias de una noche inolvidable

La mañana después de la gala, Adrián Valmont descubrió que dormir ocho horas no servía absolutamente de nada cuando la mente había decidido convertirse en una sala de interrogatorios.

A las seis y media ya estaba despierto. A las siete había tomado dos cafés. A las siete y cuarto había revisado tres veces el informe financiero que tenía delante sin recordar una sola cifra.

Y a las siete y veinte seguía pensando en Isabella Montenegro.

En su vestido, en su sonrisa contenida, en la forma en que había hablado de la libertad como si no fuera un concepto abstracto, sino una batalla que estaba librando cada día. También recordaba al hombre con el que ella había bailado.

Especialmente al hombre con el que ella había bailado.

Adrián cerró el expediente con más fuerza de la necesaria.

—Si continúa maltratando esos documentos, señor, tendremos que incluirlos en el presupuesto de reposición —comentó Arthur desde la puerta.

Adrián levantó la mirada.

—¿Desde cuándo entras sin tocar?

—Desde que usted lleva veinte minutos mirando la misma hoja y parece dispuesto a declararle la guerra.

—Estoy trabajando.

Arthur observó el expediente cerrado.

—Por supuesto. Con una técnica muy innovadora: cerrar los documentos antes de leerlos.

Adrián se frotó el rostro.

—¿Qué quieres?

—La señora Leonor solicita que baje a desayunar. La señorita Catalina ha anunciado que, si usted no aparece en los próximos cinco minutos, subirá personalmente a buscarlo.

Adrián hizo una mueca.

—Eso es una amenaza.

—En esta casa, señor, las amenazas de la señorita Catalina son consideradas acontecimientos previsibles.

Arthur se retiró con la serenidad de quien había cumplido una obligación profesional. Adrián volvió a mirar su teléfono.

No había mensajes nuevos de Isabella.

No tenía por qué haberlos.

La noche anterior, él le había escrito para saber si había llegado bien a casa. Ella había respondido amablemente, agradeciéndole sus palabras sobre la exposición. Nada más.

Una conversación breve, prudente, impecable.

Y, sin embargo, Adrián había leído aquella respuesta tantas veces que comenzaba a sospechar que necesitaba vacaciones o una intervención médica.

Guardó el teléfono y se puso de pie.

Tenía asuntos más importantes que resolver.

Su matrimonio, por ejemplo.

Su empresa.

Y la difícil tarea de aceptar que la mujer a la que había amado durante años se había convertido en una desconocida.

Victoria tampoco había dormido bien.

La diferencia era que, mientras Adrián había pasado la noche preguntándose por qué no podía dejar de pensar en Isabella, Victoria había pasado la suya intentando decidir cómo recuperar el control de su propia vida.

Se encontraba frente al espejo de su vestidor, con una taza de café olvidada sobre la cómoda y el teléfono en la mano.

Había recibido dos mensajes de Sebastián.

El primero preguntaba si podían hablar.

El segundo decía que necesitaba una respuesta.

Victoria había ignorado ambos.

No porque no le importara Sebastián. Le importaba, aunque cada vez le resultaba más difícil distinguir cuánto había de amor y cuánto de costumbre en aquella relación.

Durante casi un año había disfrutado de los encuentros secretos, de las promesas susurradas y de la sensación de estar viviendo algo prohibido. Sebastián le había ofrecido una emoción que su matrimonio había perdido hacía tiempo.

Pero nunca había tenido que elegir.

Hasta ahora.

—¿Y si Adrián se divorcia de mí? —murmuró ante su reflejo.

La pregunta le provocó una punzada de miedo.

No solo perdería el apellido Valmont. También perdería una posición social que había defendido con uñas y dientes, una vida de privilegios y la seguridad de saber que siempre habría alguien dispuesto a resolver sus problemas.

Recordó la mirada de Adrián en la gala.

No había sido una mirada de rabia.

La rabia habría significado que todavía esperaba algo de ella.

Lo que había visto era una distancia helada, casi definitiva.

Y después había visto cómo miraba a Isabella.

Victoria apretó el teléfono.

—No voy a permitir que esa mujer ocupe mi lugar.

La frase sonó convincente, pero incluso ella percibió la mentira escondida en sus palabras.

Porque quizá Isabella no estaba intentando ocupar ningún lugar.

Quizá Adrián simplemente estaba empezando a imaginar una vida en la que Victoria ya no tuviera cabida.

El desayuno en la residencia Valmont transcurrió bajo una tensión que ni siquiera la exquisita vajilla conseguía disimular.

Leonor estaba sentada a la cabecera de la mesa, revisando algunas notas sobre la exposición. Catalina untaba mermelada en una tostada con una concentración casi científica.

Adrián apareció con expresión cansada.

—Buenos días —saludó.

—Buenos días, querido —respondió Leonor—. ¿Dormiste bien?

—Perfectamente.

Catalina levantó la vista.

—Qué curioso. Tienes cara de haber pasado la noche negociando con tus demonios y de haber perdido por goleada.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—Sí. Pero molestarte es mucho más entretenido.

Leonor ocultó una sonrisa detrás de su taza.

—Adrián, quería hablar contigo sobre Isabella. Su exposición fue un éxito. Dos personas preguntaron por sus obras y una galerista quiere reunirse con ella.

—Me alegra —contestó él, intentando sonar indiferente.

Catalina dejó la tostada sobre el plato.

—¿Eso es todo? ¿Ni una pregunta sobre cómo estaba, si había llegado bien o si el caballero del baile consiguió su número?

Adrián la miró fijamente.

—¿Podrías desayunar en silencio?

—Podría. Pero entonces tendríamos que conversar sobre tus problemas matrimoniales, y creo que eso arruinaría el apetito de todos.

—Catalina —advirtió Leonor.

—Está bien, mamá. Me comportaré.




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