El precio de un heredero

Capítulo 21. Una copa de más y una verdad pendiente

La cena de la fundación prometía ser una velada tranquila.

Eso fue lo que pensó Isabella cuando se probó por tercera vez el vestido azul oscuro que Renata había elegido para ella. Era elegante sin resultar ostentoso, y el escote discreto dejaba al descubierto sus hombros. Se había recogido parte del cabello y llevaba unos pendientes pequeños que su madre le había regalado años atrás.

Se miró en el espejo.

—No parezco otra persona —comentó.

Renata, sentada sobre la cama, levantó la mirada de su teléfono.

—Por supuesto que no. Pareces tú, pero con ropa que no ha sobrevivido a tres mudanzas y un matrimonio desastroso.

—Mi ropa no tiene la culpa de mi matrimonio.

—No, pero algunas prendas merecían jubilarse antes que tú.

Isabella le lanzó una almohada.

Renata la esquivó con una carcajada.

—¡No arrugues el vestido! ¡Todavía tenemos que tomarte fotografías!

—No necesito fotografías.

—Claro que sí. Cuando seas una artista famosa, necesitaremos pruebas de que alguna vez te vestiste sin que una galerista te lo exigiera.

Isabella negó con la cabeza, sonriendo.

Sin embargo, al tomar su bolso, la sonrisa se desvaneció un poco.

—¿Y si me encuentro con Gabriel?

Renata dejó el teléfono a un lado.

—Entonces mantienes la conversación breve. Si intenta hablar de la separación, le dices que se comunique con Mariana. No estás obligada a resolver nada esta noche.

—¿Y si Adrián está allí?

Renata arqueó las cejas.

—En ese caso, procuras no mirar hacia la puerta cada treinta segundos para comprobar si ha llegado.

—No hago eso.

—Lo hiciste durante toda la gala.

—Estaba observando la distribución de los invitados.

—Naturalmente. Y yo soy la reina de Inglaterra.

Isabella soltó una risa, aunque sus mejillas se sonrojaron.

Renata se acercó y le acomodó un mechón de cabello.

—Escúchame. Vas porque tienes una oportunidad profesional. Si ves a Adrián, habla con él. Si te hace sentir incómoda, te marchas. Y si descubres que te gusta más de lo que quisieras admitir, tampoco se acaba el mundo.

—No quiero ser la mujer que se involucra con un hombre casado.

—Entonces no lo seas. Tener sentimientos no te obliga a actuar conforme a ellos.

Isabella asintió.

Esa era la diferencia que estaba intentando aprender: podía sentir algo por Adrián sin convertirlo inmediatamente en una decisión.

Por primera vez en años, quería que su vida avanzara a su propio ritmo.

En la residencia Valmont, Adrián tenía un problema de naturaleza completamente distinta.

Catalina había decidido supervisar su vestuario.

—Ese traje no —dictaminó desde la puerta de su habitación.

Adrián, que estaba abrochándose los gemelos de una camisa blanca, la miró con incredulidad.

—¿Qué tiene de malo?

—Nada. Ese es precisamente el problema. No tiene nada de interesante.

—Voy a una cena benéfica, no a una competencia de modelos.

—Y, sin embargo, te comportas como si tu objetivo fuera desaparecer detrás de una cortina.

Catalina entró sin pedir permiso, abrió el armario y sacó otro traje.

—Este.

—Es negro.

—Excelente observación. El próximo paso será que descubras que el agua moja.

—Catalina…

—Adrián, si tienes intención de pasar el resto de tu vida con cara de funeral, al menos procura vestirte apropiadamente.

Él le quitó el traje de las manos.

—No estoy intentando impresionar a nadie.

Catalina sonrió lentamente.

—No he dicho que lo estés haciendo.

Adrián se quedó mirándola.

—Eres insoportable.

—Y tú repites mucho esa frase. Empiezo a pensar que es tu manera de expresar cariño.

Desde el pasillo, Arthur intervino con absoluta serenidad:

—Si ese fuera el caso, señorita, el señor Adrián la adoraría.

Catalina se volvió.

—Arthur, ¿desde cuándo escuchas conversaciones privadas?

—Desde que se celebran a gritos junto a una puerta abierta.

—Te voy a despedir.

—Necesitaría autorización de la señora Leonor.

—¡Mamá no tiene que enterarse de todo!

Arthur inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces procuraré no informarla de que ha intentado despedirme por cuarta vez esta semana.

Catalina abrió la boca, pero no encontró una respuesta.

Adrián aprovechó para ponerse el traje negro.

—Gracias por la recomendación.

—No me agradezcas nada —replicó ella—. Lo he hecho por Isabella.

La sonrisa de Adrián desapareció.

—Catalina.

—¿Qué? Solo digo que sería una lástima que no pudiera apreciar tus mejores atributos por culpa de un traje aburrido.

Arthur carraspeó.

—Si me permiten una observación, señor, la mejor estrategia sería que ambos dejaran de hablar de la señorita Montenegro como si no existiera la posibilidad de que ella tenga preferencias propias.

Catalina lo miró, sorprendida.

Adrián guardó silencio unos segundos.

Después asintió.

—Tienes razón.

Arthur pareció satisfecho.

—Anotaré la fecha. No sucede todos los días.

La cena se celebró en un hotel del centro, en uno de los salones privados que la fundación utilizaba para sus eventos más importantes.

Había música suave, mesas iluminadas con velas y una exposición de pequeñas obras donadas para recaudar fondos. Los invitados conversaban en grupos, intercambiando tarjetas de presentación y felicitaciones cuidadosamente calculadas.

Isabella llegó acompañada por la galerista que la había invitado.

Durante los primeros veinte minutos, todo transcurrió como ella había esperado. Conoció a un coleccionista interesado en sus retratos y conversó con una directora de galería sobre una posible exposición colectiva.

Por primera vez, nadie le preguntó por su marido.

Nadie la presentó como la esposa de Gabriel Montenegro.

Nadie le explicó qué debía decir ni qué debía vestir.




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