Notas de un Escenario Roto Capítulo 1: El eco tras las luces
El ensordecedor retumbo de los amplificadores y el grito de miles de almas todavía vibraban en el aire, filtrándose como un zumbido sordo a través de los gruesos muros del estadio. Pero para Axel Vance, el verdadero peso del mundo no estaba afuera, sino en la quietud absoluta del camerino.
Se dejó caer en el sillón de cuero desgastado, con la respiración aún agitada por la descarga de adrenalina del último tema. Se quitó la chaqueta de cuero, pesada por los kilómetros de giras, las luces cegadoras y los excesos que la industria musical exigía como peaje de entrada. En la penumbra del cuarto iluminado solo por la tenue luz de una lámpara de pie, los tatuajes de sus brazos parecían cobrar vida, contando una historia de supervivencia y dolor que pocas canciones lograban reflejar del todo.
Miró sus propias manos: con ellas componía melodías que hacían suspirar a estadios enteros, pero en la intimidad se sentían vacías, como si estuviera tocando para una sombra.
Fue entonces cuando el cerrojo de la puerta giró.
El sonido seco del pestillo rompió el silencio. Mikaela cruzó el umbral con la carpeta negra bajo el brazo y esa mirada analítica, indescifrable, que siempre lograba sacarlo de su propio caos. Para el resto del mundo, ella era la mánager fría y calculadora que mantenía a la estrella de rock a flote; para Axel, era la única ancla que le impedía perderse por completo en altamar.
—Tres minutos para la entrevista con la productora y luego el vuelo privado, Axel —su voz sonó firme, pero con ese matiz que solo ella reservaba para las bambalinas—. No me digas que todavía estás procesando el encore.
Axel levantó la vista, esbozando una sonrisa torcida, peligrosa y cansada a la vez. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—El concierto ya terminó, Mika... —murmuró, su voz ronca vibrando en la pequeña habitación—, pero siento que recién ahora empieza lo interesante. ¿Qué más dice la agenda para esta noche? ¿O me vas a dejar escapar un rato más?
Mikaela detuvo sus pasos frente a él, cruzando los brazos, conteniendo un suspiro que delataba que lidiar con él era tanto su mayor reto como su debilidad secreta.
El perfume a vainilla amarga y tabaco mentolado impregnaba el aire reducido del camerino, un recordatorio constante de la cercanía de Mikaela. Para Axel, esa mezcla era más embriagadora que cualquier aplauso de un estadio lleno.
Mikaela bajó la carpeta negra lentamente, sin apartar los ojos de él. Podía sostenerle la mirada a directores discográficos, promotores despiadados y periodistas filosos sin parpadear, pero con Axel las reglas del juego siempre parecían desdibujarse.
—No hay escapatoria esta noche, Axel —respondió ella, intentando mantener la compostura profesional mientras avanzaba un paso más hacia él—. El contrato dice que después del show hay cena con los inversores. No podés simplemente desaparecer... otra vez.
Axel soltó una risa baja, un sonido áspero que retumbó en su pecho. Se puso de pie con una lentitud deliberada, acortando la distancia entre ambos hasta obligarla a levantar la vista. Su presencia era imponente, una mezcla de peligro inminente y vulnerabilidad que solo ella conocía de cerca.
—¿Y si te digo que ya no me importa lo que diga el contrato? —murmuró él, con los ojos fijos en los labios de Mikaela, tan cerca que ella podía sentir el calor de su respiración—. ¿Qué harías, Mika? ¿Obligarme a cumplir las reglas, o romperlas conmigo?
El silencio en el camerino se volvió espeso, cargado de toda la tensión acumulada tras meses de giras, miradas robadas en los aeropuertos y palabras nunca dichas. Mikaela sintió que el aire le faltaba, atrapada entre el abismo de ceder a lo prohibido y la fría cordura que siempre la había definido.
—Estás jugando con fuego, Axel Vance —susurró ella apenas, con un temblor imperceptible en la voz que delataba que ya estaba muy cerca de quemarse.
—Entonces dejemos que todo arda —respondió él, antes de cerrar el último espacio que los separaba.
El calor de su aliento estaba a solo milímetros de fundirse en un beso que llevaban meses evitando, cuando un golpe seco y autoritario retumbó en la puerta del camerino.
¡Tac, tac, tac!
—¡Axel! ¡Diez minutos para la salida! La camioneta ya está en el estacionamiento trasero y los inversores están esperando en el restaurante —la voz al otro lado de la puerta pertenecía a Richard, el representante de la gira, cuyo tono no admitía demoras.
Mikaela dio un paso abrupto hacia atrás, con el rostro encendido, como si acabara de despertar de un sueño peligroso. Se alisó la solapa de la chaqueta con manos ligeramente temblorosas, recuperando con rapidez de infarto la máscara de profesionalismo que tan bien sabía llevar.
Axel cerró los ojos un instante, maldiciendo en voz baja mientras pasaba una mano por su cabello revuelto. La frustración y la chispa de desafío brillaban en su mirada.
—Parece que los multimillonarios tienen prioridad, mánager —dijo él con una sonrisa torcida, recuperando su aire canchero pero sin quitarle los ojos de encima—. Pero esto no ha terminado.
Mikaela carraspeó, intentando que su voz sonara firme mientras levantaba de nuevo la carpeta.
—A caminar, estrella de rock. Y acordate: ni una palabra fuera del guion esta noche —respondió, dándose media vuelta para abrir la puerta antes de perder el poco control que le quedaba.
Afuera, el bullicio del pasillo los devoró de inmediato. Las luces fluorescentes, los fotógrafos acechando en las esquinas y el ritmo frenético de la fama volvieron a envolverlos como una armadura. Pero mientras caminaban hacia la salida entre un mar de seguridad y asistentes, las miradas que se cruzaban a espaldas de todos dejaban en claro que el juego de las apariencias ya estaba roto