El precio del rock

Capítulo 2: Luces de neón y miradas cruzadas

Capítulo 2: Luces de neón y miradas cruzadas

​El restaurante era uno de esos lugares exclusivos donde el aire parecía más caro y la gente hablaba en susurros elegantes, rodeados de paredes de vidrio que mostraban la ciudad iluminada como un circuito de estrellas caídas.

​En el centro de la mesa principal, Axel Vance cumplía con su papel a la perfección. Tenía una copa de cristal oscuro entre los dedos y una sonrisa perfectamente ensayada para los peces gordos de la industria discográfica que celebraban el éxito rotundo del tour. Para el resto de los comensales, era el ícono inalcanzable, el rebelde al que todos querían comprar un pedazo de su éxito.

​Pero debajo de la mesa, el mundo era completamente distinto.

​Mikaela estaba sentada justo enfrente, manteniendo una conversación impecable sobre contratos y porcentajes de ventas con un directivo de la disquera. Sin embargo, su atención absoluta no estaba en las cifras, sino en la bota de cuero de Axel que, con total premeditación, había rozado suavemente su tobillo, subiendo despacio por su pantorrilla.

​Mikaela detuvo la frase a mitad de camino por una fracción de segundo. Su pulso dio un vuelco, pero la experiencia en estos juegos de alta sociedad le permitió mantener la compostura y seguir hablando como si nada ocurriera. Con el rostro completamente serio, estiró la pierna bajo la mesa y le devolvió el roce, apoyando el taco de su zapato firmemente sobre el empeine de Axel, deteniéndolo con una advertencia muda.

​Axel soltó una ligera risa, tan baja que solo el murmullo de la música de fondo la acompañó. Apartó un mechón de cabello oscuro de su frente y la miró fijamente a través de las copas de cristal, desafiándola con la intensidad de su mirada.

​—Disculpeme un segundo, caballeros —dijo Axel con voz ronca y magnética, levantándose de la silla con esa elegancia natural que hipnotizaba a cualquiera—. La noche ha sido larga y necesito aire fresco.

​Sin esperar la aprobación de los inversores, se giró hacia Mikaela y, con un gesto sutil pero imperativo de la cabeza, añadió—: Mánager, acompañeme afuera. Necesito revisar unos detalles del itinerario de mañana.

​El director ejecutivo de la disquera asintió con una sonrisa condescendiente, pensando que se trataba de negocios de última hora. Mikaela respiró hondo, cerró su libreta con un movimiento seco y se puso de pie, sabiendo perfectamente que estaba caminando directo a la boca del lobo.

El aire helado de la noche se esfumó en un segundo, sofocado por el calor furioso del beso. El agarre de Axel en su cintura era firme, posesivo, como si temiera que si la soltaba, todo volvería a convertirse en un espejismo de planillas y comunicados de prensa. Mikaela sintió la pared de piedra a su espalda y el ritmo desbocado del corazón de él latiendo contra su pecho, derrumbando cada una de las barreras que con tanto esfuerzo había construido.

​Pero el destino y el mundo del espectáculo nunca dan tregua.

​El chirrido metálico del riel de la puerta corrediza cortó el silencio como un latigazo.

​—¿Axel? ¿Mikaela? La gente de la disquera se está impacientando para el brindis...

​Mikaela reaccionó por puro instinto de supervivencia. Apoyó las manos contra el pecho de Axel y lo empujó hacia atrás justo a tiempo, dando un paso al costado antes de que la silueta del asistente terminara de salir al balcón.

​La sombra de la duda flotó en el aire durante dos segundos eternos. Las luces tenues del interior iluminaron la escena: Mikaela parada junto al ventanal con las manos cruzadas a la altura de la cintura y la respiración contenida, y Axel a pocos metros, apoyado contra la baranda, mirando hacia los rascacielos con una mano en el bolsillo y la otra pasándose el pulgar por el labio inferior, donde todavía quedaba el rastro invisible de ella.

​—¿Pasa algo, Leo? —preguntó Axel sin darse vuelta, con la voz tan ronca y cargada que tuvo que fingir una tos seca para disimularlo.

​El asistente miró a uno y a otro, notando la tensión casi eléctrica que vibraba en el espacio, pero prefirió no hacer preguntas.

​—El presidente del sello quiere cerrar el contrato de la gira europea antes de medianoche. Los esperan adentro.

​—Ya vamos —respondió Mikaela con una frialdad impecable, ajustándose el saco como si nada hubiera pasado, aunque sus mejillas ardían en la oscuridad.

​El asistente asintió y volvió a entrar, dejando la puerta entornada.

​Cuando quedaron solos de nuevo, Axel se giró despacio. Tenía los ojos encendidos, una mezcla de frustración salvaje y una chispa de diversión peligrosa.

​—Estuviste muy cerca de arruinar tu propia reputación, mánager —le murmuró él, acercándose solo un paso, lo suficiente para que ella sintiera el peligro acechando de nuevo.

​Mikaela lo miró a los ojos, esta vez sin agachar la cabeza ni buscar excusas profesionales. El beso lo había cambiado todo y los dos lo sabían.

​—Acomodate el cuello de la remera, Vance —le dijo con la voz firme, aunque sus ojos brillaban con un fuego nuevo—. Y entrá a firmar ese contrato. Mañana a primera hora nos vamos de esta ciudad... y más te vale estar listo para lo que viene.




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