El precio del rock

Capítulo 3: El juego de las sombras

Capítulo 3: El juego de las sombras

​El salón de eventos del restaurante parecía ahora un campo de minas. Bajo las arañas de cristal y la música suave, el presidente de la discográfica, un hombre mayor con traje a medida y sonrisa de hiena, aguardaba con dos copas de champán en la mano.

​—¡Ahí están! Los héroes de la noche —exclamó el directivo, ofreciéndole una copa a Axel—. Axel, estuviste sublime hoy. Ese solo de guitarra al final del show nos hizo ganar un par de millones extra en contratos de patrocinio.

​Axel tomó la copa sin mucho entusiasmo, manteniendo la compostura.

​—Solo hago mi trabajo, Marcus —respondió él, dándole un sorbo distraído mientras su mirada, inevitablemente, buscaba a Mikaela.

​Mikaela ya estaba parada a un costado con la tablet corporativa abierta, revisando los términos del contrato de la gira europea como si hace tres minutos no hubiese estado acorralada contra la pared del balcón. Pero su cuerpo no mentía: sus nudillos estaban ligeramente blancos de tanto apretar la pantalla.

​Marcus extendió la pluma de estilográfica dorada hacia Axel.

​—Firmamos aquí, cerramos las fechas de Londres, París y Berlín, y nos aseguramos de que esta joya siga produciendo dinero los próximos dos años. ¿Qué opinas, Mikaela? ¿La agenda está en orden?

​Mikaela levantó la vista. Sus ojos se cruzaron con los de Axel justo cuando él se llevaba la copa a los labios, mirándola fijamente por encima del cristal. Un desafío mudo flotaba entre los dos.

​—La agenda está impecable, Marcus —dijo ella con voz profesional y tersa—. Pero Axel necesita firmar la cláusula de descanso entre fechas. No voy a permitir que se agote a mitad de la gira.

​—Siempre tan protectora, Mikaela —rio Marcus, dándole un palmadita en el hombro a Axel—. Tenés suerte de tener una mánager que cuide tanto de vos... y que no te deje perder la cabeza.

​En ese preciso instante, el teléfono de Mikaela vibró en su mano. Una notificación silenciosa en la pantalla:

​Axel Vance [00:42 AM]:

Si supiera que la única que me hace perder la cabeza sos vos, nos cancela el contrato ahora mismo.

​Mikaela sintió una ráfaga de calor subirle por el cuello. Levantó la mirada con sutileza y vio a Axel a un metro de distancia, apoyado en la mesa con la pluma en la mano, esbozando esa sonrisa torcida que era su marca registrada. Nadie más en la mesa lo notó; para el resto, Axel simplemente estaba concentrado antes de plasmar su firma.

​Ella tecleó rápido debajo de la tablet, sin bajar la guardia:

​Mikaela [00:43 AM]:

Firmá de una vez y dejá de jugar con fuego. Hay diez cámaras de fotógrafos en el salón.

​Axel leyó el mensaje en su reloj inteligente, firmó el documento con un trazo rápido y firme, y devolvió la pluma a Marcus.

​—Hecho —dijo Axel, aunque su atención ya no estaba en el contrato ni en la gira europea.

​Se acercó a Mikaela lo suficiente para que el roce de su hombro contra el de ella pareciera un descuido inocente ante los ojos de los ejecutivos.

​—El contrato está firmado, mánager —le susurró al oído, con un tono tan bajo que solo ella pudo oír entre el murmullo de las copas—. Ahora decime... ¿a qué hora sale nuestro vuelo privado mañana?

​Mikaela tragó saliva, sosteniéndole la mirada con toda la fuerza de voluntad que le quedaba.

​—A las seis de la mañana, Axel. Y esta vez no hay nadie más en ese avión.




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