Capítulo 4: A oscuras en la noche
El auto negro de vidrios polarizados avanzaba a paso lento entre las luces neón de la avenida principal. El chofer, aislado tras el cristal divisor opaco, conducía en absoluto silencio, ajeno al torbellino que se desataba en el asiento trasero.
Dentro del vehículo, la penumbra era casi total. Solo el destello intermitente de los faros de la ciudad iluminaba por segundos el rostro de Axel Vance.
Mikaela estaba sentada al otro lado, mirando fijamente por la ventanilla. Intentaba concentrarse en las luces que pasaban como ráfagas doradas, en el rugido distante del motor, en cualquier cosa que no fuera la presencia sofocante del hombre a su lado. Pero era imposible. El aire dentro del coche parecía haberse vuelto denso, cargado de todo lo que no se habían dicho en la fiesta.
Sin emitir un solo ruido, Axel se deslizó por el cuero del asiento, acortando la distancia entre los dos.
Mikaela no se movió, pero su respiración se volvió pausada, alerta. Sintió la tibieza de la mano de Axel apoyándose en su rodilla. Sus dedos largos, acostumbrados a acariciar cuerdas de guitarra, ascendieron despacio por la tela del vestido, un trazo lento y deliberado que le envió un escalofrío electrizante directo a la nuca.
—Dejá de mirar hacia afuera, Mika —la voz de Axel llegó como un murmullo rasposo, pegada a su oído, enviando un temblor por toda su piel—. La ciudad no te va a salvar de mí esta noche.
Mikaela giró la cabeza despacio, encarándolo en la penumbra. Sus ojos, acostumbrados a la escasa luz, buscaron los de él.
—Estamos en un auto del sello discográfico, Axel —susurró ella, intentando impregnar su voz de esa autoridad profesional que solía funcionarle, aunque el temblor en sus manos la delataba—. Si el chofer frena de golpe o baja la ventanilla...
—El panel está bloqueado desde mi lado —la interrumpió él, esbozando una sonrisa oscura en la sombra.
Con un movimiento rápido y posesivo, Axel rodeó la cintura de Mikaela y la atrajo hacia su regazo. Ella soltó un leve ahogo de sorpresa, pero sus manos terminaron buscando instintivamente los hombros de él para sostenerse. Quedaron frente a frente, tan cerca que sus alientos se mezclaban en el reducido espacio del coche.
—Llevamos dos años fingiendo que esto es solo trabajo —dijo Axel, con los ojos fijos en los labios de ella, mientras sus dedos se enredaban en su cabello, soltando el rodete impecable que solía llevar—. Dos años de miradas a escondidas, de rozarnos las manos en los pasillos, de morirme de celos cada vez que hablas con los ejecutivos. Se terminó el juego, Mikaela.
Mikaela sintió que el corazón le latía desbocado en el pecho. Las defensas que había construido durante años para proteger su carrera, su compostura y su reputación se desmoronaban pieza por pieza bajo el tacto de Axel.
—Si cruzamos esta línea... no hay vuelta atrás —advirtió ella en un susurro cargado de entrega.
—Espero que no la haya —respondió él.
Axel inclinó la cabeza y volvió a reclamar sus labios. Fue un beso profundo, lento al principio, saboreando la victoria de tenerla finalmente rindiéndose ante él, para luego volverse urgente, hambriento. Mikaela ahogó un gemido contra su boca, entrelazando los brazos alrededor de su cuello, abandonando cualquier intento de resistencia.
El vehículo dobló suavemente en la esquina del hotel, pero para ellos, el tiempo y el espacio simplemente habían dejado de existir.