Capítulo 5: La sombra de los pasillos
El auto frenó con suavidad sobre el pavimento húmedo del estacionamiento subterráneo del hotel. El motor se apagó, dejando tras de sí un silencio denso y pesado, solo interrumpido por el goteo lejano de un caño y el zumbido de los tubos fluorescentes del techo.
En el asiento trasero, Mikaela abrió los ojos lentamente. Tenía el cabello suelto, cayendo desordenado sobre sus hombros, y la respiración todavía agitada. Tardó un segundo en recordar dónde estaba; la realidad la golpeó como un balde de agua fría al ver la mampara del chofer que seguía herméticamente cerrada.
—Hemos llegado —murmuró Axel con voz ronca, sin apartar los dedos de la nuca de ella, disfrutando de verla sonrojada pero con esa chispa desafiante en los ojos—. Aunque creo que ninguno de los dos tiene ganas de dormir.
Mikaela se enderezó de inmediato, alisándose la ropa con manos temblorosas y volviéndose a sujetar el cabello en un intento desesperado por recuperar la compostura.
—Escuchame bien, estrella de rock —le advirtió, señalándolo con el dedo mientras intentaba mantener la voz firme—. En este estacionamiento hay cámaras de seguridad, dos guardias en la garita de la entrada y probablemente algún paparazi cazando notas a la medianoche. Si nos ven salir juntos de este auto así, mañana los titulares de los portales van a ser peores que cualquier contrato de la disquera.
Axel soltó una carcajada baja, un sonido cálido y divertido que retumbó en el pecho, mientras abría la puerta del vehículo.
—Que digan lo quequieran —respondió él con total desparpajo—. Pero si te hace feliz jugar a los espías, acepto las reglas del juego.
El chofer dio unos golpecitos secos en el vidrio divisor antes de abrir su propia puerta desde afuera, anunciando que habían llegado.
Mikaela salió del auto por el lado opuesto con una rapidez de infarto. Caminó hacia el ascensor privado manteniendo una distancia prudencial de tres pasos de Axel, fingiendo revisar intensamente la tablet en sus manos. Axel la seguía de cerca, con las manos en los bolsillos de la campera, una media sonrisa burlona pintada en los labios y la mirada clavada en ella, disfrutando cada segundo del numerito corporativo.
El trayecto en el ascensor privado hasta el último piso transcurrió en un silencio cargado de electricidad. En cuanto las puertas blindadas del piso penthouse se abrieron, marcando el final del trayecto, Axel no esperó a que ella introdujera la tarjeta magnética.
Antes de que Mikaela pudiera dar un paso hacia el recibidor, Axel la tomó con suavidad pero firmeza de la muñeca y la giró contra la pared revestida de madera oscura, bloqueándola con su cuerpo antes de que la puerta del ascensor terminara de cerrarse tras ellos.
—Juego terminado, mánager —susurró él contra sus labios, con una intensidad que hizo que Mikaela perdiera el aliento—. Ahora estás en mi terreno.