El precio del rock

Capítulo 6: Bajo las luces del penthouse

Capítulo 6: Bajo las luces del penthouse

​Las puertas del ascensor se cerraron a sus espaldas con un chasquido metálico, dejándolos envueltos en la quietud absoluta del penthouse. La enorme sala de estar, iluminada solo por la luz tenue que entraba por los ventanales de piso a techo, mostraba una vista panorámica impresionante de la ciudad dormida.

​Mikaela apoyó la espalda contra la madera del pasillo, sintiendo la firmeza del cuerpo de Axel frente al suyo. La tentación de ceder por completo estaba ahí, a solo un suspiro de distancia, pero su instinto de mánager —ese que la había salvado de tantos desastres en la industria— volvió a encenderse como una chispa.

​Apoyó una mano plana sobre el pecho de Axel, deteniéndolo a milímetros de su boca, y lo miró con una sonrisa cargada de ironía.

​—Pará un poco, Vance —dijo, intentando que su voz no sonara tan agitada como su corazón—. Ni siquiera abrimos la puerta de la suite y ya estás actuando como si el lugar fuera tuyo.

​Axel bajó la mirada hacia la mano de ella en su pecho. Podía sentir el temblor sutil de sus dedos a pesar de la firmeza con la que intentaba sostenerlo. Soltó un suspiro divertido, ladeando la cabeza con una chispa de picardía en los ojos.

​—Technically... la suite es mía, mánager. Está a mi nombre en la reserva —respondió con esa voz rasposa y confiada que enloquecía a los estadios, acercándose un centímetro más hasta que sus narices casi se rozaron—. Pero si querés que sigamos el protocolo, te dejo pasar primero.

​Mikaela aprovechó el pequeño espacio para zafarse de su agarre con elegancia, dando un paso hacia el centro de la sala. Caminó despacio sobre la alfombra mullida, quitándose los zapatos de taco alto con un alivio casi celestial, dejándolos caer al suelo sin importar la etiqueta.

​—Mucho mejor —murmuró, pasándose una mano por el cabello para terminar de soltar las ondas que aún le quedaban—. Ahora, estrella de rock, si queremos sobrevivir a la gira europea sin matarnos o terminar en la tapa de los diarios, tenemos que poner un par de reglas claras.

​Axel caminó detrás de ella como un depredador paciente. Se acercó al mueble bar, sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal y se apoyó contra la barra, mirándola por encima del borde antes de darle un trago.

​—¿Reglas? —repite él, alzando una ceja con una sonrisa burlona—. Mika, acabamos de besarnos en un auto en movimiento y casi nos descubren en el balcón del restaurante más caro de la ciudad. Las reglas las quemamos hace como tres horas.

​Mikaela cruzó los brazos, camuflando la aceleración de su pulso tras una postura desafiante. Se acercó despacio a la barra, quedando cara a cara con él.

​—Primera regla —dijo, quitándole el vaso de whisky de la mano con total naturalidad y dándole un pequeño sorbo—: Delante de la banda, de los asistentes y de la disquera, seguimos siendo la mánager e implacable y el Músico problemático. Ni una mirada fuera de lugar.

​Axel soltó una risa baja, inclinándose sobre la barra hasta quedar a la altura de sus ojos, tan cerca que Mikaela pudo sentir el aroma del roble y la vainilla de su aliento.

​—Trato hecho —susurró él, atrapando un mechón de pelo suelto de ella entre sus dedos y colocándolo detrás de su oreja con una lentitud desesperante—. ¿Y cuál es la segunda regla cuando la puerta se cierra y quedamos solos?

​Mikaela sintió que las piernas le temblaban, pero sostuvo su mirada de fuego sin pestañear.

​—Que no hay reglas —respondió en un murmullo.




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