El vaso de cristal quedó abandonado sobre la barra. Axel contempló a Mikaela durante un segundo que pareció eterno, asimilando sus palabras con una mezcla de sorpresa y devoción contenida. La máscara de la estrella de rock, esa coraza de indiferencia y arrogancia que usaba para defenderse del mundo exterior, terminó de desmoronarse por completo.
Sin decir una palabra, la tomó con delicadeza de la mano, entrelazando sus dedos con los de ella, y la guio hacia el enorme sillón de terciopelo oscuro que custodiaba el ventanal.
Se sentaron juntos frente al espectáculo silente de la noche. La ciudad se extendía abajo como un mapa de luces titilantes, ajena a la marea de emociones que llenaba el departamento.
Axel se acomodó de lado, apoyando un brazo en el respaldo del sillón, sin soltarle la mano a Mikaela. Sus pulgares trazaban círculos suaves sobre la piel de ella.
—Sabés... pasé los últimos dos años rodeado de miles de personas gritando mi nombre todos los fines de semana —comenzó a decir Axel, con la voz baja, casi en un susurro reservado para la madrugada—. Y aun así, nunca me sentí tan solo como cuando bajaba del escenario y vos no estabas cerca.
Mikaela giró la cabeza para mirarlo. En la penumbra, los ojos de Axel reflejaban las luces lejanas de la avenida, pero no había rastro del personaje público. Solo estaba el hombre cansado, el músico apasionado que solo ella conocía en la intimidad del estudio de grabación a las tres de la mañana.
—Tuve tanto miedo, Axel —confesó Mikaela, dejando caer por primera vez la guardia que tan celosamente mantenía—. Si esto sale mal, no solo arruinamos una carrera de millones de dólares. Perdería a la persona que más me importa en este mundo. No me perdonaría jamás ser la razón de tu caída.
Axel se inclinó hacia ella, acortando la distancia hasta apoyar su frente contra la de ella. El calor de su respiración volvió a envolverlos, pero esta vez no había prisa ni la desesperación del deseo reprimido; era una calma profunda, casi sagrada.
—No hay caída posible si estás a mi lado, Mika —le prometió él, rozando con sus labios la mejilla de ella, bajando despacio hasta la comisura de su boca—. Vos no sos mi mánager por casualidad... sos el único lugar al que quiero volver cuando se apagan las luces.
Mikaela sonrió con dulzura, sintiendo que un nudo antiguo en su pecho finalmente se desataba. Cerró los ojos y se dejó llevar, rodeándole el cuello con los brazos mientras Axel la atraía hacia su pecho, envolviéndola en un abrazo cálido y protector. Se quedaron así un largo rato, acurrucados en el sillón, escuchando el murmullo lejano de la ciudad y el compás tranquilo de sus corazones latiendo al mismo tiempo, sabiendo que, pasara lo que pasara mañana con la gira y los titulares, esa noche finalmente era solo de ellos.