El Primer Latido De Mi CorazÓn

❤️ Capítulo 1: Cuando nuestras miradas se cruzaron ?

El lunes amaneció frío y lluvioso en Houston.
Beatriz Márquez observaba su reflejo en el espejo mientras terminaba de prepararse para su primer día de clases. Intentó sonreír, pero la expresión apenas le duró unos segundos.
Otra ciudad. Otra escuela. Otra despedida que todavía no había ocurrido.
Sus padres estaban convencidos de que aquella mudanza sería una nueva oportunidad para ella. Beatriz, en cambio, ya había aprendido que no debía encariñarse demasiado con nada ni con nadie.
Después de desayunar en compañía de su inseparable libro, salió rumbo a la escuela.
El edificio era imponente, los automóviles que llegaban parecían sacados de una revista y los estudiantes vestían como si cada día fuera una pasarela.
Beatriz consultó el folleto que llevaba entre las manos, intentando encontrar su salón.
Entonces escuchó los murmullos.
—¡El príncipe ya llegó!
No comprendió por qué todos parecían tan emocionados hasta que un automóvil negro se detuvo detrás de ella.
La puerta se abrió.
Y, sin saberlo, Beatriz estaba a punto de cometer el único error que aquel muchacho no estaba acostumbrado a perdonar: ocupar su lugar.
Cuando se volvió, chocó contra alguien.
Unas manos sujetaron su cintura para evitar que cayera.
Beatriz levantó la mirada.
Frente a ella había un joven de expresión arrogante y ojos que parecían examinar cada detalle de su rostro.
Por un instante, ninguno habló.
Javier del Castillo no entendía por qué seguía mirándola. Y Beatriz todavía no sabía que aquel desconocido estaba acostumbrado a conseguir absolutamente todo lo que quería.
—Disculpa, señorita —dijo finalmente él—. Pero estás en mi entrada exclusiva.
Beatriz parpadeó, desconcertada.
—¿Tu entrada exclusiva?
Una sonrisa arrogante apareció en los labios de Javier.
—Este es mi territorio. Aquí todos hacen lo que yo digo.
Beatriz lo miró de arriba abajo antes de responder:
—Entiendo. Espero no volver a encontrarme con usted, alteza. No quisiera ser responsable de que se le caiga la corona.
Y se marchó sin mirar atrás.
Javier permaneció inmóvil.
Después, sonrió.
Hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a desafiarlo.
Y, por primera vez, quiso volver a ver a alguien por una razón que ni siquiera él comprendía.

Y, por primera vez, quiso volver a ver a alguien por una razón que ni siquiera él comprendía.

Beatriz entró al salón con pasos tímidos. Intentaba mantener la calma, aunque sentía que todos los ojos estaban puestos en ella. Cuando se detuvo frente al pizarrón, recorrió el aula con la mirada hasta que, de repente, sus ojos se encontraron con los de Javier.

Él estaba sentado al fondo, recostado despreocupadamente en su silla, pero al verla, su expresión cambió.

Sus miradas volvieron a cruzarse.

Por unos segundos, el ruido del salón pareció desaparecer. Beatriz sintió que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza inexplicable. Javier tampoco apartaba la mirada. Había algo en aquella chica que lo mantenía inmóvil, aunque jamás lo habría reconocido delante de nadie.

—¿Beatriz? ¿Beatriz, estás bien? —preguntó la maestra al notar su silencio.

Ella parpadeó varias veces, como si acabara de despertar de un sueño.

—Lo siento, maestra —respondió con voz tímida.

—No pasa nada, cariño. Adelante, preséntate.

Beatriz respiró profundamente y se volvió hacia sus compañeros.

—Buenos días. Mi nombre es Beatriz Márquez, tengo diecisiete años y vengo de California. Espero que podamos llevarnos bien.

—Excelente, Beatriz. Ahora buscaremos un lugar para ti. Puedes sentarte allí, junto a Lucía.

Beatriz caminó hasta el asiento indicado y dejó su mochila sobre la mesa. A su lado, una joven de sonrisa amable se giró para recibirla.

—¡Hola! Soy Lucía Breck. Bienvenida a nuestra escuela. Será un placer enseñarte el lugar para que no termines perdida por los pasillos.

Beatriz soltó una pequeña risa.

—Hola, Lucía. Soy Beatriz. Te lo agradecería muchísimo. No me vendría mal tener una guía en mi primer día.

—Pues estás de suerte, porque acabas de encontrarla. Estoy segura de que seremos grandes amigas.

Ambas sonrieron.

Sin embargo, mientras Lucía continuaba hablándole, Beatriz giró discretamente la cabeza hacia el fondo del salón.

Javier seguía allí.

Y, por alguna extraña razón, volver a encontrarse con sus ojos le provocó la misma sensación que antes.

¿Qué me está pasando?, se preguntó.

Nunca había experimentado algo semejante. No conocía a aquel chico, ni siquiera sabía cómo era realmente, pero su presencia parecía alterar una tranquilidad que ella siempre había dado por sentada.

Y eso la confundía.

Mucho.

Las clases transcurrieron sin mayores incidentes. Durante el receso, Lucía cumplió su promesa y le mostró a Beatriz las instalaciones de la escuela. Le enseñó la biblioteca, los pasillos principales, las aulas especiales y, finalmente, la llevó hasta el comedor.

Allí las esperaban tres chicas.

—¡Chicas! —exclamó Lucía al acercarse—. Quiero presentarles a alguien. Ella es Beatriz, aunque pueden llamarla Bia. Es nuestra nueva compañera.

Después señaló a cada una.

—Bia, ellas son Maya, Mía y Sara. Y desde hoy, oficialmente, ¡eres parte de nuestro grupo!

Las tres la recibieron con sonrisas y saludos amistosos.

Beatriz, sin embargo, bajó un poco la mirada, incómoda ante tanta amabilidad.

—Gracias. No sé muy bien qué decir en estos casos —confesó—. Nunca he formado parte de un grupo de amigas. Mi familia se muda constantemente por el trabajo de mis padres, así que nunca permanezco demasiado tiempo en un mismo lugar.

Hizo una pequeña pausa antes de continuar.

—Supongo que, después de tantas despedidas, terminé acostumbrándome a no acercarme demasiado a nadie. Me da miedo hacer amigos, encariñarme con ellos y tener que extrañarlos después.




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