El PrÍncipe Y La Prostituta

La posada

La anciana los condujo hasta una habitación situada en el segundo piso de la posada. Era un cuarto sencillo, con paredes de madera envejecida, una pequeña chimenea de piedra y una ventana desde la que se contemplaban los campos iluminados por la luna. En el centro había una amplia cama cubierta con gruesas mantas de lana.

Mara recorrió la habitación con la mirada hasta detenerse en la cama.

—Solo hay una... —murmuró con cierta incomodidad.

Alejandro también lo había notado.

—No te preocupes. Yo dormiré junto a la chimenea.

Ella lo observó con extrañeza.

—No hace falta. Podemos buscar otra habitación.

—La posada está llena. Además, estaré bien aquí. He dormido en lugares mucho menos cómodos.

Mara no respondió. Cada gesto de aquel hombre desafiaba todo lo que había aprendido sobre los hombres. Ninguno de los que había conocido habría renunciado a la comodidad por una mujer sin esperar algo a cambio.

En ese momento llamaron suavemente a la puerta.

—¿Podemos pasar? —preguntó la anciana desde el otro lado.

—Adelante.

Los dos ancianos entraron con una jarra de agua, algunas mantas limpias y una vela nueva.

—Las noches suelen ser frías por estos caminos —comentó el anciano mientras dejaba las cosas sobre una pequeña mesa—. Pensamos que esto podría hacerles falta.

La anciana dirigió una mirada discreta hacia Alejandro, que acomodaba una manta cerca de la chimenea.

—Es un joven muy educado. Ya casi no quedan hombres con esos modales.

Alejandro sonrió con humildad.

—Mi padre siempre decía que un hombre demuestra su grandeza en la forma en que trata a los demás.

El anciano asintió con satisfacción.

—Entonces tu padre fue un gran hombre.

Aquellas palabras hicieron que Mara levantara la vista. Sin saber por qué, imaginó al padre de Alejandro enseñándole aquellos valores desde que era un niño. Eso explicaba la nobleza que había descubierto en él.

—Cuando deseen bajar, la cena estará lista —anunció la anciana con una cálida sonrisa—. Mi esposo ha preparado un guiso de cordero. No será un banquete digno de un castillo, pero estoy segura de que les devolverá las fuerzas.

Pocos minutos después descendieron al comedor. El lugar era acogedor; una gran chimenea calentaba el ambiente mientras varios viajeros conversaban entre risas. El aroma del pan recién horneado y del guiso recién servido llenaba toda la estancia.

Los ancianos los invitaron a compartir la mesa con ellos. La conversación transcurrió con naturalidad. Hablaron del clima, de las cosechas y de los viajeros que solían pasar por aquel camino. En un momento, el anciano volvió a mirar fijamente a Alejandro.

—Discúlpame la insistencia, muchacho, pero sigo creyendo que te he visto en alguna parte.

Alejandro mantuvo la calma y respondió con una sonrisa llena de humor.

—Debe ser, solía venir por estos rumbos y mi rostro no es muy olvidable.

El anciano soltó una sonora carcajada.

Incluso Mara dejó escapar una leve risa. Fue un sonido tan suave que apenas se escuchó, pero Alejandro levantó la vista de inmediato. Era la segunda vez que la veía reír con tanta naturalidad.

Sin darse cuenta, ella llevó una cucharada a la boca y cerró los ojos por un instante.

—Está delicioso —dijo casi en un susurro.

La anciana sonrió con ternura.

—Hacía mucho tiempo que no veía a una joven disfrutar una comida casera de esa manera.

Mara bajó la mirada. No quiso explicar que también hacía muchos años que nadie la sentaba a una mesa para alimentarla con cariño, sin exigirle nada a cambio.

Por un momento, mientras el fuego crepitaba en la chimenea y las risas de los viajeros llenaban el salón, sintió que el mundo podía ser un lugar menos cruel de lo que siempre había imaginado.




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