Cuando la cena terminó, los demás viajeros comenzaron a retirarse poco a poco hacia sus habitaciones. La posada quedó envuelta en una agradable calma, interrumpida únicamente por el crepitar de la leña en la chimenea y el suave tintinear de los utensilios que la anciana recogía de las mesas.
Mara se levantó con la intención de ayudar, pero la mujer le tomó las manos con una sonrisa maternal.
—No, hija. Eres nuestra huésped. Déjanos consentirte un poco.
Mara bajó la mirada, sintiéndose extrañamente avergonzada. No recordaba la última vez que alguien había tenido un gesto de amabilidad con ella sin esperar una recompensa. Acostumbrada a sobrevivir entre el desprecio y la indiferencia, aquella sencilla atención despertaba emociones que había aprendido a ocultar desde hacía muchos años.
El anciano terminó de acomodar unas sillas y se acercó a la chimenea.
—Hace mucho que no veía a una joven con una mirada tan triste —comentó con serenidad—. Pero también hace mucho que no veía a un muchacho mirarla con tanta preocupación.
Alejandro y Mara intercambiaron una mirada fugaz antes de apartar los ojos al mismo tiempo.
El anciano sonrió para sí, como si hubiera confirmado algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocer.
—Mi esposa y yo llevamos más de cincuenta años juntos —continuó mientras tomaba asiento junto al fuego—. Cuando éramos jóvenes, muchos aseguraban que nuestro matrimonio estaba destinado al fracaso. Éramos muy distintos, veníamos de mundos diferentes y no teníamos nada más que nuestras ganas de salir adelante.
La anciana dejó una taza de infusión frente a cada uno y añadió con una sonrisa llena de nostalgia:
—El amor nunca pregunta de dónde vienes. Solo pregunta si estás dispuesto a caminar junto a la otra persona.
Mara permaneció en silencio. Aquellas palabras parecían dirigidas a ella, aunque nadie mencionara su nombre.
Después de conversar un rato más, Alejandro agradeció la hospitalidad de los ancianos y ambos regresaron a la habitación. Al entrar, el joven tomó la manta que había preparado junto a la chimenea, dispuesto a acostarse en el suelo.
—Alejandro...
Él levantó la vista.
—¿Sí?
Mara jugueteó unos segundos con el borde de la manta antes de hablar.
—No creo que sea justo que duermas ahí.
Él sonrió con tranquilidad.
—No te preocupes. He pasado noches mucho peores.
—Aun así...
Alejandro negó suavemente con la cabeza.
—Descansa. Mañana será un día largo.
Mara ya no insistió. Se acostó en la cama y apagó la vela que descansaba sobre la mesa de noche. La habitación quedó iluminada únicamente por el resplandor anaranjado de la chimenea.
El silencio se apoderó del lugar.
Sin embargo, ninguno de los dos lograba dormir.
Mara mantenía los ojos abiertos, observando las sombras que danzaban sobre el techo. No podía dejar de pensar en aquel hombre que, pudiendo aprovecharse de ella, había elegido respetarla. Cuanto más intentaba comprenderlo, más imposible le parecía encontrar una explicación.
Finalmente giró ligeramente la cabeza.
Alejandro dormía profundamente junto al fuego, cubierto apenas por una delgada manta.
Un sentimiento desconocido se instaló en el pecho de Mara. Con mucho cuidado se levantó de la cama para no despertarlo. Tomó una de las mantas más gruesas y se arrodilló a su lado.
Durante unos segundos contempló su rostro.
Dormido parecía incluso más joven, más sereno, completamente ajeno a las preocupaciones que cargaba durante el día.
Con infinita delicadeza extendió la manta sobre su cuerpo.
—Gracias... —susurró tan bajo que ni ella misma estaba segura de haber pronunciado la palabra.
Después regresó a la cama.
Sin saberlo, Alejandro había abierto una pequeña grieta en el muro que Mara llevaba años construyendo alrededor de su corazón. Y aunque ella todavía luchaba por negarlo, aquella noche comprendió que ya no veía a Alejandro como un simple desconocido.