El PrÍncipe Y La Prostituta

Cuando el alma descansa

Los primeros rayos del sol comenzaron a filtrarse por la ventana de la habitación, bañando el suelo de madera con una tenue luz dorada. El canto de los pájaros sustituyó al silencio de la madrugada y el aroma del pan recién horneado ascendió desde la cocina de la posada.

Alejandro abrió lentamente los ojos. Al incorporarse, notó que sobre él descansaba una gruesa manta que la noche anterior no tenía. La sostuvo entre sus manos y sonrió para sí. No hacía falta preguntar quién la había colocado allí.

Levantó la vista con discreción.

Mara seguía dormida.

Su expresión era completamente distinta a la que mostraba cuando estaba despierta. El ceño ya no estaba fruncido, sus labios permanecían relajados y la angustia parecía haberse desvanecido por unas horas. Alejandro comprendió entonces que, desde que la había conocido, aquella era la primera noche en la que ella había podido descansar sin miedo.

No quiso despertarla.

Tomó sus botas en silencio y salió de la habitación.

Al bajar al comedor encontró al anciano alimentando a unos caballos frente al establo. Al verlo, el viejo levantó una mano en señal de saludo.

—Buenos días, muchacho. Veo que madrugas.

—Siempre ha sido una costumbre en mi familia —respondió Alejandro con una sonrisa.

El anciano terminó de llenar un pesebre y caminó hasta quedar a su lado.

—Tu padre debió de ser un hombre honorable.

Alejandro guardó silencio durante un instante.

—Lo es... —respondió con una sonrisa cargada de orgullo, corrigiéndose enseguida—. Quiero decir... lo era para mí mientras viví con él.

El anciano no notó el pequeño desliz.

—Se nota que te educó bien.

En ese momento la anciana salió de la cocina con una cesta llena de pan recién horneado.

—¿La joven sigue descansando?

—Sí. No quise despertarla.

La mujer sonrió con ternura.

—Lo necesitaba. A veces el cuerpo duerme, pero es el alma la que realmente descansa.

Alejandro observó el horizonte sin dejar de pensar en Mara.

—Ha sufrido demasiado.

La anciana apoyó una mano sobre su hombro.

—Las personas heridas necesitan tiempo, hijo. No intentes sanar en unos días el dolor que ha vivido durante tantos años.

Alejandro asintió en silencio. Sabía que tenía razón.

Mientras tanto, en la habitación, Mara abrió lentamente los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil, desorientada, hasta que recordó dónde estaba. Miró hacia el rincón donde Alejandro había dormido y descubrió que ya no estaba allí.

Por alguna razón, aquella ausencia le provocó una extraña inquietud.

Se levantó, acomodó el vestido que llevaba puesto y descendió las escaleras.

Cuando llegó al patio trasero, encontró a Alejandro ayudando al anciano a reparar la rueda de una carreta. Tenía las mangas remangadas y las manos cubiertas de polvo, pero trabajaba con una sonrisa tranquila, como si hubiera hecho ese tipo de labores toda la vida.

Mara se quedó observándolo desde la puerta.

Aquel hombre no parecía un campesino cualquiera.

Su manera de hablar, de caminar y de comportarse era demasiado elegante para alguien que decía haber vivido siempre entre el pueblo.

La duda comenzó a instalarse lentamente en su corazón.

—¿Quién eres realmente, Alejandro...? —susurró para sí, sin apartar la mirada de él.

Sin saberlo, acababa de formular la pregunta que cambiaría el rumbo de sus vidas.




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