El PrÍncipe Y La Prostituta

Hombre extraño

La tarde transcurría con una tranquilidad que parecía envolver cada rincón de la posada. Detrás del establecimiento se extendía un amplio prado donde el anciano criaba un pequeño rebaño de ovejas. Alejandro llevaba un balde de grano mientras el viejo iba llamando a los animales por sus nombres. Para sorpresa de Mara, las ovejas corrían obedientes hacia ellos, provocándole una risa espontánea que ni ella misma pudo contener.

—Esa es Estrella... y aquel testarudo de allá se llama Copo —decía el anciano entre carcajadas mientras una de las ovejas empujaba suavemente a Alejandro con la cabeza.

—Creo que no le agrado mucho —comentó él, fingiendo indignación.

—No, al contrario. Si te empuja es porque quiere más comida —respondió el anciano riendo.

Mara soltó una pequeña carcajada al ver cómo otra oveja intentaba arrebatarle el balde a Alejandro. Sin darse cuenta, terminó ayudándolo a repartir el alimento mientras los tres caminaban por el prado entre risas y bromas. Hacía mucho tiempo que ella no disfrutaba de un momento tan sencillo. Por unos instantes olvidó quién era, olvidó su pasado y el miedo que la había acompañado durante tantos años.

Mientras tanto, dentro de la posada, la anciana acomodaba unas jarras sobre el mostrador cuando el sonido de la puerta al abrirse hizo que levantara la vista.

Un hombre acababa de entrar.

Vestía un largo tapado negro que casi rozaba el suelo y un sombrero de ala ancha ocultaba gran parte de su rostro. La escasa luz del salón apenas alcanzaba a iluminar su mandíbula y unos labios tan rígidos que parecían incapaces de sonreír.

La anciana sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Había recibido viajeros durante casi toda su vida y había aprendido a reconocer, con solo una mirada, cuándo alguien llevaba paz en el corazón... y cuándo cargaba oscuridad.

Aquel hombre desprendía una presencia inquietante.

—Buenas tardes —saludó ella con amabilidad.

—Necesito una habitación —respondió él con una voz grave y fría.

La anciana tomó el libro de huéspedes.

—Solo nos queda una disponible.

—Me sirve.

No preguntó el precio, ni cuánto tiempo podría quedarse. Parecía tener prisa por otra cosa.

Mientras ella buscaba la llave, intentó observar mejor su rostro, pero el ala del sombrero proyectaba una sombra que ocultaba casi por completo sus facciones.

—¿Viaja solo? —preguntó con naturalidad.

—Siempre.

La respuesta fue tan seca que la anciana decidió no insistir.

Le entregó la llave.

El desconocido la tomó de inmediato y subió las escaleras con pasos rápidos, sin detenerse a observar el comedor ni a cruzar palabra con nadie.

La anciana siguió su figura hasta que desapareció en el segundo piso.

Un mal presentimiento se apoderó de ella.

No sabía quién era aquel hombre ni qué buscaba, pero algo dentro de su corazón le decía que su llegada no traería nada bueno.

En ese instante, el anciano entró desde el patio trasero todavía sonriendo por las ocurrencias de Alejandro y Mara.

Al ver el rostro de su esposa, la alegría desapareció lentamente de su expresión.

—¿Qué sucede?

La mujer dirigió una mirada hacia las escaleras.

—Acaba de llegar un huésped...

—¿Y qué tiene de extraño?

Ella respiró profundamente.

—No lo sé... pero hay algo en ese hombre que me hace sentir que la oscuridad acaba de cruzar la puerta de esta posada.




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