El anciano permaneció unos instantes en silencio. Conocía demasiado bien a su esposa como para ignorar sus presentimientos. Durante más de cincuenta años había aprendido que aquella mujer poseía una intuición extraordinaria y, aunque jamás pudiera explicarla, casi siempre terminaba teniendo razón.
—No te preocupes antes de tiempo —dijo con voz serena, acariciándole una mano—. Tal vez solo sea un viajero cansado.
La anciana asintió, aunque la inquietud seguía instalada en su pecho.
Mientras tanto, en el patio trasero, Alejandro terminó de vaciar el último balde de alimento. Las ovejas continuaban rodeándolos con docilidad y una de las más pequeñas se acercó a Mara para frotar su cabeza contra su vestido.
—Parece que le agradaste —comentó Alejandro con una sonrisa.
Mara acarició al animal con delicadeza.
—Creo que es la primera vez que un ser vivo se acerca a mí sin tener miedo... ni querer hacerme daño.
Alejandro dejó de sonreír por un instante.
—Los animales tienen un don. Ellos reconocen la bondad que muchas veces las personas no son capaces de ver.
Mara levantó lentamente la mirada hacia él.
—¿Tú también crees que todavía queda algo bueno en mí?
Alejandro no dudó ni un segundo.
—Nunca he dejado de creerlo.
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Mara latiera con fuerza. Bajó la vista de inmediato para ocultar el brillo que comenzaba a asomar en sus ojos. El anciano, que observaba la escena desde unos pasos más atrás, sonrió discretamente.
—Vengan —los llamó con entusiasmo—. Quiero mostrarles algo.
Los condujo hasta un pequeño cercado de madera donde descansaban dos corderos que apenas tenían unos días de nacidos. Eran tan pequeños que apenas podían mantenerse firmes sobre sus patas.
—Nacieron hace tres noches —explicó con orgullo—. Todavía necesitan que los alimentemos con leche varias veces al día. La anciana apareció en ese momento llevando dos pequeñas vasijas de barro.
—¿Les gustaría ayudar?
Mara tomó una de ellas con cierta timidez. Se arrodilló junto a uno de los corderos y acercó cuidadosamente la vasija. El pequeño animal comenzó a beber con desesperación.
Sin darse cuenta, una sonrisa iluminó su rostro. Alejandro no pudo apartar los ojos de ella, aquella mujer, a la que el mundo había condenado y señalado durante años, irradiaba una ternura que contrastaba por completo con la imagen que los demás tenían de ella.
La anciana observó la escena desde la distancia.
Entonces comprendió que su inquietud por el misterioso huésped no había desaparecido.
Al contrario.
Mientras contemplaba a Mara reír con aquel pequeño cordero entre los brazos, elevó una silenciosa oración al cielo. Sentía que esa felicidad era demasiado frágil. Y que, tarde o temprano, alguien intentaría arrebatársela.