El PrÍncipe Y La Prostituta

El viajero misterioso

La tarde comenzó a desvanecerse lentamente y un manto anaranjado cubrió los campos que rodeaban la posada. El aire era fresco y el balido de las ovejas rompía de vez en cuando el profundo silencio del lugar. Después de ayudar al anciano durante varias horas, Alejandro y Mara se sentaron sobre la cerca de madera para descansar. Ella llevaba entre sus brazos al pequeño cordero que habían alimentado momentos antes, acariciando su lana con una delicadeza que conmovía a cualquiera que la observara.

Desde una de las ventanas del segundo piso, dos ojos permanecían inmóviles. El misterioso huésped, oculto tras las cortinas de su habitación, contemplaba cada movimiento de la pareja sin apartar la vista. La penumbra impedía distinguir su rostro, pero sus dedos tamborileaban lentamente sobre el marco de la ventana, como si estuviera analizando a cada una de sus posibles presas.

No parecía un hombre curioso. Parecía un hombre que esperaba. Abajo, completamente ajenos a aquella presencia, Alejandro sonrió al ver cómo el pequeño cordero seguía a Mara por todo el prado.

—Creo que ya encontraste una nueva amiga.

Ella soltó una leve risa.

—O quizás ella me encontró a mí.

Aquella sonrisa volvió a aparecer en el rostro de Alejandro. Cada instante que compartían hacía que Mara dejara caer un poco más el pesado muro que había levantado alrededor de su corazón. Mientras tanto, detrás del cristal de la ventana, el desconocido inclinó apenas la cabeza.

—Interesante... —murmuró con una voz tan baja que solo él pudo escucharla.

No dejó de observarlos ni un solo segundo.

La anciana salió de la cocina llevando una bandeja con pan recién horneado. Al levantar la vista hacia el segundo piso, notó que la cortina de aquella habitación se movía apenas unos centímetros.

Su corazón dio un vuelco, el hombre seguía allí mirando. No paseaba por el pueblo, no descansaba después del viaje ni conversaba con otros huéspedes.

Solo observaba.

Una inquietud inexplicable volvió a instalarse en su pecho.

Esa noche, mientras todos compartían una cena tranquila alrededor de la mesa principal, el extraño no descendió en ningún momento de su habitación.

—¿El nuevo huésped no ha bajado? —preguntó el anciano.

La mujer negó lentamente.

—Ni siquiera pidió comida.

El anciano frunció el ceño.

—Qué raro...

—Más raro me parece que no haya dejado de mirar por la ventana desde que llegó.

Las palabras fueron pronunciadas en voz tan baja que Alejandro y Mara no alcanzaron a escucharlas. Cuando la noche terminó y los últimos viajeros se retiraron a descansar, la anciana decidió subir discretamente al segundo piso para dejar una vela encendida en el pasillo. Al pasar frente a la habitación del desconocido, percibió un murmullo proveniente del interior.

Se detuvo, parecía que el hombre hablaba con alguien.

Sin embargo...

Él había llegado completamente solo.La anciana acercó el oído con cautela, intentando distinguir alguna palabra, pero las voces cesaron de golpe.

Un silencio absoluto invadió el pasillo, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Retrocedió lentamente y descendió las escaleras sin hacer el menor ruido.

No sabía quién era aquel huésped.

Pero estaba completamente segura de una cosa.

Aquel hombre ocultaba un secreto.

Y, por alguna razón que todavía no comprendía, ese secreto tenía relación con Alejandro y Mara.




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