La mañana siguiente amaneció cubierta por una ligera neblina que envolvía la posada y los prados cercanos. El rocío descansaba sobre la hierba, mientras el canto de los pájaros anunciaba el inicio de un nuevo día. Mara ayudaba a la anciana a amasar el pan en la cocina. Poco a poco, la confianza entre ambas comenzaba a crecer, y por primera vez en muchos años la joven descubría la tranquilidad de realizar tareas sencillas en un ambiente donde nadie la juzgaba.
A unos metros de allí, Alejandro y el anciano acomodaban unos sacos de trigo junto al granero. Cuando terminaron, el viejo miró discretamente hacia la posada para asegurarse de que nadie pudiera escucharlos.
—Muchacho... necesito hablar contigo.
Alejandro percibió de inmediato el tono de preocupación en su voz.
—¿Ocurre algo?
El anciano respiró profundamente antes de responder.
—Es sobre un huésped que llegó ayer.
Alejandro frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué sucede con él?
—No me inspira confianza. Mi esposa tampoco puede dejar de pensar en ese hombre. Desde que llegó, no ha hecho otra cosa que observar todo cuanto ocurre en esta posada.
En ese momento apareció la anciana. Su expresión era mucho más seria que de costumbre.
—Anoche subí al segundo piso para apagar unas velas. Al pasar frente a su habitación lo escuché hablar... pero él llegó completamente solo.
Alejandro permaneció en silencio.
—Cuando acerqué el oído, dejó de hablar inmediatamente. Fue como si hubiera sabido que yo estaba allí.
El joven volvió la mirada hacia el segundo piso. La ventana de la habitación permanecía cerrada.
—Quizá hablaba consigo mismo —comentó con calma.
La anciana negó lentamente.
—No, hijo. Eran dos voces... estoy completamente segura.
Un silencio incómodo se instaló entre los tres.
Finalmente, el anciano apoyó una mano sobre el hombro de Alejandro.
—Solo queremos pedirte una cosa.
—Los escucho.
—Mantén a esa muchacha lejos de ese hombre. No sabemos quién es, pero algo dentro de nosotros nos dice que no traerá nada bueno.
Alejandro asintió con serenidad.
—Gracias por advertírmelo. Estaré atento.
No dijo nada más.
No quería alarmar a Mara antes de tener motivos para hacerlo. Si realmente existía algún peligro, prefería enfrentarlo él solo. Unos minutos después regresó a la cocina, donde encontró a Mara riendo junto a la anciana mientras intentaban sacar un pan del horno de piedra. Al verlo entrar, ella levantó la vista y le dedicó una sonrisa tan natural que Alejandro sintió que todas sus preocupaciones desaparecían por un instante.
No iba a permitir que esa paz se rompiera. Si aquel extraño ocultaba malas intenciones, sería él quien las descubriría. Aquella misma tarde, aprovechando que Mara acompañó a la anciana al huerto para recoger algunas verduras, Alejandro subió silenciosamente las escaleras hasta el segundo piso.
El pasillo estaba completamente desierto.
Se detuvo frente a la puerta de la habitación del misterioso huésped.
Todo permanecía en absoluto silencio.
Acercó lentamente la mano...
Y, justo cuando estaba a punto de llamar, escuchó un leve crujido al otro lado de la puerta.
Alguien estaba allí.
Esperando.