Alejandro permaneció inmóvil frente a la puerta de la habitación. El leve crujido proveniente del interior confirmaba que el huésped también había percibido su presencia. Durante unos largos segundos ninguno de los dos dijo una sola palabra. El silencio se volvió tan denso que parecía posible tocarlo. Finalmente, el picaporte comenzó a girar lentamente y la puerta se abrió apenas lo suficiente para que la figura del hombre apareciera envuelta en su largo tapado negro. El sombrero de ala ancha seguía ocultando gran parte de su rostro, hasta que, con absoluta calma, levantó ligeramente el ala. En ese preciso instante, Alejandro abrió los ojos con sorpresa y una sonrisa de alivio apareció en su rostro.
—...¿Edmund?
El hombre inclinó respetuosamente la cabeza.
—Alteza.
Sin pensarlo dos veces, Alejandro entró en la habitación y Edmund cerró la puerta con discreción. Una vez a solas, el detective dejó el sombrero sobre una pequeña mesa. Era un hombre de poco más de cuarenta años, de barba cuidadosamente recortada, mirada firme y una presencia serena que inspiraba confianza. Durante más de dos décadas había servido fielmente al rey Jacob, convirtiéndose en el investigador más hábil del reino. Nadie conocía mejor los caminos, las conspiraciones y los secretos de la nobleza que él.
Alejandro dejó escapar una breve risa.
—Debo admitir que por un momento llegué a sospechar de ti. Hasta los dueños de la posada estaban convencidos de que ocultabas algo.
Edmund respondió con una ligera sonrisa.
—Eso significa que sigo siendo bueno en mi trabajo.
La expresión del príncipe cambió al recordar un detalle.
—¿Qué haces aquí? No puede ser una casualidad.
El detective cruzó las manos detrás de la espalda antes de responder.
—Su Majestad me envió.
El semblante de Alejandro se volvió serio de inmediato.
—¿Mi padre está bien?
—Sí, Alteza. Pero estaba profundamente preocupado por usted. Han pasado varios días desde que abandonó el castillo sin escoltas y sin informar con exactitud hacia dónde se dirigía. Al principio el rey respetó su decisión porque conoce mejor que nadie su carácter, pero al dejar de recibir noticias comenzó a temer que algo hubiera sucedido. Por eso me ordenó seguir discretamente sus pasos para asegurarme de que estuviera sano y salvo.
Alejandro desvió la mirada hacia la ventana. Sabía perfectamente cuánto había sufrido su padre desde la muerte de la reina Elizabeth. Él era la única familia que le quedaba, y aunque Jacob respetaba la libertad de su hijo, el temor a perderlo es mucho mayor.
—No quería preocuparlo... —murmuró con evidente culpa.
Edmund dio un paso al frente.
—Lo sé. Y también lo sabe el rey. Antes de partir me dijo unas palabras que considero importante repetirle exactamente como las pronunció. Me pidió que le dijera: "No obligues a mi hijo a regresar. Si decidió marcharse, tendrá sus razones. Solo cuídalo desde las sombras y protégelo como si protegieras mi propia vida".
Los ojos de Alejandro se humedecieron ligeramente. Sonrió con tristeza mientras negaba despacio con la cabeza.
—Ese hombre nunca dejará de sorprenderme.
—Lo hace porque lo ama, Alteza. Usted es lo más valioso que tiene.
Durante unos instantes el silencio volvió a adueñarse de la habitación. Finalmente, Alejandro respiró hondo y miró nuevamente al detective.
—Imagino que ya sabes el motivo por el que estoy aquí.
Edmund asintió lentamente.
—Lo sé todo. Sé quién es la joven llamada Mara. También conozco su verdadero nombre: Elisa Molina. Investigué su historia antes de salir del castillo y comprendí por qué decidió quedarse a su lado. Alejandro permaneció en silencio, esperando escuchar el juicio del hombre que durante tantos años había servido a su padre.
—¿Qué piensas de ella? —preguntó finalmente.
Edmund sostuvo su mirada con absoluta serenidad.
—He recorrido este reino durante más de veinte años. He conocido duques capaces de vender a sus propios hermanos por poder y he visto campesinos entregar el último pedazo de pan para alimentar a un desconocido. La sangre noble no convierte a nadie en una buena persona, Alteza. El corazón sí. Esa joven no eligió la vida que tuvo que soportar. Fue una víctima desde que era una niña.
Alejandro sintió cómo aquellas palabras fortalecían aún más su decisión.
—Quiero rescatarla. Quiero darle una vida distinta... y algún día convertirla en mi esposa.
Edmund no mostró sorpresa alguna. Simplemente sonrió con respeto.
—Entonces lucharé a su lado, como lo he hecho siempre con el rey. Mientras yo respire, nadie pondrá una mano sobre ella ni sobre usted.
Antes de que Alejandro pudiera responder, ambos escucharon unos pasos acercándose por el pasillo. El detective reaccionó de inmediato. Tomó nuevamente el sombrero, se colocó el largo tapado negro y volvió a ocultar su rostro bajo la sombra del ala. En cuestión de segundos había desaparecido el fiel servidor del rey y, en su lugar, reaparecía el misterioso huésped que había despertado la inquietud de toda la posada. Alejandro comprendió el mensaje sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Por ahora, su verdadera identidad debía seguir siendo un secreto, especialmente para Mara.