Los pasos que se escuchaban en el pasillo se detuvieron justo frente a la puerta. Alejandro y Edmund intercambiaron una mirada rápida. Ambos sabían que no podían levantar sospechas, mucho menos ahora que Mara comenzaba a confiar en él. El príncipe se apartó unos centímetros de la puerta, recuperando la expresión tranquila que siempre mostraba frente a los demás. Edmund, en cambio, volvió a adoptar la postura de un simple viajero desconocido, con el sombrero ocultando sus facciones y el rostro serio de quien no desea llamar la atención.
La puerta se abrió lentamente.
Era Mara.
Ella observó primero a Alejandro y luego al hombre de negro que permanecía dentro de la habitación. Su mirada se detuvo unos segundos sobre Edmund.
—¿Interrumpo algo? —preguntó con cierta cautela.
—No —respondió Alejandro con serenidad—. Solo estaba hablando con el huésped.
Mara asintió, aunque sus ojos seguían analizando al desconocido. Edmund inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Buenas noches, señorita.
—Buenas noches —respondió ella con educación, aunque sin ocultar del todo su desconfianza.
Alejandro notó aquella reacción y decidió intervenir.
—¡Mara! Ya te sigo.
Ella apartó la mirada de Edmund y volvió a fijarse en Alejandro.
—¿Estás seguro?.
Alejandro asintió.
Antes de salir, Mara miró una última vez al hombre del tapado negro. Había algo en él que no lograba descifrar. No parecía un viajero común, pero tampoco podía explicar por qué su presencia la inquietaba tanto. Cuando ambos se alejaron por el pasillo, Edmund esperó unos segundos antes de cerrar la puerta.
—Ella tiene buenos instintos.
Alejandro sonrió ligeramente.
—Siempre ha tenido que sobrevivir. Aprendió a desconfiar de las personas.
Edmund asintió.
—Entonces entiende que descubrir tu verdad podría ser más difícil de lo que imaginas.
El príncipe guardó silencio.
Aquella era la parte que más le preocupaba. Mara había comenzado a verlo como un hombre común, alguien que la trataba con respeto y que no la miraba por su pasado. Si algún día descubría que Alejandro no era un campesino, sino el heredero del reino, temía que pensara que todo había sido una mentira.
—No quiero que crea que me acerqué a ella por lástima —dijo finalmente.
Edmund lo observó con seriedad.
—Entonces asegúrate de que cuando llegue el momento, ella vea al hombre que eres y no solo el título que llevas.
Aquellas palabras quedaron grabadas en la mente del príncipe. Porque Edmund tenía razón. Antes de ser heredero, antes de tener una corona sobre su cabeza, él era simplemente Alejandro.
El hombre que había visto a una mujer herida y había decidido quedarse a su lado. Minutos después, ambos bajaron al comedor. Alejandro caminaba junto a Mara mientras Edmund tomaba una mesa alejada, manteniendo su papel de desconocido.
La cena transcurrió con tranquilidad. Los ancianos conversaban animadamente y Mara, poco a poco, comenzaba a participar más. Incluso llegó a contar una pequeña anécdota sobre uno de los corderos del día anterior, provocando una sonrisa en todos.
Alejandro la observaba en silencio. Cada día descubría una nueva parte de ella. La mujer que todos habían juzgado por su pasado escondía una dulzura que pocos habían tenido la oportunidad de conocer. Sin embargo, desde la mesa apartada, Edmund no dejaba de observar los alrededores. Su mirada entrenada recorría cada puerta, cada ventana y cada movimiento extraño. Porque aunque el peligro todavía no había llegado hasta ellos...Un buen detective sabía que las amenazas más grandes eran aquellas que todavía permanecían ocultas.