El PrÍncipe Y La Prostituta

La cicatriz del pasado

La noche se había adueñado por completo de la posada. Después de la cena, los pocos viajeros que se hospedaban allí fueron retirándose a sus habitaciones, mientras la anciana apagaba una a una las lámparas del comedor y el anciano cerraba cuidadosamente puertas y ventanas. El crepitar de la leña en la chimenea era el único sonido que rompía el profundo silencio del lugar. Alejandro permanecía sentado frente al fuego con una taza de infusión entre las manos, observando distraídamente las llamas, mientras Mara se encontraba junto a la ventana contemplando la luna reflejada sobre el lago. Había algo melancólico en su mirada, como si aquella paz le resultara demasiado hermosa para creer que era real. Después de varios minutos de silencio, Alejandro decidió acercarse lentamente. No quería invadir su espacio, pero tampoco soportaba verla tan perdida en sus pensamientos. Se detuvo a su lado y habló con la misma dulzura que siempre utilizaba cuando se dirigía a ella.

—¿No puedes dormir?

Mara permaneció unos segundos mirando la oscuridad del exterior antes de responder.

—Hace muchos años que olvidé lo que significa descansar de verdad. Cuando una persona vive con miedo durante tanto tiempo, termina creyendo que el peligro siempre está escondido en alguna parte. Incluso el silencio llega a asustar.

Aquellas palabras atravesaron el corazón de Alejandro. Él conocía gran parte de su historia gracias a Edmund, pero escucharla salir de los labios de Mara era completamente diferente. Había un dolor tan profundo en su voz que parecía imposible imaginar todo lo que aquella joven había soportado desde que era una niña. Alejandro apoyó suavemente una mano sobre el marco de la ventana y contempló el paisaje junto a ella.

—Aquí nadie va a hacerte daño.

Mara esbozó una sonrisa tan triste que parecía a punto de desvanecerse.

—Eso dices porque todavía no conoces el verdadero peso de mi pasado. Hay personas que jamás dejan escapar aquello que consideran de su propiedad.

Mara levantó lentamente la manga de su vestido. Alejandro observó cómo una larga cicatriz atravesaba su antebrazo. Luego apareció otra un poco más arriba y una tercera cerca de su muñeca. Eran marcas antiguas, algunas apenas visibles y otras mucho más profundas, cicatrices que el tiempo jamás había conseguido borrar. El príncipe sintió que el pecho se le oprimía mientras intentaba imaginar el sufrimiento que aquellas heridas representaban.

—Ellos decían que una mujer debía aprender a obedecer... —susurró Mara sin apartar la vista de las marcas—. Cuando me negaba, buscaban cualquier cosa para castigarme. Al principio lloraba y suplicaba que se detuvieran. Después comprendí que mis lágrimas solo parecían divertirlos más.

Alejandro cerró lentamente las manos hasta formar dos puños. Una rabia inmensa comenzó a recorrer cada rincón de su cuerpo. No era capaz de comprender cómo podía existir tanta crueldad en el corazón de un ser humano.

—¿Quiénes fueron? —preguntó con la voz apenas contenida.

Mara bajó nuevamente la manga del vestido.

—Ya ni siquiera recuerdo todos sus nombres.

Aquella respuesta hizo que el silencio volviera a instalarse entre ambos. No era que Mara hubiera olvidado por completo. Era que habían sido demasiados. Demasiados rostros, demasiadas noches, demasiadas heridas como para conservar el recuerdo de cada uno.

Alejandro dio un paso hacia ella y, con una delicadeza infinita, tomó sus manos entre las suyas. Mara levantó lentamente la mirada. Sus ojos estaban empañados por las lágrimas, pero por primera vez no intentaba esconderlas.

—Escúchame bien, Mara. Nada de lo que te hicieron define quién eres. Tú no eres esas cicatrices. No eres tu pasado. Y mucho menos eres la mujer que ellos quisieron convertir. Para mí sigues siendo la misma joven que fue capaz de sonreír mientras alimentaba a unos corderos y acariciaba una oveja como si jamás hubiera conocido la maldad.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse lentamente por las mejillas de Mara.

—No deberías acercarte tanto a mí, Alejandro. Donde yo voy siempre termina apareciendo el dolor. Tengo miedo de que un día también te destruyan a ti.

Alejandro sostuvo su mirada con una firmeza que jamás había mostrado hasta ese momento.

—Entonces dejaré que el dolor tenga que pasar primero por mí. Mientras yo respire, nadie volverá a levantar una mano contra ti.

Mara sintió que su corazón latía con una fuerza desconocida. Nadie la había defendido jamás. Nadie había pronunciado aquellas palabras con tanta convicción. Durante unos instantes olvidó quién era ella y quién era aquel hombre. Solo existían los dos, el calor de la chimenea y aquella promesa que, sin saberlo, cambiaría el rumbo de sus vidas para siempre. Desde el segundo piso, oculto entre las sombras del pasillo, Edmund contemplaba discretamente la escena. No intervino ni hizo el menor ruido. Simplemente comprendió que aquello ya había dejado de ser una misión encomendada por el rey. El heredero del reino estaba profundamente enamorado, y proteger un corazón enamorado podía convertirse en la tarea más difícil de toda su vida.




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