La madrugada apenas comenzaba a asomarse cuando unos golpes secos y desesperados sacudieron la puerta de la habitación. Alejandro abrió los ojos de inmediato. Su instinto le advirtió que aquello no era una visita cualquiera. Se incorporó con rapidez y caminó en silencio hasta la puerta, mientras Mara despertaba sobresaltada por el ruido. Antes de abrir, Alejandro preguntó en voz baja:
—¿Quién es?
—Soy Edmund... abran de inmediato.
Al reconocer aquella voz, descorrió el seguro y abrió apenas lo suficiente para permitirle entrar. El detective cruzó el umbral con el rostro tenso y cerró la puerta detrás de él. Su respiración era agitada, algo completamente inusual en un hombre que siempre mantenía el control de la situación.
—No hay tiempo que perder. Deben irse ahora mismo. Los hombres de Mister Chio están aquí.
Aquellas palabras hicieron que Mara quedara completamente inmóvil. El miedo se reflejó de inmediato en su rostro. Poco a poco el color abandonó sus mejillas hasta dejarla completamente pálida. Sus labios comenzaron a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No... —susurró con la voz quebrada mientras retrocedía unos pasos—. No... él me encontró... No quiero morir... por favor... no quiero volver con ellos...
El pánico la paralizó por completo. Su respiración se volvió acelerada y las piernas apenas podían sostenerla. Alejandro llegó hasta ella en dos pasos y sujetó suavemente su rostro para obligarla a mirarlo.
—Mara... escúchame. Mientras yo esté contigo, nadie va a llevarte de regreso.
Ella intentó responder, pero el miedo no le permitía pronunciar palabra.
En ese mismo instante comenzaron a escucharse gritos provenientes de la planta baja.
—¡Viejo! ¡Habla de una vez! —rugió una voz llena de furia.
Un fuerte golpe sacudió el mostrador de recepción.
—Buscamos a una mujer de cabello castaño. Sabemos que está aquí. Si nos ocultas información, incendiaremos esta posada con todos ustedes adentro.
El anciano sintió que el corazón le golpeaba con fuerza el pecho. Miró brevemente a su esposa y ambos se entendieron sin necesidad de decir una sola palabra. Después de toda una vida juntos, bastaba una mirada para tomar una decisión.
—Sí... hay una pareja hospedada aquí... —respondió el anciano fingiendo un evidente nerviosismo.
El hombre sonrió con satisfacción.
—¿En qué habitación?
El viejo levantó lentamente una mano temblorosa y señaló hacia el final del pasillo del segundo piso.
—La última puerta de la derecha.
Era una habitación completamente vacía.
Sin detenerse a comprobar nada, los hombres subieron las escaleras a toda velocidad convencidos de que su presa seguía dormida.
Mientras tanto, Edmund se acercó a la ventana de la habitación y corrió discretamente las cortinas. Al mirar hacia el exterior encontró la única posibilidad de escape.
—No podremos salir por la puerta principal. Están rodeando toda la posada.
Alejandro observó el paisaje y enseguida descubrió un enorme roble cuyas ramas llegaban casi hasta la ventana.
—Ese árbol...
Edmund asintió.
—Es nuestra única oportunidad.
Sin perder un segundo, Alejandro tomó varias mantas gruesas de la cama y comenzó a anudarlas con fuerza, formando una improvisada cuerda. Después aseguró uno de los extremos alrededor de una pesada columna de madera que sostenía el techo de la habitación. Tiró varias veces para comprobar que resistiera el peso de dos personas.
—Primero bajarás tú, Mara.
Ella negó desesperadamente mientras las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas.
—No puedo... tengo miedo...
Alejandro volvió a acercarse a ella y tomó sus manos.
—Confía en mí. No voy a soltarte.
La seguridad en la voz del joven logró tranquilizarla apenas un poco. Él descendió primero por la cuerda improvisada hasta alcanzar una gruesa rama del roble. Desde allí levantó los brazos hacia ella.
—Ahora ven conmigo.
Con el corazón latiendo descontroladamente, Mara respiró profundamente y comenzó a bajar con movimientos torpes. En varias ocasiones estuvo a punto de resbalar, pero Alejandro la sostuvo firmemente por la cintura antes de que pudiera caer. Apenas sus pies tocaron la rama, ella se abrazó con fuerza a él, incapaz de contener el temblor de todo su cuerpo.
En ese preciso instante, un estruendo estremeció el segundo piso.
Los hombres de Mister Chio acababan de derribar de una patada la puerta de la habitación señalada por el anciano.
—¡Aquí no hay nadie! —gritó uno de ellos con furia.
Durante un segundo reinó un silencio absoluto.
Después se escuchó un rugido cargado de ira.
—¡Esos malditos ancianos nos engañaron!
Abajo, el anciano y su esposa permanecían frente a aquellos hombres sin bajar la cabeza. Sabían perfectamente que, cuando descubrieran la mentira, probablemente pagarían un alto precio. Sin embargo, ninguno de los dos mostró arrepentimiento. Si con aquel engaño lograban regalarles unos minutos de ventaja a Alejandro y Mara, estaban dispuestos a asumir las consecuencias.
Mientras tanto, ocultos entre las ramas del enorme roble, Alejandro abrazó con fuerza a Mara y comenzó a descender lentamente hacia el suelo. Todavía no estaban a salvo, pero habían conseguido lo más importante: escapar antes de que los hombres de Mister Chio encontraran la habitación correcta.