Los hombres de Mister Chio descendieron las escaleras con una furia descontrolada después de descubrir que la habitación estaba completamente vacía. El estruendo de sus botas retumbaba por toda la posada, mientras el líder del grupo llegó hasta la recepción y sujetó al anciano con violencia por el cuello de la camisa, obligándolo a inclinarse sobre el mostrador. Sus ojos estaban inyectados de rabia y la empuñadura de su espada descansaba amenazante sobre la cintura. La anciana soltó un grito de desesperación e intentó acercarse para defender a su esposo, pero uno de los matones la empujó bruscamente, haciéndola caer de rodillas. El anciano apenas podía respirar, pero aun así no apartó la mirada de aquel hombre. Sabía que una sola palabra podía condenar a Alejandro y a Mara.
—¡Viejo mentiroso! —rugió el líder apretando aún más su camisa—. ¿Dónde están? ¡Dímelo ahora o juro que convertiré esta posada en cenizas!
La anciana rompió en llanto.
—¡Por favor, no le hagan daño! ¡Somos solo dos ancianos!
El ambiente estaba a punto de estallar cuando una voz serena descendió desde la escalera principal.
—Si siguen perdiendo el tiempo aquí... jamás los alcanzarán.
Todas las miradas se dirigieron hacia el segundo piso. Edmund bajaba lentamente cada escalón con la tranquilidad de quien no siente miedo. El largo tapado negro seguía cubriendo su cuerpo y el sombrero ocultaba parte de su rostro, dándole la apariencia del mismo viajero misterioso que había llegado el día anterior. No apresuró el paso ni mostró la menor preocupación. Su calma contrastaba con la violencia que inundaba el salón.
El líder soltó al anciano y giró hacia él con evidente desconfianza.
—¿Y tú quién demonios eres?
Edmund detuvo sus pasos frente al último escalón.
—Solo un viajero... que alcanzó a ver hacia dónde escapó esa pareja.
El salón quedó completamente en silencio. Incluso los hombres de Mister Chio intercambiaron miradas entre ellos.
—Habla —ordenó el líder.
Edmund sostuvo su mirada sin titubear.
—Escaparon hace unos minutos por el sendero del norte. Montaban un caballo oscuro y cabalgaban con desesperación. Si salen ahora mismo, quizá todavía puedan alcanzarlos antes de que crucen el viejo puente de piedra.
El hombre lo observó fijamente durante varios segundos.
—¿Y por qué habría de creerte?
Edmund no perdió la serenidad.
—No tienes por qué hacerlo. Pero mientras estás aquí interrogándome, ellos siguen alejándose. Tú decides si continúas perdiendo el tiempo... o si regresas ante Mister Chio con una explicación de por qué dejaste escapar a la mujer que tanto busca.
Aquellas palabras golpearon directamente el orgullo del matón. Por un instante, la duda se reflejó en su rostro. Sabía perfectamente el castigo que recibían quienes fracasaban en una misión encomendada por Mister Chio.
Finalmente, lanzó una mirada cargada de desprecio hacia Edmund.
—Si descubro que me mentiste... volveré por ti.
Edmund apenas inclinó la cabeza.
—Entonces será mejor que no pierdas un segundo más.
El líder apretó los dientes con rabia, dio media vuelta y levantó la voz.
—¡Todos conmigo! ¡Al norte!
Los hombres abandonaron la posada a toda prisa. El estruendo de los cascos de sus caballos se fue alejando poco a poco hasta desaparecer por completo entre los caminos del bosque. Solo entonces el silencio regresó al viejo edificio.
El anciano cayó lentamente sobre una silla de madera. Sus manos temblaban sin control y respiraba con dificultad. La anciana corrió hacia él y lo abrazó con fuerza, incapaz de contener el llanto. Ambos habían estado convencidos de que aquella sería la última noche de sus vidas. Edmund esperó unos instantes antes de quitarse lentamente el sombrero.
—Ya pueden tranquilizarse. Se han ido en dirección contraria.
La anciana levantó el rostro aún cubierto de lágrimas.
—Gracias al cielo...
El detective los observó con profundo respeto. Aquellos dos ancianos habían arriesgado sus vidas sin pedir nada a cambio.
—Lo que hicieron esta noche jamás será olvidado.
El anciano respiró profundamente antes de responder.
—Solo intentamos proteger a esos muchachos. No podíamos entregarlos.
Edmund sonrió con gratitud.
—Han hecho mucho más que proteger a dos jóvenes.
Los esposos intercambiaron una mirada de desconcierto. Entonces el detective decidió revelar aquello que hasta ese momento había permanecido oculto.
—Es hora de que conozcan la verdad. El muchacho que ha estado ayudándolos a alimentar las ovejas, reparando cercas y compartiendo su mesa... no es un campesino.
El anciano frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Edmund dio un paso al frente.
—Su verdadero nombre es Alejandro. Es el heredero de la Corona... el único hijo de Su Majestad, el rey Jacob.
El tiempo pareció detenerse.
Los ojos del anciano se abrieron de par en par y permaneció inmóvil durante varios segundos. De pronto llevó una mano a su frente y una sonrisa de incredulidad apareció lentamente en su rostro.
—¡Lo sabía...! —exclamó con la voz temblorosa—. ¡Sabía que lo había visto en alguna parte! Desde el primer día había algo en él que no era propio de un campesino. Sus modales... su forma de hablar... la manera en que trataba a los demás... ¡Lo sabía!
La anciana llevó ambas manos a su pecho, completamente conmovida.
—¿Ese muchacho tan humilde... es el príncipe?
Edmund asintió lentamente.
—Así es. Y esta noche, sin saberlo, ustedes salvaron la vida del futuro rey de este reino.
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de la anciana.
—Nunca imaginé que el joven que reía mientras alimentaba a nuestras ovejas... fuera el hijo del rey.
Edmund volvió a colocarse el sombrero y recuperó la serenidad que siempre lo caracterizaba.
—Cuando todo esto termine, Su Majestad conocerá cada detalle de lo ocurrido. El rey jamás olvida a quienes protegen a su familia. Serán recompensados por su valentía. Pero, hasta ese día, les pido que mantengan este secreto. Cuantas menos personas conozcan la verdadera identidad del príncipe, mayores serán las posibilidades de mantenerlo a salvo.