El PrÍncipe Y La Prostituta

El camino de regreso

El bosque todavía permanecía cubierto por la neblina cuando Alejandro y Mara cabalgaban sin detenerse. El caballo avanzaba a buen ritmo entre los estrechos senderos de la montaña, mientras el aire frío de la madrugada golpeaba sus rostros. Mara viajaba delante de Alejandro, todavía aferrada a las riendas con manos temblorosas. Aunque habían logrado escapar de la posada, el miedo seguía instalado en su corazón. Cada crujido de las ramas, cada aullido lejano y cada sombra entre los árboles le hacían creer que los hombres de Mister Chio aparecerían en cualquier momento para llevarla de regreso.

Después de recorrer varias millas, Alejandro redujo la velocidad del caballo al llegar a un pequeño arroyo. El animal necesitaba beber agua y descansar unos minutos. Ambos descendieron en silencio. Mara se arrodilló junto a la orilla para lavar su rostro, intentando borrar las huellas del llanto de la noche anterior. Alejandro permaneció vigilando los alrededores hasta asegurarse de que no hubiera nadie siguiéndolos. Entonces recordó algo que Edmund había deslizado discretamente en la palma de su mano justo antes de escapar por la ventana de la posada.

Sacó del interior de su chaqueta un pequeño papel cuidadosamente doblado. Lo abrió con curiosidad y reconoció de inmediato la elegante caligrafía del detective.

"No puedes esconderla para siempre. Llévala al Palacio Molina. Allí encontrará respuestas que han permanecido ocultas durante quince años. Confía en mí. —Edmund."

Debajo del mensaje aparecía una dirección precisa y un pequeño mapa que indicaba el camino más seguro para llegar hasta el lugar. Alejandro permaneció pensativo durante unos instantes. Edmund jamás daba un paso sin haber estudiado cuidadosamente cada posibilidad. Si le estaba indicando aquel destino, era porque existía una razón muy poderosa detrás de esa decisión.

Guardó nuevamente el papel y caminó hasta donde se encontraba Mara.

—Debemos cambiar de rumbo.

Ella levantó la mirada con evidente incertidumbre.

—¿A dónde iremos ahora?

Alejandro sonrió con serenidad.

—A un lugar donde quizá encuentres las respuestas que llevas buscando desde hace muchos años.

Mara frunció ligeramente el ceño.

—Yo dejé de buscar respuestas hace mucho tiempo.

—Tal vez ellas nunca dejaron de buscarte a ti.

Aquellas palabras despertaron una extraña inquietud en el corazón de la joven. No comprendía el significado de aquella frase, pero por alguna razón decidió no hacer más preguntas. Volvieron a montar el caballo y retomaron el camino. A medida que avanzaban, el paisaje comenzó a cambiar. Los bosques dieron paso a extensos campos cubiertos de flores silvestres y, más adelante, aparecieron antiguos viñedos, molinos de piedra y enormes robles centenarios que anunciaban la cercanía de una de las regiones más prósperas del reino.

Horas después, al coronar una colina, una imponente construcción de piedra se alzó frente a sus ojos.

Mara quedó completamente quieta. A lo lejos se levantaba un majestuoso palacio rodeado de jardines perfectamente cuidados, altas murallas y fuentes de mármol que brillaban bajo la luz del sol. Sobre la entrada principal ondeaba un estandarte bordado con el escudo de la familia Molina.

Una extraña sensación recorrió todo su cuerpo. No entendía por qué, pero aquel lugar le resultaba inquietantemente familiar. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Imágenes confusas aparecieron en su mente: una niña corriendo entre rosales, una voz masculina riendo con ternura, unos brazos fuertes levantándola del suelo y una melodía que alguien solía tararearle antes de dormir.

Mara llevó una mano a su pecho.

—¿Qué... qué me está pasando?

Alejandro la observó con atención.

—¿Sucede algo?

Ella no podía apartar la vista del palacio.

—Siento... como si hubiera estado aquí antes... pero eso es imposible.

Alejandro guardó silencio. Sabía la verdad, pero todavía no era el momento de revelarla. Aquella decisión le correspondía a otra persona. Sin saberlo, Mara acababa de regresar al mismo lugar del que había sido arrancada cuando apenas era una niña. Y detrás de aquellas antiguas paredes la esperaba el hombre que, durante quince largos años, había vivido creyendo que su sobrina había desaparecido para siempre.

Su tío, Armando Molina.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.