El caballo se detuvo frente a los enormes portones de hierro del Palacio Molina. Dos guardianes, vestidos con brillantes armaduras y largas lanzas, dieron un paso al frente en cuanto divisaron a la pareja. Sus miradas recorrieron con desconfianza las ropas sencillas de Alejandro y el aspecto humilde de Mara. Aquel no era el tipo de personas que solían presentarse en la residencia de una de las familias más importantes del reino.
—¡Alto! —ordenó uno de los soldados con voz firme—. Identifíquense.
Alejandro descendió del caballo lentamente, procurando no hacer ningún movimiento brusco. Con absoluta serenidad levantó ambas manos a la altura de los hombros, demostrando que no llevaba armas ni tenía intención de enfrentarlos. Después dio un paso al frente y habló con el respeto que siempre lo caracterizaba.
—Venimos en son de paz. Solo deseamos hablar con el señor Armando Molina.
Los guardianes intercambiaron una mirada de desconfianza.
—¿Y quiénes son ustedes para solicitar una audiencia con el duque?
Alejandro sostuvo la mirada del hombre sin perder la calma.
—Eso prefiero decírselo únicamente a él.
Mara observaba toda la escena completamente confundida. Fruncía el ceño sin apartar la vista de Alejandro. No comprendía por qué la había llevado hasta aquel lugar ni por qué insistía tanto en hablar con un hombre al que ella ni siquiera conocía... o al menos eso era lo que creía.
El guardia volvió a examinar a Alejandro de pies a cabeza. No llevaba espada, daga ni arco. Sus manos estaban vacías y su actitud era demasiado tranquila para la de un enemigo.
Finalmente, hizo una señal con la cabeza a uno de sus compañeros.
—Ve a informar al señor Molina. Dile que hay una pareja solicitando verlo.
El joven guardia desapareció tras los enormes portones de hierro.
Los minutos transcurrieron lentamente. Dentro del palacio, Armando Molina se encontraba revisando unos antiguos documentos cuando uno de los soldados llamó a la puerta de su despacho.
—Mi señor...
—Adelante.
El guardia hizo una respetuosa reverencia.
—Hay una joven y un campesino esperando en la entrada principal. El hombre insiste en hablar únicamente con usted.
Armando dejó la pluma sobre el escritorio sin darle demasiada importancia.
—¿Dijeron sus nombres?
—No, mi señor.
El duque estuvo a punto de ordenar que los despidieran, pero una extraña inquietud recorrió su pecho. Era una sensación difícil de explicar, como si algo en aquella visita inesperada despertara un recuerdo enterrado durante muchos años.
Se levantó lentamente de su asiento.
—Hágalos pasar.
El guardia obedeció de inmediato.
Pocos minutos después, los enormes portones comenzaron a abrirse con un sonido grave que resonó por todo el patio principal. Alejandro volvió a montar el caballo y avanzó despacio junto a Mara. Ella permanecía completamente en silencio, observando cada rincón del lugar. Apenas cruzó la entrada, algo ocurrió dentro de ella. Sus ojos comenzaron a recorrer los jardines, las fuentes de piedra, los viejos robles, los balcones cubiertos de enredaderas y los largos pasillos que podían verse desde el patio interior.
Su respiración se hizo cada vez más agitada. Las imágenes comenzaron a regresar una tras otra. Una niña corriendo descalza entre aquellos jardines. Un hombre levantándola en brazos mientras reía. Una mujer peinando su cabello frente a un enorme espejo. Las tardes jugando a las escondidas entre las columnas. El aroma de las flores.
Las risas.
La felicidad.
Todo regresó de golpe.
Mara llevó una mano a su boca mientras las lágrimas inundaban sus ojos.
—Oh... Dios mío... —susurró con la voz quebrada.
Su cuerpo comenzó a temblar. Aquella no era la primera vez que estaba allí. Aquel había sido su hogar. En ese instante, una figura apareció al final del gran salón. Armando Molina descendía lentamente la escalinata principal acompañado por dos sirvientes. Su cabello comenzaba a teñirse de gris y los años habían marcado su rostro, pero conservaba la misma presencia imponente de siempre.
Al principio dirigió la mirada hacia Alejandro, creyendo que el joven campesino era quien solicitaba la audiencia. Debido a las ropas humildes y al aspecto sencillo con el que el príncipe viajaba desde hacía días, no encontró ninguna razón para pensar que se trataba del heredero del reino. Después sus ojos se posaron sobre la joven y el tiempo pareció detenerse, el color desapareció lentamente de su rostro; sus labios temblaron. Durante varios segundos fue incapaz de moverse. No podía creer lo que estaba viendo.
Aquellos mismos ojos...El mismo cabello castaño... La misma expresión que había visto por última vez cuando ella apenas era una niña. Su corazón comenzó a latir con una fuerza descomunal.
—...¿Elisa...? —susurró casi sin voz.
Mara levantó lentamente la mirada hacia él.
No recordaba su nombre. Pero sí recordaba aquel rostro. Las lágrimas comenzaron a caer sin control. Armando dio unos pasos inseguros hasta quedar frente a ella. Durante un instante temió estar soñando. Con manos temblorosas acarició delicadamente su mejilla, como si necesitara comprobar que era real.
—Elisa... —repitió con la voz completamente quebrada.
Sin poder contenerse un segundo más, la abrazó con todas sus fuerzas.
—¡Elisa... has vuelto a casa!