La noticia del regreso de Elisa se extendió por todo el Palacio Molina en cuestión de minutos. Los sirvientes corrían de un lado a otro preparando las habitaciones, encendiendo candelabros y desempolvando antiguos salones que llevaban años cerrados. Armando Molina no tardó en ordenar que se organizara un gran banquete aquella misma noche para celebrar el regreso de su sobrina. Los cocineros comenzaron a preparar los mejores platillos del reino, mientras las doncellas decoraban el enorme comedor con flores frescas y manteles bordados. Todo parecía una auténtica celebración, aunque en el fondo del corazón de Elisa existía un vacío que ninguna fiesta podía llenar.
Mientras los sirvientes trabajaban apresuradamente, Elisa caminaba lentamente por los amplios pasillos del palacio. Sus dedos acariciaban las paredes de piedra como si intentara recuperar los años que le habían sido robados. Cada cuadro, cada ventana y cada rincón despertaban recuerdos dormidos en lo más profundo de su memoria. Por un instante volvió a verse corriendo por aquellos corredores siendo apenas una niña, riendo mientras una voz masculina la perseguía con cariño. Una sonrisa apareció fugazmente en sus labios, pero desapareció casi de inmediato cuando una pregunta nació en su corazón.
Se volvió lentamente hacia Armando.
—¿Dónde está mi padre?
La expresión del duque cambió al instante. La alegría desapareció de su rostro y fue reemplazada por una tristeza que parecía cuidadosamente contenida. Bajó la mirada durante unos segundos antes de responder.
—Marcelo... nunca logró superar tu desaparición. Te buscó durante años sin descansar un solo día. Recorrió ciudades, pueblos y reinos enteros creyendo que todavía podía encontrarte. Pero el dolor terminó consumiéndolo. Hace algunos años sufrió un infarto... y falleció.
El silencio cayó sobre el salón.
Elisa cerró lentamente los ojos. Recordaba perfectamente a su padre. En su memoria seguía siendo aquel hombre que la levantaba en brazos, la hacía reír y le prometía que siempre la protegería. Había sido el mejor padre que una niña podía desear. Sin embargo, los años de sufrimiento habían endurecido tanto su corazón que ya no le quedaban lágrimas para llorar. Permaneció inmóvil unos instantes, respiró profundamente y volvió a abrir los ojos. Su expresión apenas cambió.
Armando la observó con cierta preocupación.
—Lamento mucho que hayas tenido que enterarte de esta manera.
Ella simplemente asintió en silencio. El duque decidió no insistir. Comprendía que quince años de dolor no desaparecían en un solo día. Finalmente, dirigió la mirada hacia Alejandro, que permanecía algunos pasos detrás de Elisa sin intervenir en la conversación. Vestía como un campesino cualquiera y mantenía la humildad que lo había acompañado desde que abandonó el castillo.
—Joven —dijo Armando acercándose a él—, estoy en deuda contigo por haber traído de regreso a mi sobrina. Ninguna riqueza podrá pagar semejante favor, pero me gustaría recompensarte. Mis hombres prepararán una bolsa con monedas de oro y un buen caballo para que puedas continuar tu camino.
Alejandro iba a responder con cortesía cuando una voz firme lo interrumpió.
—No.
Todos giraron hacia Elisa. Ella dio un paso al frente y sostuvo la mirada de su tío con una determinación que sorprendió incluso a los presentes.
—Él no irá a ninguna parte.
Armando arqueó ligeramente una ceja.
—¿Perdón?
—Alejandro me salvó la vida. Me protegió de esos asesinos que cazan mujeres para venderlas como mercancía. Arriesgó la suya por mí cuando no tenía ninguna obligación de hacerlo. Si hoy estoy aquí es gracias a él. No permitiré que lo despidan como si fuera un desconocido. Su voz sonó firme, casi como una orden. Durante unos segundos, el duque permaneció observándola en silencio. Finalmente dejó escapar una breve sonrisa.
—Está bien. Si ese es tu deseo, puede quedarse en el palacio el tiempo que considere necesario. Solo espero una cosa, muchacho.
Alejandro inclinó respetuosamente la cabeza.
—¿Cuál, señor?
—Que no seas un ratero. En esta casa abundan las joyas y los objetos de gran valor. Sería una pena tener que arrepentirme de haberte abierto las puertas.
Alejandro sonrió con tranquilidad.
—Puede estar seguro de que jamás tomaré algo que no me pertenezca.
Armando asintió satisfecho y se retiró para continuar con los preparativos del banquete. Sin embargo, Alejandro no apartó la mirada de él hasta verlo desaparecer por el largo corredor. Algo no terminaba de convencerlo. Las palabras del duque parecían sinceras, pero sus gestos contaban una historia diferente. Había percibido pequeños detalles: la manera en que evitaba sostener la mirada cuando hablaba del pasado, las breves pausas antes de responder ciertas preguntas y esa extraña tensión que aparecía en su rostro cuando mencionaban a Marcelo Molina.
Desde niño, Alejandro poseía un don muy particular. Su padre solía decir que tenía la capacidad de descubrir la mentira escondida detrás de una sonrisa. No sabía explicar cómo funcionaba, simplemente lo sentía. Y en ese momento, mientras observaba alejarse al tío de Elisa, aquella intuición volvió a despertarse con una intensidad que jamás le fallaba.
Algo ocultaba Armando Molina.
Y Alejandro estaba decidido a descubrir qué era.