El PrÍncipe Y La Prostituta

Un nuevo comienzo

La joven llamada Mara parecía haber quedado atrás para siempre. Al cruzar nuevamente las puertas del Palacio Molina, los recuerdos regresaron uno tras otro hasta reconstruir la identidad que el tiempo y el sufrimiento le habían arrebatado. Ya no era la muchacha que sobrevivía en las calles ocultando su verdadero nombre. Desde aquel instante volvía a ser Elisa Molina, la hija del duque Marcelo Molina y heredera de una historia que jamás debió serle robada. Aun así, dentro de ella seguían viviendo las cicatrices de Mara. El nombre había cambiado, pero sanar el alma llevaría mucho más tiempo.

Varias doncellas la condujeron hasta sus antiguos aposentos, los cuales habían permanecido cerrados durante años por orden de su padre. Al abrir las ventanas, la luz de la tarde inundó la habitación, revelando muebles cubiertos con delicados lienzos blancos y juguetes de madera que parecían haber permanecido intactos, esperando su regreso. Las jóvenes comenzaron a preparar un baño perfumado con pétalos de rosas y lavanda. Después desenredaron con paciencia su largo cabello castaño, lo peinaron con elegancia y vistieron su cuerpo con un refinado vestido color marfil, bordado con hilos dorados que resaltaban la delicadeza de su figura. También colocaron sobre su cuello un discreto collar de perlas que había pertenecido a su madre.

Cuando todo estuvo listo, las doncellas se apartaron en silencio para permitirle contemplarse frente al enorme espejo de cuerpo entero que ocupaba una de las paredes de la habitación. Elisa permaneció inmóvil durante largos segundos. La mujer reflejada en el cristal le resultaba completamente desconocida. La joven de mirada apagada y ropas desgastadas había desaparecido. En su lugar se encontraba una dama de extraordinaria belleza, elegante y distinguida, con una presencia que parecía propia de una diosa. Lentamente levantó una mano para tocar su propio reflejo, incapaz de reconocer a aquella mujer.

—¿De verdad... soy yo? —susurró con la voz apenas audible.

Sus ojos comenzaron a humedecerse. No lloraba por el vestido ni por las joyas. Lloraba porque, por primera vez en muchos años, el espejo no le devolvía la imagen de una mujer rota, sino la de alguien que aún tenía una oportunidad para volver a empezar.

Mientras tanto, en otra ala del palacio, un grupo de sirvientes presentó ante Alejandro varios trajes confeccionados con las mejores telas del reino. Eran prendas reservadas para invitados distinguidos y nobles de alto rango. Sin embargo, el joven observó cada una de ellas y negó amablemente con la cabeza.

—Les agradezco su amabilidad, pero prefiero algo más sencillo.

Los sirvientes intercambiaron miradas de desconcierto.

—Señor, son órdenes del duque. Desea que vista apropiadamente para el banquete.

Alejandro sonrió con humildad.

—Entonces díganle que le agradezco el gesto, pero me siento más cómodo con la ropa de un trabajador.

Finalmente, uno de los criados le entregó unas prendas similares a las que utilizaban los sirvientes del palacio. Alejandro se cambió sin dudarlo. Aquella ropa era mucho más acorde con el papel que había decidido interpretar. Mientras menos llamara la atención, más fácil le resultaría proteger a Elisa sin revelar que era el heredero del reino.

Antes de abandonar la habitación, uno de los mayordomos se volvió hacia él.

—Disculpe, joven. El duque me pidió registrar correctamente el nombre de todos los invitados. ¿Podría decirme su nombre completo?

Alejandro hizo una breve pausa.

No podía utilizar el apellido de la familia real.

Miró al hombre con absoluta serenidad y respondió sin titubear:

—Mi nombre es Alejandro... Alejandro Montenegro.

El mayordomo anotó el nombre en un pequeño libro sin sospechar absolutamente nada.

—Perfecto, señor Montenegro. El banquete comenzará al anochecer.

Cuando el hombre se marchó, Alejandro dejó escapar un lento suspiro. Aquella identidad improvisada acababa de convertirse en su único escudo. Hasta que llegara el momento oportuno, seguiría siendo un simple campesino llamado Alejandro Montenegro, ocultando bajo unas ropas humildes el mayor secreto de todo el reino.

Desde la ventana de su habitación levantó la mirada hacia el cielo, donde las primeras estrellas comenzaban a aparecer. Intuía que su verdadera prueba apenas estaba por comenzar. Había conseguido devolver a Elisa al lugar que siempre le perteneció, pero cada minuto que permanecía dentro de aquel palacio fortalecía una sospecha que no dejaba de crecer en su interior.

Algo ocultaba Armando Molina.

Y estaba decidido a descubrirlo antes de que fuera demasiado tarde.




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