El PrÍncipe Y La Prostituta

El banquete del reencuentro

Al caer la noche, el Palacio Molina resplandecía como en sus mejores tiempos. Decenas de candelabros iluminaban los largos pasillos de mármol, mientras el gran salón principal había sido adornado con arreglos florales, tapices antiguos y una mesa tan extensa que parecía no tener fin. Sobre ella descansaban los mejores manjares del reino: carnes asadas, panes recién horneados, frutas frescas, quesos finos y copas de cristal preparadas para recibir a los invitados. Los sirvientes caminaban de un lado a otro ultimando cada detalle, pues el duque Armando había ordenado que aquella velada fuera digna del regreso de la legítima heredera de la familia Molina.

Uno a uno comenzaron a llegar los nobles de la región, los terratenientes más influyentes y viejos amigos de la familia. Todos deseaban conocer con sus propios ojos a la joven cuya desaparición había sido uno de los mayores misterios del reino durante quince años. Las conversaciones se apagaron por completo cuando las enormes puertas del salón se abrieron lentamente. Elisa apareció del brazo de una de las doncellas.

Un murmullo de admiración recorrió el salón.

La joven descendía la escalera principal con una elegancia natural que ni los años de sufrimiento habían conseguido arrebatarle. El vestido color marfil realzaba su belleza, mientras su largo cabello caía en delicadas ondas sobre sus hombros. Nadie habría imaginado que aquella mujer había sobrevivido al peor de los infiernos. Su porte era el de una auténtica dama de la nobleza.

—Es idéntica a su madre... —susurró una anciana noble.

—Y tiene los mismos ojos de Marcelo... —comentó otro invitado.

Armando sonreía orgulloso mientras observaba a su sobrina ocupar el lugar que siempre le había pertenecido. Sin embargo, entre todos aquellos rostros elegantes había uno que contrastaba con el resto.

Alejandro.

Vestía las mismas prendas sencillas que utilizaban los sirvientes del palacio. Permanecía discretamente cerca de una columna, observando el salón en silencio. No buscaba llamar la atención ni ocupar un lugar privilegiado. Su única preocupación era permanecer lo suficientemente cerca para proteger a Elisa si llegaba a ser necesario.

Algunos nobles comenzaron a mirarlo con evidente desprecio.

—¿Quién permitió entrar a un sirviente durante el banquete? —susurró uno de ellos.

—Quizá sea un nuevo criado del duque.

—Tiene demasiada confianza para ser un simple empleado.

Alejandro escuchaba aquellos comentarios sin inmutarse. Las críticas jamás le habían importado. Su padre le había enseñado que el verdadero valor de un hombre no dependía de la ropa que vestía, sino de las acciones que realizaba. Mientras tanto, Elisa recorría el salón saludando a los invitados, aunque sus ojos parecían buscar a una sola persona.

Finalmente lo encontró.

Alejandro permanecía apartado, como si quisiera desaparecer entre la multitud. Sin pensarlo dos veces, Elisa cambió de dirección y caminó directamente hacia él. Los presentes observaron la escena con sorpresa. La heredera de los Molina acababa de ignorar a varios nobles para dirigirse hacia un supuesto campesino.

Al llegar frente a él, sonrió con una dulzura que nadie le había visto durante toda la noche.

—¿Por qué estás aquí tan apartado?

Alejandro respondió con una leve sonrisa.

—Este no es mi lugar.

Ella negó despacio.

—Sí lo es.

Tomándolo suavemente del brazo, lo condujo hasta la mesa principal. Todos los invitados quedaron desconcertados. Armando también observó la escena. Sonrió con aparente naturalidad, aunque por dentro analizaba cuidadosamente la cercanía entre ambos.

Elisa hizo que Alejandro ocupara un asiento junto al suyo.

—Si yo estoy aquí es gracias a él, entonces merece sentarse a mi lado.

Ninguno de los presentes se atrevió a discutir la decisión.

Alejandro tomó asiento con serenidad, pero su atención no estaba puesta en el banquete. Mientras los músicos comenzaban a interpretar una melodía y los invitados levantaban sus copas para brindar por el regreso de Elisa Molina, él observaba discretamente a Armando.

Había algo que seguía sin encajar.

El duque sonreía, conversaba con los invitados y celebraba el regreso de su sobrina, pero, cada cierto tiempo, desviaba la mirada hacia un hombre de cabello canoso que permanecía al fondo del salón. Apenas duraba un segundo, casi imperceptible para cualquiera.

Para cualquiera...

Excepto para Alejandro.

Los dos intercambiaron un leve movimiento de cabeza.

Fue un gesto diminuto.

Demasiado pequeño para llamar la atención de los demás. Pero suficiente para despertar aún más las sospechas del joven príncipe. Sin que nadie lo advirtiera, el banquete apenas acababa de comenzar... y Alejandro estaba convencido de que, entre aquellas paredes, alguien escondía un secreto mucho más peligroso de lo que imaginaba.




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