El PrÍncipe Y La Prostituta

Un huésped incómodo

El banquete se prolongó durante varias horas entre brindis, música y conversaciones que celebraban el regreso de Elisa Molina. Poco a poco, los invitados comenzaron a retirarse del gran salón, mientras los sirvientes recogían la vajilla de plata y apagaban parte de los candelabros. Elisa fue acompañada por las doncellas hasta sus aposentos para que pudiera descansar después de un día cargado de emociones. Antes de marcharse, buscó con la mirada a Alejandro y le regaló una sonrisa sincera que él respondió inclinando levemente la cabeza. Aquello no pasó desapercibido para Armando.

El duque observó cómo su sobrina desaparecía por el pasillo y esperó pacientemente hasta asegurarse de que ya no pudiera escuchar ninguna conversación. Solo entonces caminó con tranquilidad hacia Alejandro.

—Joven Montenegro, ¿podría acompañarme un momento? Me gustaría hablar con usted.

Alejandro aceptó sin oponer resistencia.

Ambos recorrieron un largo corredor iluminado únicamente por antorchas hasta llegar a una pequeña biblioteca privada. Armando cerró la puerta con cuidado y permaneció unos instantes en silencio, como si estuviera escogiendo cuidadosamente cada palabra.

—Quiero comenzar agradeciéndole una vez más todo lo que hizo por mi sobrina. Le estaré agradecido el resto de mi vida.

—No tiene nada que agradecer, señor. Cualquiera habría hecho lo mismo.

Armando sonrió con aparente cordialidad.

—Lamentablemente, no todos poseen un corazón tan noble como el suyo.

Se acercó a una pequeña mesa de madera donde descansaba un cofre. Lo abrió lentamente y dejó ver varias bolsas repletas de monedas de oro.

—Aquí hay una recompensa digna de un hombre valiente. También puedo entregarle una pequeña propiedad con tierras fértiles y animales para que jamás vuelva a pasar necesidades. Tendrá una vida tranquila y cómoda.

Alejandro comprendió inmediatamente el verdadero propósito de aquella conversación.

No era un gesto de gratitud.

Era una despedida.

—Es una oferta muy generosa —respondió con calma.

Armando apoyó ambas manos sobre el bastón que llevaba consigo.

—Creo que ya ha cumplido con su misión. Elisa está en casa, rodeada de personas que la protegerán. Ya no necesita seguir aquí. Alejandro sostuvo su mirada sin alterarse.

—¿Está seguro de eso?

El duque mantuvo la sonrisa, aunque sus ojos perdieron algo de calidez.

—Por supuesto. Este es uno de los palacios más seguros del reino.

—Entonces me alegra escucharlo.

Armando dio un paso más hacia él.

—Mañana al amanecer tendrá preparados los caballos y la recompensa. Estoy seguro de que comprenderá que mi sobrina necesita comenzar una nueva vida sin seguir aferrándose al pasado.

Alejandro guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Con todo respeto, señor, no puedo aceptar.

La expresión del duque apenas cambió, pero la decepción cruzó fugazmente su rostro.

—¿Puedo saber por qué?

—Porque le prometí a Elisa que no la abandonaría mientras ella me necesitara. Mi palabra vale más que cualquier bolsa de oro. Las facciones de Armando se endurecieron por un instante, aunque recuperó enseguida su amabilidad.

—Es un hombre de principios. Eso es digno de admiración.

Sin embargo, por dentro comenzaba a impacientarse.

Aquel campesino era mucho más difícil de apartar de lo que había imaginado.

—No quisiera que mi sobrina desarrollara un apego innecesario hacia usted —comentó con aparente naturalidad—. Después de todo, pertenecen a mundos diferentes.

Alejandro sonrió con serenidad.

—Eso deberá decidirlo ella, no nosotros.

Aquellas palabras dejaron a Armando sin respuesta durante unos segundos. Comprendió que insistir solo despertaría sospechas, especialmente si Elisa llegaba a enterarse.

Por eso cambió de estrategia.

—Tiene razón. Quizá me precipité. Considere mi ofrecimiento como una simple muestra de gratitud. Las puertas del palacio permanecerán abiertas para usted mientras mi sobrina así lo desee.

—Se lo agradezco.

La conversación terminó con un respetuoso intercambio de inclinaciones de cabeza. Alejandro abandonó la biblioteca con la misma tranquilidad con la que había entrado. En cuanto la puerta se cerró detrás de él, la sonrisa de Armando desapareció por completo.

Su rostro adquirió una expresión fría y calculadora.

Se acercó lentamente a la ventana y observó la silueta de Alejandro perderse por el jardín.

—Eres más inteligente de lo que aparentas... —murmuró para sí.

Apretó con fuerza el bastón entre sus manos.

—Pero no pienso permitir que permanezcas demasiado tiempo.

Por primera vez desde el regreso de su sobrina, el verdadero pensamiento de Armando comenzaba a salir a la superficie. No podía expulsar a Alejandro por la fuerza sin despertar las sospechas de Elisa.

Tendría que encontrar una forma mucho más elegante.

Y, sobre todo...

Que pareciera decisión del propio Alejandro marcharse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.