Los primeros rayos del sol apenas comenzaban a iluminar los extensos jardines del Palacio Molina cuando Alejandro ya se encontraba despierto. Mientras la mayoría de los habitantes del palacio continuaban descansando, él había tomado unas tijeras de podar y una pequeña pala para ayudar a los jardineros con las labores de la mañana. Siempre había disfrutado trabajar con la tierra. Desde niño, el rey Jacob le había enseñado que ningún hombre debía avergonzarse del trabajo honrado, sin importar la corona que llevara sobre la cabeza. Por eso, mientras recortaba con cuidado los rosales y retiraba las malas hierbas que crecían alrededor de las fuentes, lo hacía con una tranquilidad que pocos príncipes habrían conocido.
Los jardineros lo observaban con curiosidad. Aquel joven, que según todos era un simple campesino, trabajaba con dedicación, saludaba con humildad y nunca esperaba que los demás hicieran el esfuerzo por él. Más de uno comenzó a sentir simpatía por Alejandro Montenegro, sin imaginar que estaban compartiendo la mañana con el futuro rey del reino.
Desde una de las ventanas del segundo piso, Elisa contemplaba la escena con una sonrisa discreta. Vestía un sencillo vestido azul claro, mucho menos ostentoso que el del banquete de la noche anterior. Había pedido a las doncellas que no la arreglaran demasiado; después de tantos años de vivir entre lujos inexistentes, todavía se sentía incómoda vistiendo como una noble. Permaneció algunos minutos observando a Alejandro trabajar hasta que, impulsada por un deseo que no pudo contener, bajó las escaleras y salió al jardín.
Alejandro levantó la vista al escuchar unos pasos sobre el sendero de piedra.
—Buenos días —saludó con una sonrisa.
—Buenos días.
Durante un instante permanecieron mirándose en silencio. Ya no existía la tensión de los primeros encuentros. Entre ellos comenzaba a nacer una confianza que ninguno de los dos podía explicar.
Elisa sonrió con cierta picardía.
—¿Quieres venir conmigo?
Alejandro dejó las herramientas a un lado.
—¿A dónde?
Ella señaló hacia el extremo más alejado del inmenso jardín, donde se extendía un pequeño bosque de robles centenarios.
—Hay un lugar que solía ser mi escondite favorito cuando era niña. Quiero volver a verlo... pero no quiero ir sola.
Alejandro aceptó sin dudar.
—Será un placer acompañarte.
Ambos comenzaron a caminar entre los senderos cubiertos de flores silvestres. Mientras avanzaban, Elisa iba recordando pequeños fragmentos de su infancia. Señalaba un viejo columpio donde solía jugar con su padre, una fuente donde lanzaba monedas pidiendo deseos y un enorme roble bajo cuya sombra Marcelo Molina le contaba historias antes del atardecer.
Finalmente llegaron al árbol más grande de toda la propiedad.
Entre sus gruesas ramas permanecía una antigua casa de madera, algo desgastada por el paso del tiempo, pero todavía firme. Una pequeña escalera de cuerda colgaba hasta el suelo.
Los ojos de Elisa brillaron de emoción.
—¡Sigue aquí!
Sin importarle las normas de etiqueta que las doncellas intentaban enseñarle desde su regreso, tomó la escalera con ambas manos y comenzó a subir con la misma agilidad que cuando era una niña.
Alejandro no pudo evitar reír.
—Parece que algunas cosas nunca cambian.
Ella asomó la cabeza desde arriba.
—¿Vas a quedarte ahí abajo o piensas acompañarme?
—Ya voy.
Subió tras ella hasta llegar a la pequeña plataforma de madera. El interior conservaba algunos muebles diminutos, una vieja manta y varias figuras talladas sobre las paredes.
Elisa recorrió con los dedos uno de aquellos grabados.
Había dos nombres escritos con letra infantil.
"Elisa y papá".
Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque esta vez eran diferentes. No nacían del dolor, sino del cariño que todavía conservaba por los pocos recuerdos felices de su infancia. Alejandro permaneció en silencio, respetando aquel momento.
Desde la distancia, oculto entre los árboles, otro hombre observaba cada uno de sus movimientos. Era Leonardo, el hombre de mayor confianza de Armando Molina desde hacía más de quince años. Había servido a la familia con absoluta lealtad y cumplía todas las órdenes del duque sin hacer preguntas.
Aquella misma mañana, Armando lo había llamado a su despacho.
—No le quites los ojos de encima a ese muchacho —le había ordenado con voz firme—. Quiero saber adónde va, con quién habla y qué hace a cada momento. No intervengas... solo obsérvalo. Y si descubres algo fuera de lo común, vienes a informármelo inmediatamente.
—Así será, mi señor.
Ahora, oculto entre la vegetación, Leonardo contemplaba cómo Alejandro y Elisa conversaban y reían dentro de la vieja casa del árbol.
Entrecerró los ojos.
Aquel supuesto campesino despertaba demasiadas preguntas.
Y estaba dispuesto a descubrir quién era en realidad.