Dentro de la pequeña casa del árbol, el tiempo parecía haberse detenido. Por unos instantes, Elisa olvidó todo lo que había vivido, olvidó el miedo, las heridas del pasado y los años que le habían sido arrebatados. Solo existía aquel lugar lleno de recuerdos y la compañía del hombre que había llegado a su vida cuando más perdida se encontraba.
Alejandro permanecía sentado frente a ella, escuchando cada historia que Elisa recordaba de su infancia. La observaba con una sonrisa tranquila mientras ella hablaba de su padre, de los juegos que inventaba de niña y de los sueños que alguna vez tuvo antes de que todo cambiara.
Había algo en esa mujer que lo cautivaba profundamente. No veía a la joven marcada por el dolor que otros habían creado, sino a la mujer fuerte que había sobrevivido a pesar de todo. Elisa dejó de hablar lentamente y se quedó mirándolo.
Por un instante, sus ojos se perdieron en aquel azul intenso que parecía transmitirle una paz que nunca antes había conocido. Era extraño, porque había conocido muchos hombres a lo largo de su vida, hombres que solo habían visto su belleza como algo que podían poseer, pero Alejandro era diferente.
Él la miraba como si fuera mucho más que su apariencia.
Como si realmente pudiera ver su alma.
Sin darse cuenta, Elisa levantó una mano y acarició suavemente su rostro. Sus dedos recorrieron su mejilla con delicadeza, mientras Alejandro permanecía completamente sorprendido por aquel gesto inesperado.
Ella sonrió con una ternura que pocas veces había mostrado.
—Alejandro... eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Él bajó ligeramente la mirada, conmovido por sus palabras.
—Eres como un ángel guardián que me enviaron desde el cielo —susurró Elisa—. Llegaste cuando yo ya no creía que alguien pudiera preocuparse por mí.
Aquellas palabras tocaron una parte profunda del corazón de Alejandro. El príncipe, que había enfrentado entrenamientos, responsabilidades y decisiones difíciles desde muy joven, se encontró sin palabras frente a algo tan sencillo como la gratitud de una mujer que solo necesitaba sentirse protegida y valorada.
Una sonrisa dulce apareció en su rostro y, por primera vez en mucho tiempo, permitió que Elisa viera al hombre detrás de la imagen de fortaleza que siempre mostraba.
Sus mejillas tomaron un ligero color mientras intentaba ocultar la emoción.
—Elisa... no sabes cuánto significa para mí escuchar eso.
Ella lo observó con curiosidad al notar su reacción.
—¿Te estás sonrojando?
Alejandro soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
—Tal vez.
Elisa sonrió divertida.
—Nunca imaginé que un hombre como tú pudiera avergonzarse por un simple cumplido.
—Supongo que incluso los hombres que intentan ser fuertes tienen momentos donde no saben qué decir.
Elisa bajó la mirada, abrazando sus propias manos.
Desde que había regresado al palacio, no se sentía como una mujer perdida intentando recuperar una vida que le habían quitado.
Se sentía simplemente como Elisa.
Y una parte de ella comenzaba a preguntarse si aquel hombre que había llegado como un extraño realmente era la respuesta a todas sus oraciones.
Sin embargo, ninguno de los dos notó que desde la distancia alguien seguía observándolos. Leonardo permanecía oculto entre los árboles, cumpliendo las órdenes de Armando, había visto suficiente para comprender que la relación entre ellos era mucho más cercana de lo que el duque imaginaba. Y sabía que aquella información cambiaría muchas cosas dentro del Palacio Molina.