Ella bajó lentamente la mano, pero la conexión entre ambos permaneció intacta. Por unos instantes, aquel pequeño refugio construido entre las ramas parecía existir al margen del mundo, como si el dolor, el miedo y los recuerdos que tanto los habían perseguido no pudieran alcanzarlos allí. Sin embargo, aquella paz se quebró de improviso cuando un leve crujido de madera resonó bajo el árbol. Fue un sonido casi imperceptible, insignificante, pero suficiente para que Alejandro reaccionara al instante. No hizo ningún movimiento brusco ni permitió que la alarma se reflejara en su rostro; simplemente dirigió la mirada hacia el lugar de donde había provenido el ruido. Su instinto, agudizado por años de preparación, le confirmó de inmediato lo que sospechaba: no estaban solos. Entre la espesura alcanzó a distinguir una sombra que se ocultó con rapidez tras el tronco de un árbol. Era Leonardo, el hombre de confianza de Armando. Había cometido un pequeño descuido al apoyarse sobre una vieja rama, y ese error bastó para delatar su presencia. Alejandro comprendió enseguida que estaban siendo vigilados, aunque decidió guardar silencio. No pensaba inquietar a Elisa con sospechas que aún no podía demostrar. Después de todo lo que ella había sufrido, después de tantos años viviendo con miedo y de haber recuperado apenas una parte de la paz al volver a aquel lugar, no sería él quien destruyera esa frágil tranquilidad.
Alejandro apartó la vista del bosque y volvió a mirarla con la misma serenidad de siempre. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios mientras intentaba desviar cualquier preocupación.
—Parece que este árbol todavía guarda muchos secretos.
Elisa sonrió con dulzura, completamente ajena a la presencia del espía.
—Sí... aquí fui feliz.
Aquellas sencillas palabras conmovieron profundamente a Alejandro. En su voz no solo escuchó la nostalgia de una mujer adulta, sino también el eco de la niña que un día corría entre aquellos jardines creyendo que nada malo podría ocurrirle. Esa niña le parecía todavía viva, escondida detrás de las heridas que la vida le había impuesto, esperando una oportunidad para volver a sonreír sin miedo.
Cuando descendieron de la casa del árbol y emprendieron el camino de regreso al palacio, Elisa continuó recordando pequeños fragmentos de su infancia, señalando rincones que poco a poco despertaban en su memoria. Alejandro la escuchaba con atención y respondía a sus comentarios con naturalidad, pero su mente trabajaba en otra dirección. La conversación de la noche anterior con Armando volvió una y otra vez a sus pensamientos. Primero había intentado apartarlo del palacio ofreciéndole una generosa recompensa y, ahora, enviaba a un hombre para seguir cada uno de sus movimientos. Demasiadas coincidencias para ser simples casualidades. El duque ocultaba algo, de eso ya no tenía dudas. Aunque todavía carecía de pruebas para desenmascararlo, su intuición rara vez se equivocaba.
Mientras caminaba junto a Elisa, tomó una decisión que no pensaba cambiar. No podía revelarle sus sospechas; ella acababa de recuperar el hogar y la familia que creyó perdidos para siempre, y arrebatarle esa esperanza sin evidencias sería tan cruel como irresponsable. Pero tampoco pensaba abandonarla. Aunque tuviera que seguir ocultando que era el heredero al trono y continuar fingiendo ser un humilde campesino, permanecería a su lado el tiempo que fuera necesario. Ya no solo debía protegerla de los enemigos que acechaban fuera del palacio. Ahora estaba convencido de que el verdadero peligro podía encontrarse dentro de aquellas mismas paredes.