El PrÍncipe Y La Prostituta

El plan de Armando

La pesada puerta del despacho se cerró con discreción tras la entrada de Leonardo. El hombre avanzó unos pasos y realizó una respetuosa inclinación de cabeza ante el duque Armando Molina, quien permanecía de pie junto al amplio ventanal con las manos entrelazadas a la espalda. Su mirada estaba perdida en los extensos jardines del palacio, aunque en realidad esperaba con impaciencia el informe de su hombre de mayor confianza.

—¿Y bien? —preguntó sin apartar la vista del exterior—. ¿Qué averiguaste?

Leonardo levantó lentamente la cabeza.

—Los seguí durante toda la mañana, tal como usted me ordenó. Pasaron varias horas en la antigua casa del árbol. Conversaron, rieron... y la señorita Elisa parece confiar plenamente en ese joven. Incluso noté que existe un fuerte vínculo emocional entre ellos.

Aquellas palabras hicieron que el semblante de Armando se endureciera.

—Continúa.

—Él permanece siempre atento a cuanto ocurre a su alrededor. Sospecho que descubrió que lo estaba vigilando. No dijo nada ni alertó a la señorita Elisa, pero estoy convencido de que percibió mi presencia.

El duque guardó silencio durante unos instantes. Su rostro permanecía sereno, aunque por dentro comenzaba a inquietarse. Finalmente dio media vuelta y fijó sus ojos en Leonardo.

—Ese muchacho no me inspira ninguna confianza.

Caminó lentamente hasta su escritorio y apoyó ambas manos sobre la madera.

—Quiero que se aleje de Elisa... cuanto antes.

Leonardo esperó las siguientes instrucciones sin pronunciar una sola palabra.

—Pero escucha bien —continuó Armando con voz firme—. No quiero escándalos, ni violencia, ni una sola sospecha que pueda llegar a los oídos de mi sobrina o del personal del palacio. Ese joven está empezando a ganarse la confianza de los sirvientes, de los jardineros... incluso de los guardias. Mientras más tiempo permanezca aquí, más difícil será apartarlo.

Leonardo asintió con respeto.

—Entiendo, mi señor.

—Encuentra una manera elegante de deshacerte de él. Haz que parezca una decisión suya. Quiero verlo fuera de este palacio sin que nadie pueda señalarme después.

—Así será.

El hombre realizó una nueva reverencia y abandonó el despacho en absoluto silencio.

Armando volvió a quedarse solo. Caminó nuevamente hasta el ventanal y contempló los jardines con una expresión imposible de descifrar. A simple vista parecía un hombre preocupado por el bienestar de su sobrina, pero detrás de aquella máscara de cortesía comenzaban a esconderse intenciones mucho más oscuras.

Mientras tanto, completamente ajenos a la conversación que acababa de tener lugar en el interior del palacio, Alejandro y Elisa disfrutaban de una tarde tranquila en los jardines. Sentados bajo la sombra de un frondoso roble, compartían una mesa donde reposaba una delicada tetera de porcelana, pequeñas masas recién horneadas y frutas de temporada. Elisa reía con una naturalidad, mientras Alejandro, con su habitual serenidad, respondía a cada una de sus bromas.

—Sigues diciendo que eres campesino —comentó ella entre risas—, pero preparas el té mejor que las doncellas del palacio.

Alejandro levantó una ceja con fingida solemnidad.

—Eso es porque las doncellas nunca tuvieron un maestro tan exigente como el mío.

—¿Y quién fue ese maestro?

Él sonrió con picardía.

—Un anciano muy terco... que decía que un hombre debía aprender a valerse por sí mismo.

Elisa soltó una carcajada sincera.

—Entonces debo agradecerle a ese anciano. Gracias a él puedo disfrutar del mejor té del palacio.

Ambos continuaron riendo y molestándose con inocencia, sin imaginar que, a pocos metros de allí, alguien ya había recibido la orden de separarlos. Mientras ellos comenzaban a construir una historia marcada por la confianza y el cariño, en el corazón del palacio empezaba a tejerse un plan silencioso que amenazaba con destruir todo aquello que apenas comenzaba a florecer.




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