El PrÍncipe Y La Prostituta

La preocupación de un padre

Al caer la noche, mientras los últimos rayos del sol desaparecían lentamente detrás del horizonte, el rey Jacob permanecía en la soledad de su despacho, rodeado de documentos y responsabilidades que aquella noche parecían no tener importancia. Desde que Edmund le había informado que Alejandro había llegado hasta las residencias del duque Molina, una parte de su angustia había disminuido. Saber que su hijo se encontraba en un lugar seguro, bajo la protección de una familia noble y lejos de los peligros del camino, le había permitido respirar con algo más de tranquilidad.

Sin embargo, una extraña inquietud comenzó a apoderarse de su corazón. Era una sensación difícil de explicar, un presentimiento que no podía ignorar a pesar de todos sus intentos por mantenerse sereno. Jacob conocía demasiado bien a su hijo; sabía que Alejandro era valiente, inteligente y capaz de enfrentar grandes desafíos, pero también conocía la nobleza que habitaba en su alma. El príncipe siempre había tenido la costumbre de ponerse en el lugar de los demás, de proteger a quienes sufrían y de cargar con problemas que muchas veces no le correspondían.

Desde la pérdida de la reina Elizabeth, Alejandro se había convertido en la razón que mantenía unido su corazón. Ambos habían aprendido a seguir adelante compartiendo el mismo dolor y sosteniéndose mutuamente con el amor que aún conservaban por aquella mujer que marcó sus vidas. Por eso, la ausencia del joven príncipe no era simplemente la falta de un heredero en el castillo; era un vacío que se percibía en cada rincón de aquel lugar.

Los pasillos parecían más silenciosos, los jardines carecían de la energía que Alejandro llevaba consigo y hasta los sirvientes habían notado que algo era diferente. Su risa, sus conversaciones y la forma en que trataba a todos con humildad eran cosas que se habían vuelto parte de la vida cotidiana del reino.

Jacob se acercó lentamente al ventanal de su despacho y contempló las luces lejanas de la ciudad. Su mirada permaneció perdida durante varios segundos mientras sostenía entre sus manos el último informe enviado por Edmund.

—¿Dónde estarás, hijo mío? —susurró con preocupación.

El rey confiaba plenamente en las capacidades de Alejandro, pero ningún conocimiento, experiencia o poder podía apagar el temor de un padre cuando se trataba de la persona que más amaba en el mundo. Sabía que su hijo jamás tomaría una decisión sin un motivo importante, y también sabía que si permanecía junto a Elisa Molina era porque había visto en ella algo que despertó su deseo de protegerla.

Jacob bajó la mirada hacia el documento que descansaba sobre el escritorio. Las palabras de Edmund eran tranquilizadoras, pero aun así había algo que no lograba apartar de su mente. Una sensación persistente le decía que el camino de Alejandro no sería tan sencillo como esperaba.

—Ten cuidado, Alejandro... —murmuró con tristeza—. Tu corazón siempre ha sido tu mayor virtud, pero también puede llevarte hacia peligros que otros no se atreverían a enfrentar.

Mientras el príncipe luchaba por proteger a Elisa de amenazas que comenzaban a rodearla, su padre permanecía en el castillo esperando el día en que volvería a escuchar sus pasos recorriendo los antiguos corredores.

Porque aunque Jacob era un rey con la responsabilidad de gobernar todo un reino, antes que cualquier título o corona, era simplemente un padre esperando el regreso de su hijo.




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