La noche había cubierto el Palacio Molina con una elegancia silenciosa. En el gran salón principal, los enormes candelabros proyectaban una luz cálida sobre las mesas adornadas con vajillas de porcelana, copas de cristal y una cena preparada para los nobles de la familia. Armando Molina permanecía sentado con la tranquilidad propia de un hombre acostumbrado al poder, mientras Elisa y Alejandro compartían aquella velada junto a él, aparentando disfrutar de una noche completamente normal.
Para Elisa, aquella cena significaba mucho más que un simple banquete. Después de tantos años alejaba de todo lo que conocía, estar nuevamente rodeada por las paredes donde pasó parte de su infancia despertaba emociones que todavía intentaba comprender. Sonreía con mayor facilidad, conversaba con tranquilidad y poco a poco comenzaba a sentirse parte de aquel lugar que alguna vez le perteneció.
Alejandro también parecía disfrutar del momento. Sonreía ante los comentarios de Elisa, respondía con amabilidad a las conversaciones de la mesa y mantenía la apariencia de un humilde campesino agradecido por encontrarse allí. Sin embargo, detrás de esa expresión tranquila existía un hombre completamente atento a todo lo que ocurría a su alrededor.
Sus ojos no dejaban de analizar.
Cada movimiento de los guardias, cada cambio de postura, cada mirada que se cruzaba entre los hombres encargados de la seguridad del palacio. Observaba cómo sostenían sus armas, quién parecía más nervioso, quién hablaba en voz baja con otro centinela y qué lugares vigilaban con mayor insistencia. Aún no conocía a todos los habitantes de aquella residencia, por eso aquella noche decidió memorizar rostros, nombres y comportamientos, como si una parte de él presintiera que algo estaba a punto de suceder.
No era paranoia.
Era instinto.
Alejandro había aprendido que los mayores peligros casi nunca llegaban anunciados; muchas veces se escondían detrás de sonrisas amables, palabras cuidadosas y silencios demasiado prolongados.
Mientras Elisa reía por una pequeña broma que él había hecho, Alejandro respondió con una sonrisa sincera, aunque en su interior una sensación extraña no desaparecía. Algo dentro de él permanecía alerta, como si una voz silenciosa le advirtiera que no bajara la guardia.
Cuando la cena llegó a su fin, los invitados comenzaron a retirarse y el gran salón quedó poco a poco en calma. Elisa se despidió de Alejandro antes de marcharse acompañada por las doncellas hacia sus aposentos. Él esperó unos minutos antes de dirigirse a la habitación que el duque le había asignado.
El camino por los pasillos parecía demasiado tranquilo. Las antorchas iluminaban las paredes de piedra mientras sus pasos resonaban en la soledad de la noche. Al llegar a la puerta, introdujo la llave y entró con naturalidad, sin imaginar que alguien lo esperaba en la oscuridad.
Cerró la puerta detrás de él y buscó la lámpara cercana para encenderla.
En el instante en que la luz iluminó la habitación, Alejandro comprendió que algo no estaba bien.
La estancia no estaba vacía.
Varias figuras permanecían ocultas entre las sombras, inmóviles, esperando su llegada. Antes de que pudiera dar un solo paso, uno de los hombres se acercó con rapidez y colocó un arma contra su cabeza.
—No mueva ni un solo dedo —ordenó con una voz amenazante—. Si intenta hacer algo, será lo último que haga.
Los demás hombres permanecieron alrededor, vigilándolo con armas preparadas.
Cualquier otra persona habría sentido miedo al encontrarse en aquella situación, pero Alejandro permaneció sereno. No porque ignorara el peligro, sino porque sabía que perder la calma era darle ventaja a sus enemigos.
Sus ojos comenzaron a recorrer la habitación con rapidez, registrando cada detalle sin dejar que el miedo se reflejara en su rostro: la cantidad de hombres que lo rodeaban, la posición de cada uno, las armas que llevaban y la distancia que lo separaba de la puerta. Todo quedó grabado en su mente en cuestión de segundos. Aquel ataque confirmaba sus sospechas; alguien dentro del Palacio Molina no buscaba simplemente apartarlo del camino, quería eliminarlo. Y mientras permanecía quieto bajo la amenaza del arma, Alejandro comprendió que la verdadera batalla por proteger a Elisa apenas estaba comenzando.