El PrÍncipe Y La Prostituta

Una interrupción inesperada

Los hombres le indicaron a Alejandro que caminara con ellos por los pasillos del palacio hasta encontrar una salida discreta. El arma seguía apuntando hacia él, obligándolo a avanzar sin levantar sospechas. El príncipe obedeció con aparente tranquilidad, aunque en su interior la situación era completamente diferente. Si las circunstancias fueran otras, aquellos hombres no representarían una amenaza para él. Su entrenamiento como luchador lo había preparado para enfrentar adversarios mucho más peligrosos, pero en ese momento no podía actuar impulsivamente. Una sola decisión equivocada podía poner en riesgo su propia vida y, peor aún, la seguridad de Elisa.

Mientras caminaba entre las sombras de los corredores, su mente trabajaba con rapidez. Alejandro no solo era un hombre fuerte; su mayor ventaja siempre había sido su capacidad para pensar bajo presión. Mientras otros se dejaban dominar por el miedo, él analizaba posibilidades, movimientos y consecuencias. En cuestión de segundos comenzó a construir un plan. La idea era llegar hasta el exterior, lejos de los oídos de Elisa y del resto de los habitantes del palacio, donde podría defenderse sin poner a nadie en peligro. Después encontraría la manera de permanecer allí el tiempo suficiente para sacar a Elisa de aquel lugar con cualquier excusa.

Pero el destino tenía otros planes.

Cuando estaban a pocos metros de la salida, una figura apareció al final del pasillo.

Era Elisa.

La joven caminaba decidida en dirección a la habitación de Alejandro. Durante toda la noche había intentado luchar contra lo que sentía, convencerse de que solo era gratitud hacia el hombre que la había salvado, pero ya no podía engañarse. Cada palabra, cada gesto y cada momento compartido habían creado un sentimiento mucho más profundo. Esa noche había tomado una decisión: hablaría con él y confesaría aquello que su corazón ya no podía ocultar. Sin embargo, al verlo rodeado por aquellos hombres, su expresión cambió de inmediato.

Los atacantes también notaron su presencia. En un movimiento rápido, ocultaron las armas y adoptaron una postura más tranquila, intentando aparentar que todo estaba bajo control.

Elisa frunció el ceño al acercarse.

—¿Qué ocurre? ¿A dónde irán? —preguntó con voz firme, mirando a los hombres y luego a Alejandro.

Durante unos segundos, ninguno de los atacantes respondió. La pregunta los tomó desprevenidos. No esperaban encontrarse con la sobrina del duque en medio de aquella situación y tampoco tenían una explicación preparada que pudiera sonar convincente.

Alejandro comprendió el peligro de aquel silencio y decidió intervenir antes de que alguien cometiera un error.

—Iba a acompañarlos a buscar mi caballo. Parece que logró escapar y querían ayudarme a encontrarlo antes de que se alejara demasiado.

Elisa observó a los hombres con desconfianza. Algo en aquella escena no terminaba de convencerla, pero la serenidad de Alejandro logró tranquilizarla ligeramente. Sin permitir que la situación continuara, se acercó a él y tomó su brazo con suavidad.

—Ven conmigo, deja que ellos lo busquen.

Alejandro la miró sorprendido.

—¿A dónde?

—A mi alcoba. Necesito hablar contigo.

La firmeza en su voz no dejaba espacio para una discusión. Alejandro lanzó una última mirada hacia los hombres, quienes permanecían inmóviles sin saber qué hacer. Luego volvió la atención hacia Elisa y aceptó acompañarla. Mientras caminaba a su lado, una sola pregunta permanecía en su mente.

¿Qué habría ocurrido si ella no hubiera llegado en ese momento?

Y más importante aún...

¿Quién dentro del Palacio Molina había dado la orden de sacarlo de allí?




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