Una vez dentro de la alcoba, Elisa cerró la puerta detrás de ellos mientras intentaba recuperar la calma. Sus manos temblaban ligeramente y su corazón parecía querer escapar de su pecho. No sabía qué iba a ocurrir después de aquel momento, si Alejandro sentía algo parecido a lo que ella llevaba días intentando negar. En su mente existía una duda que la atormentaba: quizá él solo era un hombre bondadoso que había decidido ayudarla por compasión, alguien incapaz de verla como una mujer digna de amor por todo lo que había vivido.
Alejandro permanecía frente a ella con la misma serenidad de siempre. No entendía completamente el cambio en la actitud de Elisa, pero podía notar sus nervios, la forma en que evitaba mirarlo directamente y cómo sus emociones parecían luchar por salir. Él no quiso presionarla; simplemente esperó en silencio, observándola con ternura, dándole el espacio necesario para que pudiera decir aquello que guardaba en su corazón.
Elisa respiró profundamente. Había pasado demasiado tiempo huyendo de sus propios sentimientos, creyendo que no tenía derecho a recibir cariño ni a imaginar una vida diferente. Pero Alejandro había llegado a su camino sin juzgarla, sin pedirle nada a cambio, mostrándole una bondad que ella creía que ya no existía en el mundo.
Con los ojos llenos de emoción, se acercó lentamente hasta quedar frente a él. Levantó sus manos y acarició suavemente sus mejillas, como si necesitara comprobar que aquel hombre realmente estaba allí, que no era solo un sueño creado por sus deseos de escapar del pasado.
—Sé que mereces a alguien mucho mejor que yo... —susurró con la voz quebrada.
Alejandro la miró fijamente. Aquellas palabras no provocaron tristeza en él, sino una profunda ternura. En su interior sintió una felicidad imposible de ocultar, porque finalmente comprendía que Elisa no solo confiaba en él, sino que también había comenzado a abrirle las puertas de su corazón.
Ella bajó la mirada durante unos segundos, luchando contra las lágrimas que amenazaban con escapar.
—No puedo seguir guardándolo, Alejandro... yo te amo.
La confesión salió de sus labios con una mezcla de miedo y alivio. Antes de arrepentirse de sus propias palabras, se acercó y dejó un suave beso sobre sus labios. Alejandro permaneció quieto durante un instante, sorprendido por escuchar aquello que tanto había deseado desde que la conoció. Su corazón se llenó de una emoción difícil de describir.
—Elisa... —susurró con ternura.
Ella levantó la mirada hacia él y encontró en sus ojos algo que jamás había visto antes: amor sincero, sin condiciones y sin juicios.
Entonces Alejandro tomó su rostro con delicadeza y la besó nuevamente, esta vez dejando que todos los sentimientos que había guardado salieran a la luz. La rodeó entre sus brazos con cuidado, como si quisiera protegerla incluso de sus propios miedos. Elisa se dejó envolver por aquella sensación de seguridad que durante tantos años creyó imposible encontrar.
Por unos momentos, el mundo exterior dejó de existir. No estaban las amenazas, ni los secretos, ni los peligros que los rodeaban. Solo estaban ellos dos, descubriendo que aquel vínculo que nació entre la protección y la confianza se había transformado en algo mucho más fuerte.
Pero ninguno de los dos imaginaba que, detrás de las paredes del Palacio Molina, alguien ya había comenzado a mover las piezas de un peligroso juego que pondría a prueba todo lo que acababan de construir.