El PrÍncipe Y La Prostituta

Los Sentimientos de Elisa

Narrativa de Elisa

Ya no podía imaginar mi vida sin Alejandro. Él era mi salvador, mi amor, mi mayor ilusión. Mientras recorría mi cuerpo con la delicadeza de sus manos, sentía que todas las barreras que había levantado durante años se derrumbaban una a una. Dejé de luchar contra aquello que mi corazón venía gritando desde hacía tiempo. Mi alma habló antes que mis labios, y mi cuerpo encontró refugio en el calor de sus abrazos. Bastaba una mirada suya, una sonrisa, para hacerme olvidar el peso de mi pasado. Nunca un hombre me había tratado con tanta ternura, con tanto respeto, con tanto amor. Alejandro no solo acariciaba la piel; acariciaba las heridas invisibles de mi alma. A su lado me sentía completa, valiosa y digna de ser amada. Jamás le importó quién fui, sino quién soy. Esa noche comprendí que el destino acababa de escribir un nuevo capítulo en nuestra historia.

Soy tuya, Alejandro... solamente tuya.

Nunca imaginé que alguien pudiera mirarme y descubrir algo más allá de mis cicatrices. Durante tantos años creí que mi pasado era lo único que me definía, que mi nombre estaba condenado a cargar con el dolor, la vergüenza y los recuerdos que siempre intenté esconder. Pensaba que nadie sería capaz de encontrar a la mujer que seguía viva dentro de mí, esa niña que alguna vez soñó con una vida sencilla, con un hogar y con unos brazos donde sentirse protegida. Entonces apareció Alejandro, cuando ya había dejado de esperar un milagro. Él no llegó con promesas vacías ni con palabras bonitas que el viento se lleva; llegó con hechos, con paciencia y con una bondad tan auténtica que parecía imposible encontrar en este mundo. Él no miró mis errores, miró mi corazón. No vio a la mujer que tantos despreciaron; vio a alguien que aún conservaba fuerzas para volver a empezar.

Alejandro era diferente a todos los hombres que había conocido. Era de esos hombres que parecen existir una sola vez entre miles, de los que hacen el bien sin esperar recompensa. Podía tenerlo todo y, aun así, eligió quedarse a mi lado, sostener mi mano cuando ni siquiera yo creía merecerlo. Sus ojos nunca me juzgaron, sus palabras jamás me hirieron y sus brazos se convirtieron en el único lugar donde el miedo desaparecía. Él me enseñó que mi pasado no tenía por qué decidir mi futuro y que todavía era posible volver a creer. No sé cómo explicar lo que despertó en mi corazón. Llegó como la luz que atraviesa la noche más oscura, como la esperanza cuando ya no quedaban fuerzas para seguir esperando. Me devolvió la confianza, la ilusión y las ganas de soñar otra vez. Aunque aún existan secretos entre nosotros y caminos difíciles por recorrer, hay una verdad que ya no puedo ocultar: mi corazón lo eligió para siempre. Porque Alejandro no solo me salvó de quienes querían destruirme; también me rescató de la oscuridad en la que vivía mi alma. Es un hombre único, de esos que la vida concede encontrar una sola vez entre mil.




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