Las tropas continuaron avanzando hasta que las imponentes torres del Palacio Molina aparecieron en el horizonte. Edmund ordenó detenerse frente a las enormes puertas de hierro y descendió de su caballo con expresión severa. Los soldados se alinearon detrás de él, provocando inquietud entre los guardianes de la entrada, que jamás habían presenciado semejante despliegue militar.
—Abran las puertas en nombre del rey Jacob, soberano de El Jardín de las Flores —anunció Edmund con voz firme—. Traemos órdenes de buscar al príncipe y necesitamos hablar con el duque Molina.
Uno de los guardias corrió al interior para transmitir el mensaje, sin imaginar que aquella visita estaba a punto de cambiar el destino de todos los habitantes del palacio. Armando se encontraba en su despacho cuando recibió el aviso. Frunció el ceño ante la inesperada presencia de los soldados, preguntándose qué podía querer el rey de él. Se levantó de su asiento, acomodó las mangas de su chaqueta y salió dispuesto a recibir a los visitantes con la cortesía que exigía su posición.
Elisa se encontraba en la galería cuando el movimiento de los criados llamó su atención. Al acercarse a una de las ventanas, distinguió a los soldados que aguardaban frente a la entrada y vio cómo su tío se dirigía al vestíbulo para recibirlos. La joven sintió curiosidad, aunque su corazón todavía arrastraba el dolor provocado por la desaparición de Alejandro y aquella carta que la había convencido de que él solo se había aprovechado de sus sentimientos.
Edmund entró acompañado por varios hombres y saludó al duque con la formalidad correspondiente.
—Duque Molina, disculpe nuestra llegada sin previo aviso, pero estamos buscando a un hombre llamado Alejandro.
Desapareció después de salir hacia el mercado y las circunstancias nos hacen temer que pueda encontrarse en peligro —explicó, observando atentamente la reacción de su interlocutor. Armando frunció el ceño, desconcertado por la preocupación que demostraba aquel hombre.
—Alejandro era un simple campesino que trabajaba bajo mi techo, señor. Hace unos días se marchó sin dar explicaciones y, por lo que sé, no tengo ninguna responsabilidad sobre sus decisiones —respondió con naturalidad, convencido de que se trataba de algún asunto relacionado con la desaparición de un criado.
Edmund guardó silencio unos segundos antes de continuar. —¿Está seguro de que no sabe dónde se encuentra? —preguntó con seriedad—. Necesitamos registrar sus propiedades, incluidos los establos, los almacenes y cualquier construcción que pertenezca a su familia. Armando sintió una ligera molestia ante aquella exigencia, pero no encontró motivos para negarse. Si permitía la búsqueda, demostraría que no tenía nada que ocultar, o al menos eso esperaba.
—Por supuesto. Mis hombres los acompañarán y podrán revisar cuanto consideren necesario —aceptó, haciendo un gesto a los sirvientes para que obedecieran las órdenes de los soldados.
Edmund agradeció la colaboración con un movimiento de cabeza y se volvió hacia sus hombres para organizar el registro. Sin embargo, antes de que comenzaran a dispersarse por el palacio, pidió que le permitieran hablar con el duque y los miembros de su familia en el vestíbulo. Su expresión se endureció cuando anunció el verdadero motivo de aquella operación.
—Debo aclarar algo para que comprendan la gravedad de esta búsqueda. El hombre al que ustedes conocen como Alejandro no es un campesino cualquiera. Se trata del príncipe heredero de El Jardín de las Flores, el único hijo del rey Jacob, y su desaparición ha puesto a toda la corte en estado de alarma.
Armando sintió que el suelo parecía desaparecer bajo sus pies. La sonrisa desapareció de su rostro y sus labios se entreabrieron, incapaz de asimilar aquellas palabras. Desde la escalera, Elisa dejó escapar un suspiro ahogado y se aferró a la baranda para no perder el equilibrio. El hombre al que había entregado su corazón, aquel a quien había llorado creyendo que la abandonó después de robar las joyas de su madre, era el príncipe heredero del reino.
Las miradas de Edmund, Armando y Elisa se cruzaron en un silencio cargado de incredulidad, pero el detective no tenía tiempo para explicar los detalles de aquella revelación.
—El rey ha ordenado encontrarlo a cualquier precio —continuó, con la voz tensa por la urgencia—. Necesito saber dónde estuvo Alejandro antes de desaparecer y si alguien tuvo motivos para hacerle daño. Armando tragó saliva, tratando de recuperar el control ante una verdad que jamás imaginó descubrir. Su plan, concebido para alejar de Elisa a un simple criado, acababa de adquirir consecuencias que podían destruirlo. Y, en lo alto de la escalera, Elisa sintió que el dolor de su corazón se mezclaba con una nueva angustia: si Alejandro era el príncipe, ¿por qué le había ocultado una verdad tan importante y qué le había sucedido realmente después de marcharse?